Konrad Lorenz, el Nobel nazi.

Y uno de los padres de la etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal.

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El sentido de esta columna fue, desde un principio, ofrecer una gota de entretenimiento como excusa para que la autora aprendiese de la trayectoria investigadora pero, sobre todo, vital, de tantos científicos conocidos o no, que nos han precedido. Así, aprendiendo y compartiendo lo aprendido, me he topado con mujeres idealistas, luchadoras, hombres excelsos cuya calidad humana excedía con mucho su enorme brillantez como profesionales de la ciencia. He descubierto anécdotas curiosas, vidas terribles, circunstancias sobrecogedoras. Pero nunca me había enfrentado con un científico cuyos trabajos sobre el comportamiento animal conocía de pasada, porque obtuvo un Premio Nobel en Medicina o Fisiología, y del que descubro una realidad difícil de encajar.

Konrad Lorenz (1903-1989), licenciado en Medicina por la Universidad de Columbia (Nueva York) y doctor por la Universidad de Viena en Medicina y en Zoología, es considerado uno de los padres de la etología, la ciencia que estudia el comportamiento animal. En concreto, él estudió el comportamiento de las aves acuáticas en el cortejo. Sus años de observación del instinto animal y sus rituales de apareamiento le llevaron a desarrollar una teoría acerca de la importancia de determinados estímulos que provocaban el comportamiento específico a la hora de cortejar a la hembra y cómo, ante la ausencia o la presencia distorsionada de dichos estímulos externos, el comportamiento instintivo se modificaba.

Asimismo, Lorenz describió el mecanismo de liberación innato según el cual, ante un estímulo concreto y determinado (por ejemplo, un color) el animal responde siguiendo un patrón fijo de comportamiento. Para poner un ejemplo cercano, al olor de la leche materna, el bebé reacciona succionando.

Sus hallazgos y estudios a lo largo de más de treinta años le valieron un Nobel compartido con dos amigos: Nicholas Tinbergen y Karl Von Frisch. El primero, hecho prisionero por la Gestapo por su participación activa en la resistencia holandesa y, el segundo, objetivo de los nazis porque tenía 1/8 de sangre judía, y porque daba trabajo en su laboratorio a judíos y a mujeres, a pesar de lo cual le respetaban por el valor de sus investigaciones sobre una enfermedad transmitida por las abejas que atacaba a los humanos. Pues bien, Konrad Lorenz era nazi. No solamente hay indicios de que perteneció al partido desde joven, lo que solamente describiría sus ideales, la cosa fue más allá. Mientras que al acabar la guerra Lorenz trató de excusarse argumentando que fingía para mantener su puesto de profesor, pero que desconocía qué estaban haciendo los nazis en los campos de concentración, a lo largo de los años ha ido apareciendo documentación que corrobora lo opuesto.

A partir de sus estudios con patos y gansos, y cómo variaban los instintos cuando se cruzaban diferentes animales, Lorenz llegó a la conclusión de que la hibridación pervertía el comportamiento de las aves, sus rituales y llevaba a la especie a su fin. Y, sin más, extrapoló esas conclusiones a la humanidad. El resultado fue la justificación de la eugenesia para evitar que la raza aria, que tanto admiraba, se mezclara con otras razas impuras, como los judíos y los gitanos. Están recogidas sus opiniones acerca de la explicación de la forma típica de la nariz judía en sus escritos, y referencias a las diferencias estéticas con la raza “superior”. Tampoco este hecho es lo que me ha sorprendido y decepcionado más. Puede ser que Lorenz sacara estas conclusiones desde un punto de vista teórico, lo cual, no necesariamente le hace responsable de los actos de terceras personas.

Pero resulta que al estallar la guerra en 1939, fue enviado por el ejército nazi al frente ruso, como médico. Pero no llegó a su destino directamente. Primero, en 1942, estuvo un tiempo en el hospital de Posen como psicólogo, asignado a una unidad de las SS, ocupado en elaborar y aplicar test para distinguir a los polacos de los germano-polacos con sangre aria. Perteneció a la Oficina de Política Racial con los privilegios que ello implicaba. No hay que hacer muchos esfuerzos para imaginar qué sucedía con los ciudadanos polacos que no eran de origen puro.

Más adelante, una vez en el frente del Este, fue capturado por el ejército ruso y permaneció prisionero hasta el final de la guerra como médico del campo de concentración donde, afirmó más adelante, hizo amigos entre los médicos rusos.

En la segunda mitad del siglo XX, con el conflicto acabado y las heridas a medio cerrar, recuperó su amistad con Tinbergen y Von Frisch, a quienes convenció con las excusas ya mencionadas.

Al final de sus días, ya con el Nobel en casa, expresó su repulsa a la fabricación de la bomba nuclear, y eso le hizo convertirse en héroe de los grupos ecologistas mundiales. Las paradojas de la vida.

No soy capaz de decir nada positivo de Konrad Lorenz en estos momentos. Tal vez, por contraste con sus amigos Nico y Karl, se puede aprender que la neutralidad científica es un mito, y que el amor por la ciencia no te hace mejor persona. Son los valores humanos y el coraje de vivir conforme a ellos lo que enaltece a la persona.

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