Emanuel Goldberg, el judío errante.

La vida de Goldberg estuvo marcado por la huída. La razón: era judío y ruso.

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Parece que hay un amplio consenso en que la ciencia de la información y la moderna tecnología de la información se desarrollaron después de la Segunda Guerra Mundial, principalmente en los EEUU, con 1945 como la fecha de inicio aceptada por propios y ajenos. El desarrollo de la cibernética, los computadores digitales, los modelos matemáticos de eficiencia de la señalización, el transistor, la difusión de la adopción de la electrónica después de 1945 son desarrollos muy importantes. Pero, lo cierto, es que a principios de siglo se gestaba toda esa revolución y uno de sus principales protagonistas fue Emanuel Goldberg (1881-1970).

Goldberg patentó métodos mejorados para la galvanización de zinc sobre hierro en 1902 y publicó numerosos documentos científicos sobre la mejora de las técnicas de impresión para reducir los efectos de moiré en la impresión de medios tonos, fotograbado y otros temas. En 1910 se hizo conocido por un método mejorado para la fabricación de cuñas de gelatina neutra que se utilizan en sensitometría y densografía, un instrumento que reduce en gran medida la mano de obra necesaria para medir las curvas características de las emulsiones fotográficas.

En 1925 Goldberg demostró y publicó una técnica para hacer microfilms, con una resolución equivalente a los de texto 50 Biblias completas por pulgada cuadrada. Inventó una máquina en la que almacenaba cientos de microfilms con ingente información y que localizaba cada documento solamente marcando un número en un dial parecido al de los teléfonos. Nuestras tablets de hoy le deben mucho.

También se le ocurrió adosar una cámara de televisión a una furgoneta para filmar en movimiento. Pero su invento más conocido es la cámara de cine portátil, la Kinamo. Del tamaño de una mano, lograba filmar con una precisión espectacular gracias a los muelles incorporados al motor, que estabilizaban el sistema. Grandes pioneros como Joris Ivens la utilizó con gran éxito en las décadas de los 20 y los 30.

Pero la vida de Goldberg estuvo marcado por la huída. La razón: era judío y ruso. Nació en una familia acomodada, su padre era coronel médico del ejército de Zar. Pero eso no impidió que le prohibieran la entrada en el Instituto Politécnico. Solamente tres judíos podían entrar cada año. Él había obtenido las mejores calificaciones de su promoción, pero había otro candidato y las autoridades dejaron que fuera una moneda lanzada al aire la que decidiera. Y Emanuel tuvo que conformarse con estudiar Química en la Universidad de Moscú. No lo pasó bien. Al terminar, se trasladó a Alemania para doctorarse en Leipzig. Y allí encontró el paraíso. Al terminar el doctorado ya era un reputado científico. Entonces llegó la atroz Gran Guerra. Y Goldberg, que ya se sentía alemán y deudor de un país en donde se le aceptaba y reconocía, puso su saber al servicio del ejército. Gracias a él se empezaron a hacer fotografías aéreas para reconocer el territorio y conocer dónde estaban desplegadas las fuerzas del enemigo. Fue después del conflicto bélico cuando su talento floreció y realizó sus mayores aportaciones. La empresa Zeiss, con quien había trabajado durante la guerra, le contrató y dio rienda suelta a su creatividad. Al poco tiempo era director general.

Pero duró poco. La llegada de los nazis al poder en Alemania volvieron a recordarle su origen: seguía siendo un judío ruso.

Un día, los nazis entraron en su despacho y, armados hasta los dientes, le sacaron de su oficina y le llevaron a un bosque. Le tuvieron secuestrado dos días. Le ataron a un árbol y, a punta de pistola, le obligaron a escribir una carta dimitiendo de su puesto de Director General. Luego le soltaron.  Nunca más pisó su despacho. Tras reunirse con su mujer y sus hijos y llamar a sus amigos para decir que estaba bien, Goldberg, consciente de lo que estaba sucediendo y de cuál era el futuro más probable para él y los suyos, se fue a Francia. Desde allí, esperó que se tramitaran los visados de su familia. En ese momento, Emanuel Goldberg se planteó si no habría un lugar donde ser un judío ruso no fuera un impedimento para vivir. Cuando llegó Sophie con los niños, la decisión estaba tomada y se trasladaron a Palestina, la patria judía.

Y allí, efectivamente, fue feliz. Formó a muchas generaciones de especialistas en química de la fotografía y en ingeniería de la imagen.  En 1968 recibió el Premio Israel en ciencias exactas. Excepcionalmente, sí fue profeta en su nueva tierra.

Lo más terrible de toda la historia es que, una vez exiliado, algunos de sus colegas alemanes se apropiaron de sus inventos y de sus métodos. Nunca le reconocieron sus aportaciones. Y nunca le devolvieron su casa y su patrimonio, por más que Renate, su hija, se decidió a reclamarlo al gobierno alemán en 1990.

La miseria humana, como el talento y la pasión, no alcanza solamente el ámbito político, la ciencia no está exenta. La lección de Goldberg, como la de tantos otros, es persistir en aquello que vives como tu pasión y seguir entregándote, más allá de las amenazas que algunas ideologías, por desgracia, nos presentan.

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