Desposeimiento.

Nunca se es de nadie más que del propio pecado.

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Se odia al que posee lo que aún se siente como propio aún después de abandonado. Furia, rabia, llanto y palabras que vuelven del olvido ya sin sentido, redes para redes de deriva y sin futuro. Se produce un espejismo de pasado, palpitando, una cola de serpiente mutilada. Se afirman los pilares de un hogar en los sedimentos erosionados del ladrillo que tan solo devuelven la tragedia. El recuerdo, anzuelo y arma. Se dibuja una coma bajo el punto pretendiendo retomar lo que en verdad jamás se ha poseído.

Nunca se es de nadie más que del propio pecado. Cada pecado se comete contra el amor. Todas las almas huérfanas son cóncavas, dispuestas a encajar en lo convexo o a llenarse en cualquier modo, y todos los elementos tienden a la perfección sumándose en esferas, completándose. Cuando uno se marcha el futuro nada más existe lejos, el único deseo que se ha de tener al volver es el de alegrarse de ver la tierra cuidada, sembrada y florecida.  El tercero es culpable siempre, sí, lo es, de ser y de sentir. La única traición es el dolor, el que se inflige.

«Tú y aquellos que piensan 
que viven por la verdad, y en consecuencia,
aman todo lo que es frío.»  Louise Glück

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