El naufragio del Batavia.

Sobre el naufragio más famoso del siglo XVII y del estado de terror que le siguió.

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Cuando en junio de 1619, Frederik de Houtman y la tripulación del Dordrecht se encontraron con un complejo de islas y arrecifes coralinos a unos 60 kilómetros mar adentro de la costa occidental de Australia, las cartografiaron con el nombre en portugués de Abro olhos como seria advertencia para otros navegantes. Desde entonces, a pesar de sus consejos, muchos barcos han visitado las Abrolhos. Algunos de forma intencionada, para la extracción de guano, la pesca, el turismo o la defensa, y algunos por accidente, como consecuencia de un error de navegación.

Desde su fundación en 1602, la Verenigde Oostindische Compagnie o Compañía Holandesa de las Indias Orientales –VOC– tuvo la potestad otorgada por el gobierno de la República Holandesa de establecer colonias, negociar tratados, acuñar monedas y declarar la guerra, por lo que esta corporación fue casi un estado dentro del estado y una de las compañías mercantiles más importantes y rentables del mundo. Su prosperidad estaba basada en el comercio de las especias que su poderosa flota de sólidos veleros de casco redondo y aparejo cangrejo transportaba desde sus factorijen en el Archipiélago Malayo. Para estos lentos y escasamente maniobrables mercantes, las quince mil millas náuticas hasta Java duraba alrededor de ocho meses cuando se cubrían sin dificultades, por lo que la VOC imponía a sus capitanes una ruta en la que encontrarían vientos constantes y favorables. Así, tras doblar el Cabo de Nueva Esperanza, los buques caían a sotavento hasta el paralelo 40 Sur, casi en el límite del océano Antártico, a partir del cual eran lanzados hacia el este por el viento y la corriente. Llegados a un punto en medio del Océano Índico imposible de estimar con precisión con la tecnología de aquellos tiempos, tomaban rumbo norte para con los alisios ganar Java, distante aún mil ochocientas millas. Si el cambio de rumbo se producía demasiado tarde, los barcos se veían enfrentados a los abruptos acantilados de la costa de Australia occidental, a veces fatalmente.

El Batavia era un buque de cincuenta metros de eslora de la VOC que en su camino desde el cabo de Buena Esperanza hasta Batavia –la actual Yakarta- encalló en el archipiélago que Houtman había descubierto diez años antes. Inmóvil y rígido como una roca y suspendidas todas las tareas para reflotarlo, al clarear del día 4 de junio de 1629 la mayoría de sus más de trescientos pasajeros tomaron tierra en la que no tardó en ser bautizada como el Cementerio del Batavia. A los pocos días, sabiendo que la única esperanza que les quedaba era alcanzar la factoría de la VOC en Java, el representante del armador, Francisco Pelsaert, y el capitán, Ariaen Jacobsz, junto con otros cuarenta y ocho entre pasajeros y tripulación se hicieron a la mar en una balandra, una gesta que consiguieron realizar en un mes de penosa navegación. Después de dar mil y una explicaciones para justificar su deserción ante el Gobernador general Jan Pieterzoon Coen, Pelsaert fue enviado en el Sardam para rescatar a los supervivientes y traer cuanto hubiera podido salvarse de la valiosa carga del Batavia.

Cuando Pelsaert regresó a las Abrolhos, se encontró con el régimen tiránico impuesto por un sobrecargo de oscura personalidad, Hieronymus Cornelisz, un psicópata amigo del pintor Johannes van der Beeck, de quien sólo se conserva un inquietante cuadro, Naturaleza muerta con brida, pues todas las demás fueron destruidas después de ser acusado de creencias satánicas y ateas. Dueño y señor de la situación, el pequeño grupo de acólitos que había reclutado Cornelisz había asesinado a sangre fría a ciento veinticinco de sus compañeros de desgracia, entre ellos mujeres y niños. Este número podría haber sido mayor de no ser por los esfuerzos de Wiebbe Hayes, un soldado raso del que poco se sabe más allá de que fue enviado en busca de comida y agua a otra isla. Hayes y su grupo levantaron la primera construcción europea en suelo australiano, el pequeño fortín en el que se defendieron.

Allí mismo, Pelsaert sometió a Cornelisz y sus secuaces a un proceso judicial. Para obtener sus confesiones, como requería el derecho holandés del momento, la mayoría de ellos fueron sometidos a tortura. El tribunal decidió que a Cornelisz se le cortaran las dos manos antes de subir a la horca, donde murió junto a seis de sus esbirros más influyentes. El 15 de noviembre de 1629, el Sardam abandonó definitivamente las Abrolhos. Pelsaert volvía a Batavia con setenta supervivientes, dieciséis de ellos criminales con grilletes. Cuando antes de ser ajusticiado a Cornelisz se le preguntó por los motivos de tan aberrantes crímenes, el monstruo contestó primero por economizar, después por placer y finalmente por aburrimiento A.go que no hizo más que confirmar que lo arbitrario constituye la esencia misma del terror.

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