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Pares.

¡Hola! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte! Y tanto.

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Comenzaba el siglo y Diego con él a leer todo lo que le rodeaba. Los libros de cuentos pasaron de ser a tener, de ser tan solo dibujos grandes, grandes manchas de color, a tener textos e ilustraciones más complejas, completas. En aquellos primeros años del veintiuno juntos comenzamos a descubrir los cuentos de “autor”, de ilustrador, y a coleccionar los que por aquel entonces nos podíamos permitir coleccionar. Los devorábamos juntos, los devorábamos por separado, a los dos nos gustaban aquellos pequeños tesoros, él con sus ojos de cuatro, cinco, seis años, yo con los de los treinta, treinta y uno, treinta y dos. Eran los años en los que repuntaban editoriales que se la jugaban a formatos diferentes, a cuentos diferentes, apostando por la ilustración y el ingenio. De aquellos conservamos algunos, otros se debieron perder en algún traslado que por cuidado que pongas siempre hay cosas que se dan a la fuga o se quedan atrás.

De antes de aquellos -al que también le he perdido la pista con los años y los traslados y las mudanzas y los cambios- es uno que ya no recuerdo si fue su madre o fui yo o fuimos ambos le compramos anticipándonos mucho, con tiempo, a su capacidad de comprender, de leer: “Valentín se parece a“, de la prolífica escritora de cuentos infantiles Graciela Montes. Cuando Diego tenía los ojos de su madre (que aún los tiene) o los carrillos de su padre, se parecía a su abuela, o a su primo David, o era despierto como, o sonreía igual que, o lloraba del mismo modo que… Diego ya era Diego como Valentín era Valentín aunque todo el mundo se empeñara en sacarle un parecido a. Valentín -y aquí os reviento el cuento, que ya sois mayorcitos- encontró el modo de dejar de parecerse a todo el mundo, por aburrimiento, entiendo, pero también por esa determinación personal y humana de ser y sentirnos únicos. Empapeló su barrio, o su pueblo (no recuerdo), con un cartel en el que su nombre acompañaba a su foto. Así Valentín dejó de parecerse a unos y a otros y pasó a parecerse a Valentín, el de los carteles. A Diego, con los años, le encantó tanto como a mi. Y en los años aún lo recordamos, es probable que yo más.

Era una terraza, un café por defecto cremoso, una tarde cualquiera de esta semana, en un lugar del mundo en el que no había estado nunca, donde uno cree que no se va a encontrar a nadie. Era Intelligent Life, la gran revista de The Economist y un especial mujeres inspiradoras patrocinado por Patek Philippe, y un buen ramillete de interesantes artículos, y unas imágenes a sangre de mundos cavernosos de Robbie Shone, China, Portugal, Francia, Borneo… Y alguien que se acerca alegre y exclama “¡Hola! ¿Qué tal? ¡Cuánto tiempo sin verte!“. Y tanto, es la primera vez que te veo. En mi vida. Sonreí, sin más. Se quedó parado y mudo, me observó con algo más de detenimiento y musitó “ay, no eres… “. Pues seguro que no, me dije. Amplié la sonrisa. Se disculpó retrocediendo y comenzando a andar. No te preocupes, me pasa“, acerté a decir creo que tarde. Y es cierto que me pasa con bastante regularidad, la suficiente como para ser remarcable entre mis líneas, que me confunden o me encuentro miradas con los ojos de “¿eres o no eres?” que se iluminan y desaparecen con cierta rapidez.  Y no, no soy. Habitualmente no soy más que yo. Más cuanto en los años dejé de intentar ser alguien y afloró por si solo el que soy. (Afloró o se forjó, que hay parte que aflora y otra que se hace a fuego, pero eso es otra historia).

Hubo un tiempo en que se podía disfrutar de vivir en el centro de Madrid, fue antes de que aquella calle que acogió el destierro de mi retorno se llenara de tiendas. Allí me pasaba más a menudo que ahora, por la aglomeración. Estas confusiones me tuvieron un tiempo con la idea de que había alguien que se parecía realmente a mi, a quien realmente me parecía de una forma asombrosa, un par, un doble. Como Felix Dadaev, el más conocido de los cuatro dobles que tenía un tipo como Stalin, una historia que le hace a uno pensar que es sólo una cuestión de estadística que de entre los 7.000 millones de habitantes al menos uno, pelo, nariz, ojos, piernas, uno tan solo y tú os parezcáis como dos gotas de agua. Claro que si para Dadaev, a pesar de haber sido elegido de entre todos los ciudadanos de la Unión Soviética por su asombroso parecido, no resultó tan fácil porque sus orejas eran más pequeñas que las de Stalin y tuvo que aprender a expresarse, moverse, comportarse, gesticular para pasar por el mismísimo, lo más probable aún a pesar de la morfología común es que seamos tan diferentes como parecemos y baste con un simple gesto para distanciar los parecido. Es más probable que a pesar de las confusiones seamos, como aquel café por naturaleza cremoso, por naturaleza tan únicos como deseamos ser. Sin más. Como el Valentín de los carteles de Valentín. Como el Intelligent Life. Como el mismo loff.it, hecho de los gestos y las letras, los sentimientos, el conocimiento y la pasión de todos los que lo hacemos. Aunque no hay nada que se parezca a loff.it. No. Aún no existe su par. Pero ¿y yo? ¿Me parezco a alguien? Sí. A mi. Y no siempre.

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