Para toda la vida.

Como ella, como todos estos textos que en el tiempo me recordarán siempre a ella y a lo que pasamos juntas.

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Hay cosas que son para toda la vida. Las primeras cosas siempre lo son. El primer día de colegio, los primeros dientes, la primera sonrisa, el primer beso, y alguien alguna vez me dijo que cuando tu hijo te da el primer abrazo, ese día tampoco se olvida.

Hablo de Teresa y de todas esas cosas que ya forman parte de su pequeña historia de 17 meses y 13 días. De la suya y de la que vivimos con ella. Pero hoy voy hablar de la suya conmigo, de la nuestra.

El primer domingo de mayo, España, Hungría, Lituania, Portugal, Sudáfrica y Rumanía, celebran el día de la madre. Pero este año en casa, desde el viernes anterior, ya teníamos un gran envoltorio de celofán amarillo, con una enorme flor de papel en la que se podía leer un Te quiero mamá con letras rosas, que dejaba poco lugar a la imaginación.

Era el primer regalo hecho por ella, con ayuda sí, pero a fin de cuentas de ella para mí. Una caja de madera de un amarillo intenso con unas flores verdes y unos topitos naranjas, en la que puse un par de anillos grandotes, que en el mover cerrado de la caja, para ella hacía las veces de maracas.

Y reconozco que me hizo mucha ilusión, por dos razones. Una, porque desde que soy pequeña las colecciono. Mi padre que siempre viajó mucho, en sus vueltas siempre venía con una cajita debajo del brazo. Y así un trocito de Francia, Bélgica, Inglaterra, Alemania y hasta de Miami, ocupaban en mi habitación ese espacio que mi padre de alguna manera llenaba de recuerdos. Y la segunda razón, porque esta caja, la suya, la del te quiero con un corazón junto a su nombre en la base, será de esas cajas que estarán ahí toda la vida, por ser la primera, por ser la suya.

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