René Descartes, el científico del método y de muchas cosas más.

Para el mundo, es el filósofo que afirmó "Pienso, luego existo" sin que la mayoría sepa lo que eso implica. Y mientras se lo plantean, dan fe de su existencia.

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«Descartes, c’est La France». Esta afirmación pronunciada por más de uno en el país vecino, resume la dificultad de escribir sobre un personaje que representa a toda una nación, pero también explica el sentido de estas líneas. Porque Descartes, Renatus Cartesius (1596-1650), pasó media vida de acá para allá y terminó emigrando a Holanda, cansado del París del siglo XVII.

Mucho se ha escrito, criticado, alabado de este escritor que nació marcado por una naturaleza enfermiza. Excusado de bajar al patio, no le quedó más camino que el intelecto  para el que, encima, estaba muy dotado. En el colegio jesuita de La Flèche se dieron cuenta desde el principio. Mon petit philosophe le llamaba su padre porque era un niño preguntón. El punto tierno de este hecho es que René era huérfano de madre desde que tenía un año. Jeanne, su madre, murió al dar a luz a un hijo y él fue criado por una nodriza y su padre en casa de su abuela.

Siempre imaginé que este tipo de personas que destacan desde niños y pasan a la historia por sesudas teorías tenían que ser grises y aburridas. Pero no. Solamente se trata de gente que se pregunta todo y además tiene la necesidad de responderse. Y las propuestas de Descartes a los misterios que él mismo se planteaba se salían de lo establecido. Pero, además de eso, se batió en duelo, y tuvo una hija, Francine, de una relación con una criada. Fue un científico de la Corte y tuvo éxito social, incluso si amaba recluirse para pensar y escribir.

Sentó las bases de muchas partes de la ciencia: óptica, geometría, física, música… Pero sobre todo, sentó las bases de la base, de lo principal, es decir, del método científico. El cómo importa. En ciencia también. No vale con pensar, con razonar. La pauta de los razonamientos es la base de todo el edificio. Y no se le da importancia en este mundo de resultados en el que vivimos.

René, lo vio en sueños. Después de alistarse en la escuela militar del príncipe de Orange en Holanda y viajar por Dinamarca y Alemania, se enganchó en el ejército del duque Maximiliano de Baviera. Estamos en 1619 y Descartes tiene 22 años. Fue entonces cuando, en una época de un fuerte desequilibrio espiritual, fruto de su inquietud científica, tuvo tres sueños visionarios en la misma noche, en los que le era revelada su tarea: dar forma a la ciencia.

Él no estaba contento con la formación recibida de niño, ni con la de la Universidad de Poitiers donde se doctoró en Derecho Civil y en Derecho Canónico. La manera en la que le habían enseñado las verdades científicas, a cuyo estudio dedicó su vida, desde su infancia hasta el final de ella, de la mano de maestros y grandes amigos, no era la adecuada. Y él se decidió a solucionarlo.

Muchas son las obras de Descartes, incluso considerando que parte de ellas se perdieron, y de todas, fue El Discurso del Método la que escribió en francés, y no en latín. Siendo, como era, una obra compleja, él quería que resultara accesible a todo el mundo, también a los menos doctos, a las mujeres y a todo aquel que supiera leer.

Esta obra se había concebido como introducción de tres tratados científicos que no llegaron a publicarse. La razón es que, pocos años antes, en 1633, se había producido el problema de Galileo con la Iglesia Católica y Descartes, que también defendía el heliocentrismo, no quería que le sucediera lo mismo. Así que dejo las tres partes científicas en el cajón y publicó El Discurso del Método aparte.

En él, despoja a la ciencia de los rigores del método escolástico, tan rígido, basado en el principio de autoridad, y propone la duda como forma de obtener certezas. Descartes establece desde el primer momento que todos tenemos capacidad de juicio, pero unos lo emplean mejor que otros. No vale con repetir lo que los grandes sabios que nos han precedido dijeron, hay que replantearse todo y cuestionarlo. Pero no como un camino que lleve a la parálisis sino como forma de avanzar en el conocimiento de la verdad.

En 1622, gracias a que cobra la herencia de su madre, visita Italia y vuelve a Francia. Pero no le resulta cómodo para trabajar, el ambiente no era el más propicio. Y acaba en Holanda. Allí es donde escribe el grueso de sus obras. Curiosamente, en su afán por encontrar ese sitio ideal, se traslada de una ciudad a otra: Amsterdam, Leyde, Utrecht…

Finalmente, siempre en medio de polémicas por sus propuestas filosóficas y sus ideas matemáticas, acepta ser el tutor de la reina Cristina de Suecia y se instala en Estocolmo. Al poco tiempo, en 1650, muere supuestamente de neumonía. Supuestamente, digo, porque posteriormente se ha ofrecido una visión distinta de su muerte: envenenamiento por arsénico. La base de estas sospechas es un escrito en el que la reina Cristina describe los síntomas padecidos por el filósofo. La razón última del asesinato tenía fondo religioso.

A lo largo de la historia de Francia, Descartes ha sido utilizado por diferentes facciones políticas, desde los revolucionarios, quienes debatieron si enterrarlo en el Panteón o no, hasta casi nuestros días.

Para el mundo, es el filósofo que afirmó «Pienso, luego existo» sin que la mayoría sepa lo que eso implica. Y mientras se lo plantean, dan fe de su existencia.

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