Pax augusta.

Después de las oscuras décadas de guerra civil, César Augusto inauguró un largo periodo de paz y prosperidad.

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Año 14. A la muerte de Augusto el Senado debatió sobre los homenajes que debían ofrecerle. Uno de ellos planteó llamar Saeculum Augustum a la época en la que había vivido el difunto, pues existía una conciencia generalizada de haber vivido una época singular, de grandes transformaciones. Después de las oscuras décadas de guerra civil, en el 30 a.C Augusto había acabado con sus rivales, Sexto Pompeyo y Marco Antonio. A partir de ese momento, decidió impulsar un nuevo estilo de gobierno que marcaría una nueva mentalidad para hacer olvidar, cuanto antes, a la República que había convertido a una pequeña aldea a orillas del Tíber en dueña del mundo.

A la glorificación republicana de los generales se opuso el culto al soberano; contra la desidia respecto a los dioses se desarrolló una extraordinaria renovación religiosa; contra la irritación provocada por el lujo privado se llevó a cabo un programa de pública magnificencia del Estado basado en un impresionante programa de obras públicas que, con un nuevo lenguaje, exaltaba la figura del monarca. Así, Augusto consiguió dotar al imperio de una estructura administrativa coherente con su extensión, a la par que disciplinó al ejército y dispensó pan y circo a la plebe, de acuerdo con la ley frumentaria y su propia conveniencia. Un enorme gasto en gran parte asumido por el propio Augusto, si atendemos a lo que él mismo señala tanto en la Res Gestae Divi Augusti como en su testamento, en el que se lamentaba de que sus herederos recibirían poco de él, dado que se había gastado en mantener al imperio, las herencias de sus dos padres y los legados de toda su extensa red clientelar.

Suetonio nos cuenta que su sucesor, su hijo adoptivo Tiberio, era tacaño y avariento, pues una vez emperador no realizó ninguna construcción de envergadura, ni dio ningún espectáculo. Enfrentado permanentemente tanto al senado como a la plebe, rechazó el boato de la corte de su antecesor y decidió administrar el imperio de acuerdo con unas medidas de frugalidad y ahorro que recordaban a las elogiadas por los antiguos conservadores republicanos. Política que no fue acompañada de una reducción de impuestos, lo que no dio la oportunidad de reemplazar la inversión pública por la privada, estancándose la economía. Mientras esto sucedía, acosado por la necesidad de acaparar dinero y medios para mantener su vasta herencia, tomó el camino más fácil, eliminar y apropiarse de los bienes de amigos y enemigos. Como Sexto Mario, amigo y rico propietario de gran parte de las minas de Sierra Morena, ajusticiado por cometer incesto, cuya inmensa fortuna pasó a formar parte del patrimonio personal del emperador. Algo que, si bien no tenía ninguna trascendencia administrativa, sí la tenía ideológica, pues Tiberio, como Augusto, necesitaba de recursos propios para poder justificar su preeminencia como sustentador el imperio.

No tardó mucho en estallar la ampliamente debatida crisis del año 33. Aunque continúe sin aclararse si las causas se debieron a la caída del gasto público o consecuencia del nuevo Estado inflacionista creado por Augusto, es algo que debe sonarnos de algo.

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