El verdadero naufragio de la Invencible.

La historia sobre la que aseguran que Felipe II dijo una frase que se ha hecho famosa: Yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos.

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The Spanish were beaten by the weather, but it was our weather, wasn’t it?

Editorial de The Guardian.

Decía G. K. Chesterton que lo que les sucedió con la Armada Invencible en 1588 fue para Inglaterra lo que el triunfo de los escoceses de Robert Bruce en Bannockburn o el triunfo de los Bóers contra los ingleses en Majuba: un asombroso triunfo con el que no contaba el propio triunfador. No es para menos, porque la fuerza contra la que combatían sin duda representaba la civilización misma. Sólo se puede apreciar la audacia de su desafío o la fortuna de su aventura teniendo en cuenta que ante aquella España, los ingleses eran tan rudimentarios como los Bóers. Más o menos todos conocemos la historia de la que hablo. El Papa había declarado que Isabel I de Inglaterra era una reina ilegítima después de que Roma invalidase el matrimonio de sus padres. España, o, mejor dicho, el Sacro Imperio con España a la cabeza, desarrollo todo su esfuerzo y en 1588 cubrió el mar con una flota como la de Jerjes, echándose sobre la isla con la solemnidad del Juicio Final. A bordo de verdaderos escombros incendiados, los famosos brulotes de Sir Francis Drake, marinos y pintorescos corsarios a duras penas intentaban combatir. Hasta que a última hora se levantó una galerna que barrió las cercanías de la isla, y la gigantesca flota desapareció.

En aquel momento comenzó a construirse un programa ideológico para la alabanza de Isabel I y el elogio de su pueblo, programa en el que se exageraron, mal interpretaron o falsearon conscientemente los hechos sucedidos hasta constituir una auténtica leyenda negra en la que las descripciones grotescas del carácter de los españoles como individuos y como colectividad se combinaban con la ignorancia sistemática y la negación de cuanto nos es favorable. Para los propagandistas de la Edad de Oro isabelina, sus fuerzas representaban todo lo moderno y los españoles todo lo pasado y decadente. Gustaban de imaginar a sus buques como contenedores del espíritu progresista nacional, y a sus comandantes, una retahíla de hábiles hombre de mar con oscuros antecedentes encabezada por el poco refinado Drake y el cortesano Raleigh, como hombres liberales y democráticos en dura pugna contra un imperio absolutista supuestamente monolítico y homogéneo. Un combate global entre el mundo opresivo del ambicioso Felipe II y el de Isabel I, adalid de las libertades; el del Goliath español y el David inglés; el del ingenioso Drake y el torpe Duque de Medina-Sidonia y sus marineros de agua dulce. Un planteamiento ñoño repleto de tópicos muy útiles psicológicamente para reforzar el sentimiento patriótico inglés de todos los tiempos. No hay que ver más como el perfil psicológico del español en películas como El Halcón del mar, Fuego sobre Inglaterra o la más reciente Elisabeth, coinciden con el inaugurado por Don Adriano de Armado en la comedia de Shakespeare Trabajos de amor perdidos, un caballero español, pedante, necio y cobarde, patético e hilarante que proporcionó al mundo la imagen adversa del español medio.

Hasta hace bien poco se ha ignorado que desde el punto de vista militar y político, la campaña de la Gran Armada no tuvo repercusiones inmediatas y que el poder naval español se recuperó rápida y eficazmente, floreciendo precisamente en las décadas después del 88, en sus encuentros con holandeses, franceses y también ingleses, como demuestra la desastrosa derrota de la contraarmada de Drake en Portugal del año 89 donde los ingleses jugaron el papel de invasores. Remontándonos en el tiempo, también se ha ignorado la invasión de la isla de Wight y la destrucción de Rye, Plymouth, Porthsmouth, Darthmouth, Lewes y Folkestone por la flota castellana de Fernán Sánchez de Tovar, o la quema el puerto de Gravesend a tiro de piedra de Londres, o el saqueo de Saint Ives, Portland, Poole y Southampton por el vallisoletano Pero Niño.

La Gran Armada no perdió ningún barco español como consecuencia de combate con el enemigo sino por una galerna procedente del oeste impropias de la estación que empujaron a la Armada hacia Escocia e Irlanda donde se estrellaron contra la costa, resumiendo el bloody british weather. Vamos, lo mismo que dicen que dijo Felipe II, lo de mandar a sus barcos a luchar contra los elementos. La superioridad absoluta de los españoles era tal que, en caso de haber desembarcado, hubiese cumplido todos sus objetivos.

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