Giovanni Battista Baliani, la efervescencia de la ciencia renacentista.

Baliani no es un científico reputado de los que salen en los libros de historia, más que de forma marginal.

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Baliani no es un científico reputado de los que salen en los libros de historia, más que de forma marginal. No colaboró al avance de la ciencia con algún descubrimiento que hace de él un reputado hombre de ciencia, un personaje sobre el que se escriben biografías. Como científico fue un amateur, alguien en la frontera entre la primera y la segunda división.

Pero ilustra muy bien qué estaba sucediendo en el siglo XVII en la República de Génova. Nació allí en 1582. Hijo de un político importante, siguió los pasos de su padre sin rechistar. Y alcanzó grandes honores. Con 39 años era prefecto de la fortaleza de Savona, ciudad sita a 45 kilómetros de Génova, y con 42 ya era senador de la República. Regresó a Savona como gobernador, donde destacó por su buen hacer, como lo demuestra que evitara un conflicto naval entre la armada francesa del cardenal Richelieu y la de Nápoles. Llegó a formar parte de los doce «padres» del Senado de la República.

Pero el cumplimiento de sus obligaciones no le impidió dedicarse a la ciencia, en un momento en el que Italia era un caldo de cultivo perfecto.

Dedicado al estudio de la filosofía y la literatura de manera autodidacta a muy temprana edad, nunca dejó de estudiar los avances que se producían a su alrededor en astronomía, física y meteorología. Atrapado su interés por la ciencia experimental al estilo de Galileo, repitió el experimento de la caída de los cuerpos, siendo prefecto de la fortaleza de Savona, desde una de sus torres. En aquel momento, el movimiento acelerado de los cuerpos era el tema estrella de la física, gracias a Galileo, a quién Baliani conoció, y de quien se hizo muy amigo. Fue a propuesta de Galileo que Baliani entró en el Liceo y fue Galileo quien le hizo el elogio de entrada.

A pesar de la discrepancia entre ambos respecto al modelo copernicano defendido por Galileo, frente al de Tycho Brahe por el que apostaba Baliani, compartían una misma visión de la ciencia y su método.

Baliani descubrió una forma de calentar agua sin fuego, demostrando experimentalmente que la energía cinética se transforma en calor. Además, estudió las propiedades del hielo frente al agua líquida.

También estudió la presión atmosférica, en concreto en el entorno del problema de la salida del agua en un sifón. Baliani ofreció de manera independiente, la solución correcta que explicaba qué hace que el agua salga disparada de la boca de un sifón.

Pero en este momento histórico y en una zona en la que la ciencia experimental era tan popular, surgían problemas de atribución de primacía de los descubrimientos, celos profesionales y reclamaciones de independencia de las conclusiones expuestas en las diferentes obras. Este fenómeno, cebado por los limitados medios de comunicación, ha sido bastante frecuente en la ciencia. Pero en la Génova del XVII mucho más. Y Baliani no escapó a la tentación. Al publicar los resultados de sus experimentos sobre la velocidad de caída de los cuerpos y la oscilación se atribuyó la paternidad del descubrimiento y no reconoció la influencia de Galileo. Eso no gustó a Galileo y sus seguidores. El intercambio de cartas entre Baliani, Galileo, Mersenne, y los seguidores de unos y otros da una idea de las complicadas relaciones entre las diferentes facciones científicas.

Una reflexión. Detrás de muchos avances científicos, más que individuos dedicados al estudio y la experimentación, hay un equipo, un grupo de amigos que comparten pasión, un ambiente, un caldo de cultivo, no necesariamente académico, que aporta incentivos y energía para seguir intentándolo. Y, a veces, no es tan importante equivocarse como seguir en ello con honestidad. Pero la historia en muchas ocasiones es injusta y nos muestra solamente el pico del iceberg. Y, nosotros, necesitados de mitos, pautas, héroes, como las tribus más primitivas, idealizamos a la persona sobre la que recae la fortuna de «lograrlo», quitándole el lustre que merece al que lo intenta con pasión.


Ilustra perfectamente el olvido de los científicos, más o menos amateur, que colaboran en la formación de las ciencias el hecho de que no se encuentre en internet una foto de Baliani. Animo  desde aquí a encontrar una que pueda servir de humilde reconocimiento a los científicos coristas.

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