Porque los sueños sueños son. Casi siempre.

¿Qué harías con un sueño recurrente?

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Una que sueña, sueña mucho, intenso. Y hasta me acuerdo de lo que he soñado. A veces tanto que me levanto casi flotando entre sudores y con los entremuslos empapados. La inquietante sensación de haber tenido sin tener, de que tu cuerpo se mantenga en un vibrato todo el día, un poco más difuso y lejano con las horas, y salvas la jornada con el gesto de no pasa nada por mi cuerpo, nada pasa, de reunión en reunión, procurando alejar tu mente del recuerdo, incluso de esa sensación del tacto que ho hubo y que retiene tu piel, para poder seguir viviendo.

Sueño a menudo con lo más oscuro, lo más oscuro de una butaca de cine o de un oscuro pub o de un oscuro salón privado, pero es oscuro, muy oscuro. Distingo rostros que me rodean, indefinidos, nadie en concreto, pero ahí están, mirando a todas partes pero hacia otro lado. Visto siempre boudoir, distinto según el día, distinto según el sueño, distinto según el momento. Un boudoir cambiante, muy Dita Von Teese, retro, duro, sensual, sofisticado. La provocación, dress code para la guerra.

A mi lado hay alguien, conversando hacia otro lado, animadamente. Su mano es fina, suave, no muy grande, con las uñas cortas y arregladas, una perfecta manicura. Me acaricia el muslo casi de lado, sonrío a todo el mundo, pero nadie mira, la desliza por el ligero y llega a mi sin problema. No veo su rostro pero siento su habilidad para encontrarme, su experiencia conmigo, como si supiera exactamente el ritmo, la dirección, la intensidad en todo momento. Se oscurece todo más, los rostros se vuelven a mirarme cuando empiezo a perder el control de mis párpados, de los sonidos de mi garganta, y sigue. Me lleva hacia lo más intenso, me agarro al sillón o la butaca o el taburete, con fuerza, pero no me aparto, separo las rodillas para dejar hacer a esos dedos hábiles, acomodo el cuello, la cabeza hacia atrás y cuando empiezo a tensar las piernas, cuando estoy a punto, cuando ya no cabe más que explotar y gritar y perder la completa compostura, se encienden las luces, focos, cercanos y potentes, y todo desaparece de pronto en ese blanco cegador. Y yo me quedo ahí, a puntito a punto pero insatisfecha, con la necesidad de más, de esos dos segundos más para mi sola de esa mano.

Y es ese fatal momento el de despertar, así, ardiendo, sin nada del glamour de Dita, con mi camisón estampado de seda y unas poco útiles braguitas blancas de algodón, la párpados hinchados y toda la dulce sensualidad de la adolescente despertando a la vida que todavía recuerdo haber sido. Despertar, ese momento fatal de nuestras vidas. Despertar, que duele, lo recuerdo.

Cuando ocurre, los días son lentos y me lleno de locas inquietudes: me voy a un cine, me voy a un pub, me busco un lugar de esos de intercambios donde sólo nosotras podemos ir solas y me dejo… al tiempo que pienso que mejor no, que mi sueño no deja de ser un entorno controlado y que no será fácil encontrar a un hombre con tanto interés en mi placer y no tanto en el de su cuerpo, con la habilidad de esos dedos con que sueño y con una mano tan delicada, suave y arreglada que me resulta incluso femenina. Sí, también lo he pensado.

Las imágenes que acompañan esta declaración de experiencia personal, queridas, son de la colección de lencería Vintage de la sofisticadísimas Dita Von Teese del pasado año para Bloomingdales.

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