El terremoto de Voltaire.

El terremoto de Lisboa supuso un serio problema teológico derivado de lo indiscriminado que resultaba el castigo divino.

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A las nueve y treinta y cinco de la mañana de Todos los Santos del año 1755 tuvo lugar el que, por lo universal, por lo violento y repetido se considera como uno de los mayores temblores que se sepa haya padecido el Orbe. Ahora sabemos que el epicentro de aquel sismo de 8,7 grados en la escala de Richter se localizó en el océano Atlántico, en un punto de la falla Azores-Gibraltar situado a unos cien kilómetros al suroeste de Lisboa. Sus sacudidas se sintieron en Escandinavia y Nueva Inglaterra, y terminaron por provocar un violento tsunami que causó efectos demoledores en las costas peninsulares, además de un incendio que terminó con lo que quedaba de la ciudad y con la vida de entre un siete y un diez por ciento de su población. ¿Qué interpretación cabía dar a esta desconcertante manifestación de la cólera de Dios?.

Aún a mediados del siglo XVIII resultaba tarea ardua intentar dar una explicación racional a los fenómenos naturales. En aquellos tiempos disfrutaba de gran predicamento la tesis aristotélica que consideraba como causa de los terremotos a vientos circulantes por el interior de la tierra que, en su intento de hallar una salida al exterior, la sacudían y hacían temblar. Bien utilizada y recurriendo a lo sobrenatural para explicar todo aquello que no podía entenderse, en la Edad Media esa teoría acabó otorgando a Dios el papel de único responsable del funcionamiento del mundo, lugar sobre el que aplicaba su poder para comunicar al hombre su satisfacción o enfado. De ahí que la ignorancia alentara la interpretación más apocalíptica de los fenómenos telúricos, dando por sentado que este tipo de desgracias obedecía al castigo de un dios enojado por el comportamiento desordenado de los hombres.

En el intento de calmar su justa ira y remediar en lo posible sus efectos, se procedía a estimular la piedad de los afectados mediante procesiones extraordinarias y rogativas que identificaran a los culpables. Al ser anglicano el único templo lisboeta que quedó en pie, unos achacaron la catástrofe a la degeneración de la moral católica; otros quisieron creer que tanto comercio con los ingleses no podía ser agradable a los ojos de Dios. También hubo quien, cómo no, acusó a los judíos. Pero si algo caracteriza a la Ilustración es la búsqueda de una explicación racional y empírica de los fenómenos naturales, por lo que también fueron muchos los que trataron de explicar el arrasamiento de la capital portuguesa buscando simplemente sus causas naturales.

En su Poema sobre el desastre de Lisboa, Voltaire se hizo eco de algunas de las teorías entonces en vigor sobre las causas que originaban los terremotos, tratando de desvincular el suceso de las tesis que lo explicaban como resultado de la actuación directa de la Providencia. El orden del mundo es una mezcolanza de horrores en la que el esfuerzo civilizador de los hombres intenta instaurar un oasis de armonía y seguridad. Con este nuevo enfoque interpretativo, critica a los optimistas racionalistas que, como Leibniz, Pope o Wolf, creían que este es el mejor de los mundos posibles, fruto inmejorable de la justicia y perfección divinas. Sin embargo, para Voltaire, el mejor de los mundos posibles había sucumbido con Lisboa. Un ataque a los teóricos del tout est bien que le llevaría al enfrentamiento directo con Rousseau, para el que el único mal real que existe es el mal moral, fruto de la decisión libre del hombre perfeccionado, alejado de la Naturaleza y, por tanto, corrompido.

Hubo eclesiásticos que se negaron a ejercer, como Rousseau, de abogados de la providencia. Como el presbítero José Cevallos y los clérigos miembros de la Academia Sevillana de Buenas Letras, que se mostraron abiertamente beligerantes en la defensa de la causa natural del terremoto. O el reverendo John Michell, astrónomo, matemático y profesor de Geología de la Universidad de Cambridge, primer científico en atribuir a las ondas sísmicas un comportamiento elástico que les permitía expandirse desde las profundidades en que se había producido el fenómeno hasta puntos de la corteza terrestre extraordinariamente alejados.

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