Superlativo.

Superlativo, va. (Del lat. superlatīvus).1. adj. Muy grande y excelente en su línea.

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Lo de dotar las cosas y a las gentes del mayor grado de cualidad, es cosa que se aprende en el uso de los términos, y desde el conocimiento de las cosas. Así que alguien sea muy alto, o celebérrimo, o que aquello te esté justísimo, es una apreciación que se establece a través de la comparación. Así y en cuanto a lo anterior, en altura del más larguirucho pasaríamos al más bajo, mientras que en la cualidad de insigne, nos referiríamos al menos conocido, y en el tallaje al más holgado.

Y da igual que el superlativo sea absoluto o relativo, porque a fin de cuentas lo que importa en su uso, es dotar a aquello de lo que hablamos de su cualidad mayor o menor. Un ejemplo.

Pasó hace un par de semanas, no recuerdo el día exacto, pero sí que era por la mañana. Ya nos habíamos vestido y nos encontrábamos en el momento decisivo de ¿qué nos ponemos hoy, horquillitas, coleta o «diaema»? Todas las papeletas fueron para las horquillitas, a las que ahora les tocaba su momento de gloria, – ¿Las quieres con lazo o sencillas, Teresa? – Las quiero rosas, Mamá. Y claro que sí, si no sé ni para qué pregunto, pensé, porque el rosa es su color para todo, sin discusión. Que si por ella fuera vestiría de nube de azúcar, y tan pichi. Pero a lo que íbamos. Escojo dos horquillas, las preparo para sus dos mechones rubios, rubísimos, y ahí vino… – No Mamá, esas no, quiero las rosísimas.

Por supuesto, me dije, para qué quedarte con las rosas si puedes tener las rosísimas, porque puestos a elegir, ella es mucho de querer lo más, cosa que a estas edades es casi la tónica general, como lo es reconocer qué y cómo en sus medidas.

Lo cierto es que desde entonces, hemos tenido otros momentos en los que al igual que con el color, el adverbio más no fue suficiente para expresar tamaño o importancia, que para ella y en su razonamiento, remarcaban mucho mejor los sufijos -ísimo/a.

¿Os lo imagináis aplicado a la sangre? Pues también. Observad y aprended – Mamá, Gato (que así, con tremenda evidencia, ella llama a su gato de peluche), se ha hecho daño. -Vaya Teresa, pues habrá que llevarlo al veterinario. -Sí Mamá, porque además tiene sangre (momento de pensar, acompañado de un gesto que ella hace con la mano como para subrayar lo que dice) Pero sangre, sangrísima.

Queda claro que Gato se estaba desangrando, o al menos a mí me lo pareció, sólo que para quitarle hierro al asunto, y teniendo en cuenta que nos estamos refiriendo a un muñeco, la sangre sangrísima no llegó al río, y sí a unas risas. Las que ella y yo disfrutamos ante tanta realidad superlativa.

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