Mi reino por un caballo.

Como muchos, un buen día el novelista Doctorow se preguntó, ¿quién cambiaría la Ilíada por el dato histórico?.

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Desde que en 1871 Schliemann excavase en el noroeste de la actual Turquía la colina de Hisarlik, sabemos que algo parecido a la guerra de Troya sucedió realmente. Desde entonces, hacen bien aquellos que ponen en duda que soldados ocultos en el vientre de un caballo de madera pusiesen fin a una guerra que comenzó porque alguien llamado Helena fue secuestrada por alguien llamado Paris; y que su decurso estuviese decidido por dioses vengativos que manejaban los acontecimientos a su arbitrio. Es posible que historia y literatura recorran el camino juntas, pero de vez en cuando viene bien establecer algunas diferencias.

El 22 de agosto de 1485 se libró en Leicestershire la batalla de Bosworth Field, punto final de la Guerra de las dos Rosas, en la que inopinadamente un valiente y experimentado hombre de armas de la Casa de York, el rey Ricardo III Plantagenet, perdió la vida y cedió el trono a un delicado cortesano de la Casa de Lancaster, Enrique VII Tudor. Un siglo después del regicidio, William Shakespeare escribiría que el rey, traicionado, rodeado y habiendo perdido su montura al quedar atrapado en un lodazal, gritó, ¡Un caballo, un caballo!. ¡Mi reino por un caballo!.

Shakespeare retrató a su Ricardo III como una criatura amoral, ambiciosa y deforme de nacimiento inspirado en las Crónicas de Raphael Holinshed (1568), autor que estaba fuertemente influido por el teólogo crítico Tomás Moro, que cincuenta años antes había escrito una Historia de Ricardo III actuando como propagandista de los Tudor. Así, decidido a reparar las limitaciones físicas que la naturaleza le ha impuesto, ese Ricardo III se muestra construyendo una trayectoria de abusos y crímenes al servicio de alcanzar su máximo objetivo, el poder. Al igual que El Príncipe, es un hombre que no cree en la bondad ni en sus motivaciones y del mismo modo que los hombres y los dioses de aquella epopeya escrita por Homero alrededor del siglo VIII a.C, ese Ricardo es complejo y conflictivo, un individuo que incita a la ira y encarna con hondura las pasiones más arrebatadoras, la envidia, la venganza y la ambición desmedida.

Actualmente, en su lucha por rehabilitar su figura, varias sociedades históricas argumentan que su Ricardo no era la criatura moralmente deforme retratada por Shakespeare, que las acusaciones de corrompido incestuoso, envenenador de su mujer y verdugo de sus sobrinos no han sido probadas, aportando documentos que lo describe como leal, buen legislador y mejor guerrero. Pero al margen de saber que Shakespeare escribió el drama para mayor gloria de Isabel I -nieta de aquel delicado cortesano que con la muerte de Ricardo había conseguido entronizar su propia dinastía- es posible que en su Ricardo haya más verdad que la que jamás podremos encontrar en los datos adquiridos con las más avanzadas técnicas forenses.

Hace unos años un equipo de arqueólogos halló en un terreno a unos kilómetros de Bosworth 22 balas de plomo, piezas de armadura y una pequeña insignia de plata con un jabalí, divisa del rey Ricardo. Según la crónica de Holinshed, allí se ubicaba un pantano natural que separaba a los dos ejércitos, presumiblemente el lugar donde quedaron atrapados el pobre Ricardo y su insustituible cabalgadura. Tras el hallazgo en 2012 de su cadáver en Leicester, la conclusión de los trabajos realizados sobre el difunto confirman la escena transmitida por el cronista, once heridas, tres de ellas letales, sufrió aquel cuerpo deformado por la escoliosis. Lo que difícilmente confirmará es la famosa ¡Mi reino por un caballo!. Posiblemente, una frase jamás pronunciada, pero un buen epitafio que Ricardo deberá al Cisne de Avon. Mejor que ¡traición!, al ver como Lord Stanley, su padrastro, le arrancaba la corona de su yelmo ensangrentado para coronar allí mismo a Enrique Tudor.

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