You’re the champion.

Que es más bien una frase hecha, y que esta vez está entonada con orgullo de padres.

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Casi un himno, un clásico y un trilladísimo éxito de Queen, que cada vez que lo escucho desencadena un tarareo que casi termina en baile. Y así llevo la mitad de la semana, los por qués, a continuación. 

Llegó el miércoles, ese día que según se mire computa como mitad de semana, y que aunque para Teresa resultaba un comienzo, en realidad era más bien un continuar. Nueva guardería, primer día, el suyo y el nuestro, que estuvimos en un ay desde las 9:30 hasta que llegaron las 13:30.

Riiiiiiing. Así sonó el timbre casi diez minutos antes de lo acordado. Me abrieron la puerta con una sonrisa y un “ha sido de 10”, que en cuestión de segundos consiguió relajar toda la tensión que había acumulado en las últimas cuatro horas. Y con mucha condescendencia, que yo creo que detrás de mi sonrisa todavía asomaba algún rastro de preocupación, me llevó hasta su clase para recogerla.

El pasillo se me hizo larguísimo, una tontería porque no tendrá más de 50 pasos. Y en el último frené en seco, sacando alma de espía, porque aunque lo que necesitaba sobre todas las cosas era darle un abrazo de esos apretados, preferí asomar un poco la cabeza para ver cómo estaba.

Y allí estaba Teresa, al lado de su nueva profesora, con la mirada puesta en las anotaciones que ella iba poniendo en la agenda que yo luego leería. Serena, diría que incluso feliz.

Yo no daba crédito a tanto bienestar, al que veía y al que Leticia me detallaba con el mismo asombro que yo manifestaba. Y mientras Teresa, ya en mis brazos, me acariciaba la cara, incluso me la cogía con una de sus manitas, seguido de un “mamá” lleno de dulzura, que evidenciaba un “estás aquí”.

Cuando llegué a casa leí el resumen de su día, y allí estaba: “es una campeona”. Que lo es, que nosotros lo sabemos, y que quienes cuidarán de ella los próximos meses, no dudaron en volver a repetir el jueves y el viernes, al que nosotros nos sumamos llenos de orgullo. 

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