James Clerk Maxwell: el científico poeta.

El objetivo de la ciencia es hacer las cosas difíciles comprensibles...

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El objetivo de la ciencia es hacer las cosas difíciles comprensibles en una forma más simple, el objetivo de la poesía es decir las cosas simples de una manera incomprensible. Las dos son incompatibles.

De esta manera, el físico inglés Paul Dirac (1902-1984), explicaba a su colega americano J. Robert Oppenheimer (1904-1967) que dedicarse a la poesía era una pérdida de tiempo. Sin embargo, en la época victoriana las cosas eran diferentes. La concurrencia de científicos que eran, además, poetas aficionados es un fenómeno estudiado. Uno de los casos más paradigmáticos es el de James Clerk Maxwell (1831-1879), considerado como el “segundo padre” de la Física, después de Newton.

Era un niño escocés, criado en las tierras que su padre tenía en pleno campo, en Glenlair y marcado por la muerte materna. No fue una buena idea contratar a un tutor de dieciséis años cuando, con ocho años, murió Frances Cay, su madre y su primera formadora. James, hijo único tras la muerte de su hermano, era una mente inquieta e inquisitiva y no debía ser fácil manejarle.  Tampoco encajó en la estupenda Edinburgh Academy donde le apodaron “daftie” (bobo) por su acento rudo, fruto de su aislamiento en la finca paterna. Sus dos mejores amigos de aquella época, Lewis Campbell y Peter Guthrie Tait, lo serían para siempre.

El caso es que, con catorce años, James escribió su primer artículo científico sobre óvalos cartesianos y curvas con más de dos focos, presentado ante la Royal Society of Scotland por James Forbes, profesor de la Universidad de Edimburgo, ya que él era demasiado joven para acudir a las reuniones de la Sociedad. Dos años después ingresó en la Universidad de Edimburgo. Con dieciocho ya había publicado, a través de su tutor, dos artículos en la revista de la Royal Society.  Tras pasar por la Universidad de Cambridge fue contratado para ocupar la cátedra de Filosofía Natural del Marischal College en Aberdeen. De ahí pasaría a enseñar en el King’s College de Londres. Quienes se burlaron de su acento tenían grandes motivos para sentirse muy avergonzados.

Antes de mudarse a Londres, James Clerk Maxwell se casó, cumpliendo con la tradición de atar el lazo nupcial, con la hija de un pastor ocho años mayor que él, Katherine Mary Dewar, con quien fue muy feliz. Vivieron en Kensington durante ocho años, hasta su retirada forzosa por escarlatina. Al regresar al mundo académico, fue Cambridge la universidad que le acogió de nuevo. Murió de cáncer, como su añorada madre, con fuertes dolores y una resignación aún mayor. De ahí que el médico que le trataba comentara: Ningún hombre jamás conoció la muerte más consciente o más tranquilamente.

Pero además de sus enormes avances en el mundo del electromagnetismo, demostrando que la electricidad, el magnetismo y la luz son manifestaciones del mismo fenómeno: el campo electromagnético; en óptica, estudiando los colores; en la teoría cinética de los gases y la termodinámica, explicando, con su idea de un agente (que más adelante se conocería como “el demonio de Maxwell”) que deja pasar o no las moléculas de un recipiente frío a otro caliente, los problemas de la segunda ley de la termodinámica, además de todo ello, James nunca dejó de escribir poesía. Ya en el colegio había destacado en este arte ganando un primer premio, junto con el de matemáticas. Y nunca la abandonó.

Fue su amigo del colegio, Lewis Campbell el encargado de publicarla, y también de escribir su biografía. Se trata de poesía puramente científica, en la que expresa ideas relacionadas con sus investigaciones. Como por ejemplo ésta que me he permitido traducir.

En tiempos y lugares muy inciertos,
Los átomos dejaron su camino celestial,
Y mediante abrazos fortuitos,
Engendraron todo lo que hay.

Y aunque parece que se aferran juntos,
Y forman ‘asociaciones’ aquí,
Sin embargo, tarde o temprano, rompen su atadura,
Y a través de las profundidades de la carrera en el espacio.

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