La más entregada de las esclavas.

Tiene esa habilidad de traspasar toda resistencia, de llegar a mi tan rápido y tan profundo que no hay modo alguno de poner reparos, ni excusas.

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Llama educadamente mientras viene de camino a casa, avisando, nunca sé si por precaución o para que vaya despejando el camino, pero su seguridad en mi predisposición es tal desde la primera vez que, la verdad, tampoco yo le pongo ningún pero. ¡Para qué! si lo que estoy deseando es que vuelva una vez más a hacer conmigo lo que quiera y lo que siempre consigue es hacerme feliz, muy feliz, una noche cada dos o tres semanas. Así que si tengo que despejar el camino y hacer sitio, despedir precipitadamente a alguien, cortar una conversación de teléfono o ponerme a recoger la cena para que todo esté en su sitio, limpio, ordenado, rápidamente y sin pensarlo lo hago. Y me ducho, me arreglo el pelo, suelto sobre los hombros para que lo coja o me lo recoja o me lleve, me perfumo, me pinto los labios, los ojos, encuentro en el armario de la ropa íntima uno de esos conjuntos de seda de La Perla que le facilitan tanto llegar a mi, que tanto le gustan. Sí, me pillas un poco de andar por casa pero ven, claro. Y diez minutos después yo soy la reina de las esclavas, la más entregada adoratriz, brillo cálidamente en mi conjunto, las sábanas de seda burdeos están puestas, las luces de todas la casa bajas y le recibo como si me hubiera pillado por sorpresa de andar por casa como todos los días con lencería fina y leyendo a Faulkner en el sofá con alguna serie interesante en la televisión.

Cuando le abro la puerta del portal ya me tiembla la parte interior de las rodillas y cuando llega al descansillo abro la puerta disimulando con cara de anda tú aquí, aunque la realidad interior es la de un cuerpo preparado para que mande, diga, haga de mi y conmigo lo que quiera, porque sé que en su empeño está básicamente el placer, el mío, y se entrega con pericia en que así sea; yo primero y él ya veremos. No exige, no lo necesita, parece satisfecho con mi satisfacción, un lujo. Me besa delicadamente como si llegara de un gran viaje, me pregunta cosas vanas, abrimos un vino en la cocina y mientras me habla de camino al salón desliza su mano por mi espalda y acaricia suavemente mis nalgas donde yo ya soy todo y no puedo más que volverme hacia él o agacharme en busca de algo en mis rodillas o entregarme sin disimulos a sus juegos, a lo que diga, como una muñeca en un oscuro salón de té. Si quiere que me siente, me siento, si quiere que me tumbe, me tumbo, si arriba, si abajo, si me desnuda, si no, si me besa, si me acaricia, si me recorre el cuello, si me coge fuerte la nuca… yo como un animalejo feliz tan solo alcanzo a susurrar, o gemir, o abrir la boca para que la tome, porque todo en él es arte, el arte de llevarme a algún lugar aún desconocido, a una experiencia nueva, siempre distinta, siempre deliciosa, siempre respetuosa, siempre generosa.

No, no tiene nombre, ni idea, ni me preguntes, no lo sé, ni sé dónde vive, de dónde es, ni qué hace más allá de ser ese angel que de vez en cuando viene a casa a consolarme, a deleitarme. Ni me importa. Vino de un café la pasada primavera, en una terraza, se sentó a mi lado silla con silla y nos cruzamos unas palabras, luego un roce de manos y sin dudarlo le arrastré a mi casa, nos besamos y tocamos durante horas y -qué le voy a hacer si soy débil- le di mi teléfono. Lo demás son los meses que han pasado con sus visitas esporádicas pero preciosas. Preciosas para mi cuerpo, preciosas para mi vida, que cuando se marcha de madrugada, duermo, me besa, lo siento acariciar mi cadera sobre las sábanas, me deja con una sonrisa y esa satisfacción que endereza tu espalda tres centímetros sobre los tacones una semana, y ya volverá porque sabe que tiene esa habilidad de encontrarme sin defensas, sin reparos, porque sabe que me llamará y no habrá nada que le impida presentarse; porque yo sé que lo que quiere es, simplemente, hacerme feliz; porque los dos sabemos del uno, del otro, ni más ni menos que lo que tenemos que saber. Y no sabes cómo le estoy de agradecida.

Imágenes de Mario Testino de la colección de lencería de Wolford del pasado invierno 2014, con Caroline Windberg.

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