Por tierra, mar y aire.

Tan pequeña y ya con tanto recorrido. O por lo menos así lo veo yo, así lo vemos nosotros.

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Tan pequeña y ya con tanto recorrido. O por lo menos así lo veo yo, así lo vemos nosotros.

Su primer capítulo de viajes comenzó a escribirlo con sólo tres meses. Alicante/Madrid  on the road, para conocer allí a gente maravillosa, gente con mucha luz. Y el segundo lo comenzó con cuatro y a la vuelta del quinto mes, aterrizando en tierras canarias, con esa exhibición de paisajes color picón y su océano atlántico.

Y justo en eso andamos ahora. Disfrutando de la familia canaria, de la cercanía y del cariño de las gentes que dan estas tierras, de las calles que tantas historias guardan para mí, de la gastronomía y del disfrute de las pequeñas cosas.

Porque ella, nuestra Teresa, tiene su aquel canario. Como dice la canción “todas mis canarias son como ese Teide gigante, mucha nieve en el semblante y fuego en el corazón”, y apasionada es, eso se le nota, y aunque su blanco de piel es paterno, no le vamos a quitar mérito al Teide, que de esos 3.718 metros sobre el nivel del mar, algo se tiene que pegar.

En fin que este viaje, más familiar que otros, nos está dando mucha fuerza, mucha energía, que quieras que no algo habíamos perdido en estos últimos meses. Que ser padres primerizos desgasta y ser hija también.

Y ya desde hace una semana que Jorge está de vuelta, aquí seguimos nosotras, las dos, en la habitación que fue la mía, ahora con cuna-parque, carrito, hueco en el armario para su ropa y cesta de mimbre blanco con sus pañales y sus artículos de baño.

Viviendo en el no parar que supone tener a mi madre cerca, con Teresa arriba y abajo, dándome cuenta, más si cabe, de la importancia de disfrutar de mis padres y aprovechando cada ratito con ellos. Aprendiendo de sus consejos, de sus canciones, y de su precocidad adivinando el sueño o el hambre.

Y si bien tener a la familia lejos a veces duele muy adentro, pienso que nuestra hija es tan afortunada como estas islas, por tener el cariño repartido y por poder sentir dos lugares como propios.

Así que después de probar el asfalto y el vértigo de las alturas, sólo le queda experimentar el bamboleo del mar… que de este verano no pasa. Si no es aquí, será allí… ya os iré contando.

*Las fotografías son del viaje de ida. Esas nubes tan sólidas, tan algodonadas, tan como islas en la inmensidad del cielo…

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