Las siete ciudades de Cíbola.

Hay creencias que sin ser reales, movilizan a los hombres como si lo fueran.

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Por lo general, los hombres creen fácilmente lo que desean.
Julio César.

Los relatos de Alvar Núñez Cabeza de Vaca habían entusiasmado tanto a quienes los habían oído que, en 1539, un informe presentado por el fraile Marcos de Niza al virrey Mendoza, llevó a los españoles a una delirante búsqueda en los confines septentrionales de la Nueva España en pos de las Siete Ciudades de Cíbola. Siete ciudades que conformaron un espacio mítico en el imaginario de los conquistadores y que, con independencia de cuál sea la verdad de la historia, es una construcción formulada a partir de tradiciones grecolatinos y medievales que respondía más a su mentalidad que a la realidad. Hay acciones de los hombres que difícilmente se pueden explicar de otra manera.

En esa España en la que el sol estaba a punto de no ocultarse jamás, el razonamiento de los españoles seguía dominado por un sistema de valores encomendado a la Providencia -dueña y señora de sus destinos-, y en el que primaban Dios, el rey y el oro. El hombre acababa de aprender que podía navegar hacia occidente sin que el mundo terminase en las columnas de Hércules, pero su imaginación seguía impregnada de mitos, leyendas, milagros y fantasías que explicaban los acontecimientos de la vida cotidiana. Al temor a Dios y a esa riqueza imaginativa los más experimentados sumaban la tradición histórica clásica de Plinio el Viejo y Herodoto, el bestiario medieval y los fantásticos Viajes de Marco Polo. Un conocimiento subyacente heredero de leyendas, quimeras y utopías medievales que afloraba cuando había que dar explicación a lo inexplicable, a algo que no podía más que causar asombro y expectativas inciertas, como la naturaleza desbordada y las civilizaciones avanzadas de los recién descubiertos México y Perú.

Sin negar que los pensamientos y actos de los conquistadores estaban dominados por el afán de encontrar riquezas y por la fe inquebrantable en difundir el cristianismo, no debe obviarse que los hechos narrados en las crónicas del Nuevo Mundo se encuentran tamizados por las propias historias, creencias, deseos y necesidades subjetivas de conquistadores y cronistas. Tampoco que en el medievo europeo, caracterizado por la existencia precaria de sus gentes, surgieron muchas creencias relativas a la existencia de lugares de abundancia. Como la de Jauja, la tierra bañada por ríos de vino y leche donde los lechones pendían de los árboles o la no menos fantástica del reino del Preste Juan, un hombre virtuoso que regía un territorio lleno de riquezas y extraños tesoros. O la de los siete obispos de Mérida, quienes habían conseguido huir de los moros llevando consigo los símbolos sagrados y construido siete ciudades caracterizadas por la abundancia. Siete, como las ciudades de Cíbola del informe presentado por el fraile Marcos de Niza al virrey de Nueva España. Siete, la abundancia; Setenta veces siete, la máxima abundancia, ya lo dice Mateo en su evangelio.

California es uno de los nombres de origen europeo más antiguos de Estados Unidos. Fue impuesto por la expedición española que denominó isla de California al extremo inferior de la península del mismo nombre, cuando desembarcaron allí en 1533 mandados por Hernán Cortés. Posiblemente los expedicionarios se acordaron de Califia, la reina de un paraíso remoto habitado por amazonas negras, rico en oro y habitado por grifos. Y también del Almirante Colón, que años antes, en el albor del descubrimiento, tuvo el antojo de ver sirenas en Las Antillas, aunque no eran tan hermosas como las pintan.

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