Kurt Gödel: esta frase no verbo.

Su inquietud mental y la imperiosa necesidad de entenderlo todo le condujo a situaciones increíbles.

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Con la expresión “Esta frase no verbo” intentaba Douglas R. Hofstadter, el autor del libro “Gödel, Escher, Bach: Un eterno y grácil bucle”, mostrar cuál era el espíritu de uno de los descubrimientos más relevantes del matemático austriaco Kurt Gödel (1906-1978). El campo al que dedicó su vida Gödel, los fundamentos y la lógica de la matemática, es sin lugar a dudas uno de los más complejos de la ciencia, y la originalidad y belleza de sus aportaciones solamente tienen cabida en una mente tan compleja y maravillosa como los propios logros.

La idea básica de Gödel, explicada por el filósofo y gran divulgador de la ciencia Martin Gardner, plantea que en todo sistema formal lo bastante rico como para contener la aritmética pueden formularse enunciados verdaderos cuya demostración es imposible dentro del sistema. De esta forma, para demostrarlos es preciso saltar a un sistema más complejo, más rico, donde nuevamente se puedan formular enunciados verdaderos que también serán imposibles de probar en este segundo sistema, y habrá que saltar a un tercer sistema, todavía más complejo para demostrarlos. Y así sucesivamente, en un proceso infinito, en bucle.

La inquietud mental de Gödel y la imperiosa necesidad de entender todo de una manera tan intensa le condujo a situaciones tan increíbles como la que vivió con sus amigos Einstein y Morgerstern cuando se entrevistó con el juez que tenía que darle la ciudadanía estadounidense. Kurt, por supuesto, dedicó unos días a estudiar la Constitución de EEUU para estar a la altura y poder responder, si fuera necesario, a las preguntas del señor juez. Pero, la noche antes de la entrevista, llamó muy alterado a Oskar Morgerstern, quien había quedado en pasar a buscarle al día siguiente, y le confesó que había descubierto una falla en la Constitución. Sus amigos, también científicos, con una inteligencia afín, y con el cariño que sólo los buenos amigos pueden profesar, se dedicaron durante el trayecto matutino camino del juzgado a distraer a Kurt con bromas y cuestiones menores. Parece que aquella maniobra disuasoria funcionó. Pero cuando el juez le preguntó por su procedencia y comentó que era una lástima que estuviera en manos de un dictador tirano y que “esa posibilidad no podía darse en los Estados Unidos”, Gödel gritó “¡Al contrario! ¡Yo sé cómo puede suceder!”. El juez le quitó importancia para alivio de Morgerstern y Einstein, y el matemático obtuvo su ciudadanía. A nosotros nos queda la duda de dónde estaba ese error en la Constitución americana que podría desembocar en una dictadura.

Este hombre, obsesivo, rallando en la paranoia, era capaz de descifrar los secretos de la lógica matemática pero también de sufrir, debido a las mismas características que le permitían alcanzar lo más sublime, una auténtica tortura interior. Creía en los fantasmas, tenía un temor morboso a los gases del refrigerador y estaba convencido, basándose en mediciones de la nariz que había hecho en una foto del periódico, de que el general MacArthur había sido reemplazado por un impostor.

Murió por desnutrición. Una de sus obsesiones era que le estaban intentando envenenar. Por esa razón no ingería ningún alimento que no fuera probado previamente por su amante esposa, Adele. Cuando ella murió, Gödel se negó a comer nada. Pesaba 32 kilos al fallecer, según consta en la autopsia.

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