Los instintos estéticos de Santiago Ramón y Cajal.

Premio Nobel de Medicina. Cuando recibió la llamada telefónica comunicándole la noticia, pensó que era una broma de sus alumnos y volvió a la cama.

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Escribir una biografía mínima de un personaje tan relevante en la historia de la ciencia española como Santiago Ramón y Cajal es una ardua tarea. Tanto se ha dicho, tanto se ha escrito, filmado, contado, que diríase que ya no queda una sola letra que aportar ni una palabra que pronunciar.

Pero en los últimos meses, he visto el nombre de este insigne científico asociado al del Premio Nobel de Economía, Friedrich von Hayek. Esta asociación ha traído ante mis ojos los párrafos más sorprendentes referidos a la neurología. Mi asombro tenía como origen la ignorancia, como suele suceder: había leído acerca de los logros de don Santiago pero no había disfrutado de su manera de transmitir la pasión por su oficio. Mancebo de barbería y aprendiz de zapatero mientras estudiaba, se doctoró en Medicina y la vivió en tres facetas diferentes. Primero como hijo de médico, segundo como enfermo cuando, destinado en Cuba, enfermó de las mismas dolencias que sus soldados, y finalmente, como médico investigador.

La experiencia en la guerra de Cuba tuvo que ser una de las lecciones de su vida: la miseria humana, presente en las enfermedades, pero también en la corrupción política, la ineficiencia de muchos mandos, y el propio enfrentamiento armado, debieron marcar al joven Santiago, que solamente se recuperó gracias a los cuidados de las mujeres de su familia.

En 1906 recibió el Premio Nobel de Medicina por su estudio de las neuronas. Cuando recibió la llamada telefónica nocturna comunicándole la buena noticia, pensó que era una broma de sus alumnos y volvió a la cama. Más allá de lo que este hecho dice acerca de su humildad, imagino qué tipo de relación tendría con sus alumnos para creer que podrían gastarle tal broma.  No debía ser un  profesor distante. Y eso, tanto como profesor como en su faceta de médico, es una gran lección. El maestro, cercano, siempre cercano.

Pero nada describe mejor la personalidad de los individuos que sus palabras cuando intentan expresar el amor por lo que hacen. Para Ramón y Cajal,

… el jardín de la neurología brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfacción.

Don Santiago creía que el cerebro es el órgano del alma y que el hombre reina en la Naturaleza sobre el resto de las criaturas por la magnífica arquitectura de dicho órgano. Y, de ahí, su interés por conocer precisamente los entresijos de esa estructura. Tal pasión le llevó al descubrimiento de la neurona como célula discreta, base de un sistema que se constituía como una red gracias a la sinapsis, proceso por el que una neurona se comunica con otra. Esta nueva teoría, que sustituía a la que contemplaba el sistema nervioso como una red de nervios, dotaba al cerebro y al sistema nervioso de una enorme plasticidad, lo que le explicaba su capacidad para adaptarse a múltiples circunstancias y situaciones.

Sorprendentemente, tal y como expone Alejandro Pérez y Soto en su tesis doctoral, recientemente inscrita en la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid, estas aportaciones del médico español son la base de las teorías del Premio Nobel de Economía Friedrich von Hayek, plasmadas en su libro El Orden Sensorial. Como explica Pérez y Soto, para ambos, las sensaciones son el producto de asociaciones entre múltiples redes neuronales que procesan la información de diversas maneras y van estableciendo modos de entender el mundo, a medida que nueva información va acudiendo a los centros receptores.

A partir de aquí, Hayek concibe un individuo libre, que se relaciona con los demás y crea organizaciones complejas: las sociedades. Estas organizaciones sirven al propósito de la supervivencia humana, pero también constituyen la base de la posibilidad de vivir mejor. Hayek, uno de los padres del individualismo moderno, se dio cuenta de que el orden espontáneo, fenómeno tan abundante y corriente en la naturaleza, es la clave de la existencia de las sofisticadas redes humanas, las sociedades, en cuyo seno se manifiesta lo más sublime y lo más detestable del ser humano.

En el último párrafo de su obra autobiográfica Recuerdos de mi vida, dice don Santiago:

 A todos cuantos embelesa el hechizo de lo infinitamente pequeño, aguardan en el seno de los seres vivos millones de células palpitantes que sólo exigen, para entregar su secreto, y con él la aureola de la fama, una inteligencia lúcida y obstinada que las contemple, las admire y las comprenda.

Si ampliáramos el ámbito y consideráramos, no tanto a las células sino al hombre, como objeto de estudio, esta maravillosa frase reflejaría perfectamente la pasión científica tanto del científico natural como del científico social que en su estudio contemple, admire y comprenda la acción humana.

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