La hazaña del teniente Bligh.

Abandonado a su suerte, con dieciocho de sus leales emprendió la travesía más extraordinaria de todos los tiempos.

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El HMAV Bounty, velero de veintisiete metros de eslora y doscientas quince toneladas, zarpó del puerto de Portsmouth el 23 de diciembre de 1787 bajo las ordenes del teniente William Bligh, un cruel aunque experimentado marino de 33 años, quien había servido como navegante al mando del célebre capitán Cook en su tercer y último viaje por los Mares del Sur. La misión que el Almirantazgo le había encomendado era cargar en el archipiélago de Tahití todos los individuos posibles del árbol del pan, una planta altamente nutritiva y de fácil cultivo con la que alimentar a los esclavos antillanos. Después de una escala de cinco meses en la bahía de Matavaï y tras embarcar 1.015 ejemplares trasplantados, Bligh puso rumbo hacia las Indias Occidentales. En ocasiones, el carácter irascible del teniente había provocado escenas desagradables entre la marinería, sus oficiales y él. Sin embargo, ni el nombre de las islas por las que navegaban, llamadas de la Amistad, ni la tranquilidad que reinaba a bordo justo antes del amanecer del Martes 28 de abril de 1789, hacían presagiar que el oficial de cubierta, caballero Fletcher Christian, usurpara el mando ayudado tan sólo por once hombres de los cuarenta y seis bajo el mando de ese perverso carnicero.

A finales del siglo XVIII, la Marina Real Británica era la armada más poderosa y profesional del mundo. Enfrentada a Francia, una nación que tenía una mayor población y muchos más recursos naturales, o a España, con una tecnología naval superior, bajo el decidido mando de almirantes como Anson, Hawke, Rodney, Howe, Jervis y Nelson, Gran Bretaña había conseguido el dominio de los mares. Al contrario que las marinas enemigas, que por economía solamente salían a la mar cuando era necesario, la extensión de su red comercial le permitía mantener a sus escuadras comisionadas en alta mar durante meses, incluso años, opción que no hubiera sido posible sin una organización de aprovisionamiento muy extensa que conformaba la institución industrial más compleja de la época. Pero mantener un navío en el mar era muy costoso, motivo por el que a la marinería se le imponía la disciplina y el adiestramiento necesarios para que se encontrase impecablemente instruida ante todo tipo de maniobra.

Pese a que el Almirantazgo realizaba reclutamientos forzosos de todo tipo de hombres, sin importar su experiencia, si se encontraban enfermos o si eran ciegos, tuertos, mancos o cojos, la mayor fuente de hombres para la marina provenía del alistamiento voluntario, iniciativa que además de ofrecer buenos salarios, comida, atención médica y promoción, especialmente procuraba el prize money, una remuneración especial por capturar o hundir un navío enemigo. Una buena soldada y una vida de aventuras y peligros -antes de convertirse en seres más o menos respetables-, eran los principales atractivos para que muchos se enrolaran, haciendo del buen desempeño y del cumplimiento del deber una cuestión no sólo moral sino lucrativa. En su insaciable búsqueda de retribución, las tripulaciones protagonizaron más de un acto de rebeldía, que debía acrecentarse cuando el esfuerzo no era compensado con la rentabilidad prevista.

Al igual que años antes había sucedido en los barcos de Cook, el teniente Bligh estableció una cadencia de tres guardias en lugar de las dos comunes, con el fin de que a sus hombres pudiesen descansar ocho horas de forma ininterrumpida. Contrató a un violinista, para que en el largo viaje a sus hombres no les faltaran baile, diversión y ejercicio. Y en las malas, declinó usar el corbacho de ocho trallas para escarmentar a los insubordinados, además de pasar por alto la muerte prevista en The Laws of War and Ordinances of the Sea para tres marineros que habían desertado en Tahití. No, no fue el carácter severo e irascible de Bligh lo que empujó a Fletcher Christian y a sus once al amotinamiento, sino lo escaso del prize money obtenido tras vivir cinco meses en aquel Paraíso Terrenal, en aquellas blancas playas de la Polinesia rodeados de mujeres flamboyán.

Al pobre Bligh lo abandonaron con dieciocho de sus leales en un pequeño bote a vela que equiparon con un sextante, un reloj y cuatro machetes. En el barco quedaron suplicando otros trece partidarios por falta de espacio. Aprovisionados con viandas para cinco días, en contra de toda lógica el experto navegante no puso rumbo a la isla más cercana, sino a Timor, colonia holandesa que se encontraba a más de 6.700 kilómetros de distancia. Se enfrentó a los aborígenes hostiles, a las tormentas, a las barreras de arrecifes y al hambre, perdiendo tan sólo un hombre. A fe que hizo gala de pericia y competencia en aquel peligroso viaje de cuarenta y siete días. El gobernador holandés de la isla lo acogió hasta que recuperado, en su determinación por dar cuenta de lo sucedido con su barco, regresó a Inglaterra en marzo de 1790.

Los amotinados de la Bounty se refugiaron en la isla desierta de Pitcairn, en el archipiélago Dangereux, en donde quemaron la nave y donde aún hoy viven sus descendientes.

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