Kamikaze, el culto a los nobles fracasos.

Los pilotos del Cuerpo Especial de Ataque no tenían mejor manera de expresar su lealtad al Emperador que lanzar su avión contra un buque enemigo.

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Querido Padre, fui seleccionado inesperadamente para ser un piloto de ataque especial y hoy saldré para Okinawa. Desde que recibí la orden de mi misión sin retorno se convirtió en mi sincero deseo lograr el éxito en el cumplimiento de este deber. Aun así, no puedo dejar de sentir un fuerte apego a esta tierra hermosa de Japón. Al saber que mi momento había llegado cerré los ojos y vi tu rostro, el de la abuela, el de madre, y las caras de mis amigos más cercanos. Fue fortalecedor y alentador darme cuenta de que todos queréis que sea valiente. ¡Lo haré!. El estilo de vida japonés es realmente hermoso, y estoy orgulloso de él, así como de la historia que reflejan la pureza de nuestros ancestros y sus antiguas creencias. Es un honor para mí poder dar mi vida en defensa de esas cosas bellas y nobles. No me arrepiento ni tengo miedo a la muerte.

Teruo Yamaguchi.

Okinawa se encuentra a unos 600 kilómetros de distancia al sur de Kyushu, la tercera isla más grande del Japón. Los japoneses suelen inquietarse cuando se menciona su nombre porque es frecuente que los tifones que allí se producen alcancen Japón con una fuerza devastadora. Pero el día 1 de abril de 1945 se hizo realidad una tempestad aún más inquietante y terrible para ellos, una que arrastraba lluvia de acero made in USA, la de los 180.000 soldados estadounidenses llegados en 1.300 barcos de transporte, portaaviones y acorazados que invadieron la estrecha y larga isla, y el incesante rumor de que planeaban invadir Japón con Okinawa como cabeza de puente y destruir Yamato-damashii para siempre. Para entonces los japoneses sabían que sus fuerzas estaban acabadas y la guerra perdida, pero también sabían que, a pesar de los esfuerzos por la paz del nuevo Primer Ministro Suzuki, los militaristas que controlaban el ejercito y la armada no se rendirían.

Los norteamericanos tardaron tres meses en someter a Okinawa. Durante aquel tiempo, desde los aeródromos de Kyushu se lanzaron diez grandes misiones kikusui, los ataques suicidas masivos en los que casi 4.000 aviadores perecieron, de los que 1.450 eran kamikazes. Hundieron veintiséis buques y dañaron otros cincuenta, pero sobre todo la extraordinaria ofensiva kamikaze produjo un daño psicológico terrible en los americanos, que no alcanzaban a entender la lógica que alberga el estrellarse contra un buque enemigo. Con cada nuevo ataque las especulaciones se sucedían dando paso a incontables habladurías, que eran sacerdotes, que debían estar encadenados a sus cabinas, que estaban drogados, sin entender que eran típicos japoneses dispuestos a morir por algo valioso, Okinawa, una isla tan parte de Japón como las islas Honshu y Hokkaido, como el sagrado monte Fuji, la tierra de sus antepasados.

Estos suicidas estaban a una sola generación de una larga historia de bushido, el camino del guerrero, el código ético que desde hacía 700 años dirigía la vida del japonés y lo preparaba para pelear sin perder el control de los valores básicos que lo hacía humano. La esencia del bushido es la lealtad absoluta al shukun, el señor feudal que desde la restauración Meiji de finales del siglo XIX estaba encarnado por el propio Emperador. Ideal que expresaba a la perfección el Tsurezuregusa, un clásico escrito en el siglo XIV por el monje Yoshida Kenko que todos los estudiantes japoneses de enseñanza media leían. Como también leían el Chusingura, la saga de los 47 ronin de Asano, el daimio obligado a cometer seppuku por una grave infracción de comportamiento cortesano.

Todos los japoneses habían aprendido en la escuela que kikusui – literalmente, crisantemo en el agua- era el escudo del heroico clan Kusunoki, una entre la media docena de familias ejemplo de noble fracaso. En 1333, Masashige Kusunoki, leal al Emperador Godaigo, presentó sin vacilar batalla en Minatogawa contra la fuerza sobrecogerá del usurpador Ashikaga, que aniquiló a su ejército. Escapando con su hermano a una granja, en lugar de seguir corriendo como cobardes decidieron atravesarse mutuamente con sus espadas, pues morir con honor era preferible a vivir en una tierra mancillada por la traición. Doce años después, Masatsura, hijo de Masashige, fue herido y derrotado en la Batalla de Shijo Nawate, prefiriendo junto con su hermano morir como su padre, atravesándose el uno al otro con su espada. Los Kusunoki fracasaron en la batalla pero fueron absolutamente fieles a makoto, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad, la devoción, valores que sólo el noble de corazón sabía utilizar para apartarse del éxito en esta vida. Ese modo de conducirse por el mundo impregnaba el Senjin, el Código ético de batalla que todos los soldados del Ejército Imperial e inclusos los civiles recitaban de memoria, Nunca sufriré la desgracia de ser cogido vivo. La entrega sin compromiso inflamaba el patriotismo japonés y su determinación de dar la vida por la misma causa inútil e imposible de alcanzar a ojos occidentales.

El 21 de junio de 1945, el hidroavión de observación Mitsubishi F1M tripulado por el joven aviador Teruo Yamaguchi participó en la décima y última de aquellas misiones kikusui. Antes de despegar, el joven Teruo escribió una serena carta de despedida a su padre para consolarlo, convencido de que moriría con hermosura, como el Yamato damashii, los cerezos en flor que caen pocos días después de brotar a la luz del sol de la mañana. Como cerezos en flor en la primavera, cayendo limpios y radiantes fue el lema kamikaze. Con ramas de cerezos en flor despedían las niñas a los kamikazes en la punta sur de la isla de Kyushu. El 6 y el 9 de agosto siguientes el destino de Japón quedaría definitivamente resuelto cuando dos B-29 Superfortress procedentes de las Islas Marianas devastaron Hiroshima y Nagasaki. A mediodía del 15 el Emperador se dirigió a la nación. Apiñada entorno a los aparatos de radio quedaron espantados al oír por primera vez la voz aguda del Trono del Crisantemo que les invitaba a soportar lo insoportable, la rendición incondicional.

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