Watergate.

Una palabra que ha pasado a la historia como sinónimo de abuso de poder y como símbolo de la independencia de la prensa frente al poder político.

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Los sucesos relacionados a continuación se remontan al 18 de junio de 1972 cuando en plena campaña electoral los periódicos norteamericanos recogieron la noticia de que cinco hombres habían sido detenidos la noche anterior sospechosos de encontrarse ilegalmente en un lujoso complejo hotelero del distrito de Columbia, en Washington. En un principio la crónica pasó inadvertida para el público pensando que se trataba de un vulgar robo, uno más, pero las pesquisas revelaron pistas que resultaron trascendentales, entre ellas, que allí se encontraba la sede electoral del Partido Demócrata y que en la agenda de uno de los asaltantes aparecía un nombre, Howard Hunt, ex agente de la CIA, asesor de la Casa Blanca y colaborador especial del presidente Nixon. Con este suceso comenzaba lo que probablemente constituye el enfrentamiento mas abierto y directo jamás acontecido entre el poder político y un medio de comunicación.

El asunto, que pasó a llamarse como el hotel en el que tuvo lugar la detención, se complicó durante el juicio cuando los acusados confesaron que habían sido enviados al asalto por altos responsables del Partido Republicano. Implicaron a John Mitchell, antiguo fiscal general, a Harry Haldemann, jefe de personal de la Casa Blanca, a John Ehrlichman, asesor especial del presidente para asuntos nacionales y a John Dean, consejero de la Casa Blanca que terminó por reconocer que el propio presidente no solo conocía las escuchas sino que grababa todas las conversaciones que mantenía en el despacho oval. Con el fin de corroborar el testimonio, el procurador especial ordenó la entrega de varias grabaciones, ante lo que el terco y arrogante Nixon se negó, ordenando de paso el cese inmediato del fiscal del caso. A comienzos de 1974 el Gran Jurado acusó formalmente a Mitchell, Haldeman, Ehrlichman y otros cuatro funcionarios más por encubrimiento y aludió a la posible implicación del presidente, aunque sin atreverse a acusarle.

Por las mismas fechas, hacía un año que un gris y anodino Washington Post había publicado los famosos Papeles del Pentágono, unos documentos secretos sobre la guerra de Vietnam, filtrados al diario por Daniel Elsberg, un ex funcionario del departamento, discípulo de Kissinger. El periódico se encargó de documentar con detalle que durante veintitrés años cuatro presidentes y sus gobiernos habían ocultado a los ciudadanos sus planes de guerra para el país asiático. Tras aquella filtración, el astuto y pragmático Nixon decidió tomar medidas para atajar cualquier posibilidad de que volviera a ocurrir en el futuro. Así fue como nació una unidad secreta de investigación dependiente en exclusiva de la Casa Blanca. Como la única misión encomendada sería la de tapar filtraciones, a sus integrantes se les denominaría fontaneros, irónico matiz para unos agentes que operaban desde un despacho situado en los sótanos del ala oeste con el letrero, Señor Young, fontanero.

Al publicar aquellos papeles, Katherine Graham, que había heredado el puesto de editora del Post tras la muerte de su marido, entró en la historia del periodismo y el periódico que dirigía pasó a ser el principal rival del New York Times. Ahora tenía que enfrentarse de nuevo a numerosas presiones, incluidas las de los abogados del periódico, que no cesaban de avisar sobre los peligros de una nueva confrontación con el poder. Sin embargo, no dudó en apoyar al director Ben Bradlee y a sus tenaces redactores, Carl Bernstein y Robert Woodward, que habían comenzado a investigar tras ocho meses de actividades ilegales de los fontaneros, mucho antes de que el escándalo trascendiera y comenzara a salpicar al hombre más poderoso del mundo. El argumento utilizado era muy simple pero de muy complicada aplicación, un diario es una empresa y como tal debe defender los intereses de sus propietarios y clientes, pero sobre todo es un órgano de opinión, por lo que su obligación es servir antes que a nadie a los ciudadanos.

El proceso se aceleró a comienzos de 1974 cuando una comisión designada por la Cámara de Representantes presentó tres acusaciones formales contra el Presidente por obstrucción a la justicia, abuso de poder y quebrantamiento de la Constitución. De esta manera se ponía en marcha el impeachment encaminado a depurar su responsabilidad política. Ante la posibilidad de ser el protagonista de una escena bochornosa y de ser tratado como un delincuente, Richard Nixon decidió renunciar a su cargo el 8 de agosto de 1974, hecho sin precedentes en la historia norteamericana.

Watergate es una palabra que ha pasado a la historia como sinónimo de abuso de poder, pero también como símbolo de la independencia de la prensa frente al poder político. A partir de entonces, se constató la importancia del periodismo como cuarto poder. Muchas veces se comportan como defensores de las libertades frente a los abusos del poder político, pero en otras muchas ocasiones se convierten en el centro de la arbitrariedad, cuando no en una representación del propio poder. No debemos olvidar que cuando una década más tarde a Reagan se le quiso relacionar con el denominado Escándalo Irán-Contra, o cuando a Clinton en el Escándalo Lewinsky, se prefirió finalmente no actuar para no dañar de nuevo a la presidencia. Después del Watergate, la democracia norteamericana difícilmente hubiera resistido otro escándalo presidencial.

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