Morir besando.

Cuando se convirtió en la agente doble H-21 no pudo pasar desapercibida. Como le había ocurrido durante toda la vida.

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Al alba del fatídico día, la demacrada bailarina despertó bruscamente en su celda de la cárcel de Saint- Lazare tan exhausta que tuvo que recostarse contra los barrotes para no caer. Confiada en que la influencia de sus amigos lograría salvarla del trance, toda esperanza se disipó cuando apareció en el umbral el oficial de guardia para comunicarle con evidente contrariedad, ¡Valor! Ha llegado la hora. El presidente Poincaré ha rechazado vuestra petición de indulto. Vístase. Las dos ladronas, confinadas en el mismo calabozo de la que un día fuera amante de reyes, rompieron a llorar. La hermana Leonide, su guardia permanente, se arrodilló a orar. No sufráis, hermana. Puedo morir tan bellamente como he vivido.

Según su propia confesión, era hija de una gloriosa bayadera del templo de Kanda Swany que murió a los catorce años, el día de su nacimiento. También decía que en la pagoda de Siva aprendió los sagrados ritos de la danza. Sin embargo, sus documentos probaban que era la hija de Adam Zelle, un altivo y barrigudo comerciante de la Frisia holandesa enriquecido precipitadamente por la venta de sombreros y las especulaciones petroleras. Su fortuna le hizo consentir excesivamente a sus cuatro hijos, en especial, a su única hija, Margaretha Geertruida que, con su tez morena, sus grandes ojos negros y una enigmática sonrisa de Gioconda, pronto comenzó a desconcertar a la comunidad local por su desmedido gusto por la provocación. Muy joven se casaría con el capitán Mac Leod, oficial del ejército colonial holandés, con el cual vivió algunos años en Java.

El doctor Bralez de la Prisión de Saint-Lazare le ofreció un narcótico que rehusó con un gesto. Hace frío, si me lo permitís, me pondré mi manto beige, Hermana. Se acicaló sin olvidar un detalle, luciendo un elegante vestido sastre azul marino y un seductor sombrero, levemente posado sobre su cabellera azabache. Al cabo de una hora se alejó en un automóvil negro rodeada de una escuadra de Guardias Republicanos hasta los fosos del castillo de Vincennes. Allí, la calma y el silencio del amanecer otoñal se vio bruscamente interrumpida por once disparos de fusil y un tiro de revólver. Dicen que declinó decir unas últimas palabras. Ni un grito de desesperación. Tan sólo lanzó un beso al aire que provocó el desmayo de uno de los soldados, quizás enamorado.

Doce años antes había debutado como bailarina hindú en el Museo Guimet, templo del saber oriental, siendo su éxito inmediato. Convertida en el ídolo del París que se divierte de noche, a esa primera representación le siguieron más de treinta, en las que la distinguida dama fue abandonando lentamente su condición de Lady Mac Leod para convertirse en una misteriosa Judith que explotaba con maestría los encantos de la seducción. Y después de París, Amsterdam, Madrid y Berlín, donde tuvo la mala fortuna de estar actuando cuando estalló la Gran Guerra siendo la amante del jefe de policía de la ciudad, y un poco más tarde del cónsul alemán en Amsterdam, jefe del espionaje de su país.

Empresaria de su cuerpo y de su intelecto, Mata-Hari pertenecía a esa estirpe de mujeres independientes surgidas hacia finales del siglo XIX que no aceptaban la moral tradicional. Como Lou Andreas Salomé, Madame Blavatsky, Misia Sert, Isadora Duncan, la Bella Otero y tantas otras en la historia que pudieron llegar a ser lo que son gracias a la defensa de un espíritu rebelde y libre que la llevaban a trasgredir las reglas sociales establecidas. Mujeres que a ojos de los hombres que nada sabrían decir de su verdadera naturaleza, cometieron errores imperdonables. Desde junio de 1916 habéis entrado en relación con los militares de todas las nacionalidades que estaban de paso en París, fue la única acusación probada en su juicio. Por eso durante un siglo ha sido una impostora casquivana, una pésima bailarina y una espía de medio pelo que, por jugar a dos barajas -tal como había hecho siempre con sus amantes-, fue fusilada a los 41 años. En los fosos del Castillo de Vincennes, donde también muriera un siglo atrás el Duque de Enghien, ajusticiado por Napoleón por similares motivos: la seguridad, el interés y el honor del pueblo francés.

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