Lindisfarne, el despertar de los vikingos.

Las primeras incursiones vikingas de las que se tiene constancia documental ocurrieron a finales del siglo VIII.

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En el año 793 terribles portentos se cernieron sobre la tierra de Northumbria y afligieron miserablemente a sus gentes. Inmensos destellos de relámpagos y ardientes dragones fueron vistos volando por el aire, a lo que inmediatamente sucedió una gran hambruna, y después de aquello, en el sexto día antes de los idus de enero de ese mismo año, la incursión de los bárbaros paganos devastó miserablemente la iglesia de Dios en la isla de Lindisfarne.

Crónica Anglosajona.

Las primeras incursiones vikingas de las que se tiene constancia documental ocurrieron a finales del siglo VIII, e incluyeron el ataque del 8 de junio de 793 a la abadía benedictina de Lindisfarne en Northumbria, monasterio fundado siglo y medio atrás por San Aidan para evangelizar las tierras del norte de Inglaterra. Sin embargo, sin duda alguna, poco antes hubo escaramuzas hostiles, como la de las tres embarcaciones escandinavas que llegaron a la bahía de Portland, en Wessex, cuya tripulación mató al funcionario regio que les salió al paso pensando que venían con intenciones comerciales. Pero el carácter comercial de sus incursiones, lo habitual desde que el época del Imperio Romano aparecieron las primeras gentes del Norte por las costas inglesas, había cambiado y en los años posteriores no habrá lugar en la costa atlántica europea libre de sus ataques. A partir de este momento, comenzaron a conocerse por el ambiguo nombre de normandos, rus, ascomanni, lochlainach, lordemani, al-Urdumaniyyun o simplemente madjus, infieles, idólatras o adoradores del fuego. Al principio todos pertenecían a un solo pueblo, hablaban la misma lengua, compartían los mismos dioses y héroes, y llevaban el mismo estilo de vida. Después, sus expediciones contribuyeron a diferenciar a estos demonios que buscaban cosas diferentes en lugares diferentes.

Aquellos vikingos no dejaron por escrito ninguna explicación del porqué abandonaban su tierra natal para atacar otras tierras, pero para los cristianos la respuesta estaba clara, respondían a un castigo divino por los pecados cometidos. Así, los monjes que realizaron la Crónica Anglosajona asociaron la llegada de los vikingos a las tribulaciones anunciadas de modo providencial por la aparición de un presagio, un cometa de inmensos destellos, creencia que pudo tener su origen en San Isidoro de Sevilla. En el mismo sentido, se pronunció el erudito Alcuino de York desde la corte de Carlomagno, y también el rey Alfredo de Wessex, que describía las invasiones vikingas como un castigo divino infligido en un tiempo en el que ninguno de nosotros amaba la sabiduría ni la permitíamos a otros hombres; detentábamos sólo el nombre de cristianos, mientras que muy pocos poseíamos las virtudes.

Más allá de las hipótesis piadosas de los contemporáneos, debemos recordar que en el siglo VIII se produjo un incremento considerable del comercio en torno al Báltico y al Mar del Norte, con la proliferación de pujantes centros nórdicos de mercadeo como Dorestad en el Rin, Quentovic en Francia, Hedeby en Alemania, Kaupang en Noruega, Birka en Suecia, Staraja Ladoga en Rusia o York en Inglaterra. Los Annales Regni Francorum narran cómo el rey Gudfred de Dinamarca trasladó a los mercaderes de Reric, un enclave comercial del norte de Alemania– a Hedeby, para más adelante ser asesinado por uno de sus condes, lo que sugiere que por aquellos tiempos las actividades mercantiles se encontraban bajo control regio, que las pugnas sucesorias se debieron volver materia común y que aquellos líderes que no se encontraban en una posición social favorable para el comercio, o aquellos que perdían en las luchas por el poder, pudieron recurrir a la piratería para conseguir fortuna.

Posiblemente, los ataques a lugares como Lindisfarne no estuvieran motivados únicamente por la codicia y la obtención de botín, sino que fueron una reacción defensiva, consciente y deliberada ante una amenaza, la que para su orden social y político representaban los regímenes políticos cristianos que, como el imperio carolingio, con un sistema ideológico bien distinto del que tenían las regiones escandinavas, terminarían definitivamente con el tiempo por atraerlos.

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