El vuelo de Valentina Tereshkova.

Valentina Tereshkova, la primera mujer astronauta que estuvo casi tres días orbitando en el espacio.

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Cuando yo tenía once años no sabía que Valentina Tereshkova no era una científica. Sabía que era la primera mujer astronauta que había estado casi tres días orbitando en el espacio. Por aquel entonces yo quería ser astrofísica y vivir en el Observatorio de Maspalomas en Gran Canaria. Luego la vida pasó con sus cambios de planes y mi camino ha sido uno muy distinto.

Pero lo que afortunadamente no podía ni imaginar en aquella época era el trasfondo político que rodeó el vuelo de Tereshkova. Habría sido una terrible desilusión.

Valentina era hija de un soldado desaparecido en combate en la Guerra de Invierno que tuvo lugar entre la URSS y Finlandia entre 1939 y 1940. Su madre, obrera en una fábrica textil de la pequeña ciudad de Maslennikovo tuvo que trabajar duro para sacar a sus tres hijos adelante. Nacida en 1937, no acudió a la escuela hasta los ocho años, y tuvo que dejar los estudios nueve años después para ponerse a trabajar en la fábrica textil y ayudar en casa. Sin embargo, Valentina estudiaba por correspondencia y aprendió a tirarse en paracaídas en el Club de Aviación de su ciudad, asociado al DOSAAF, la fuerza paramilitar compuesta por voluntarios que preparaba a los jóvenes soviéticos para colaborar con el ejército en una situación de emergencia. También decidió formar parte de la Joven Liga Comunista y participar en ella activamente.

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Tras poner al primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin en 1961), la Unión Soviética consideraba que, para ganar la batalla de las estrellas frente a Estados Unidos, era necesario poner también a la primera mujer en el espacio. Y así se dedicó durante dos años a seleccionar a la mejor. Los requisitos eran amplios. Siendo una misión política y dado que los Vostok (naves soviéticas) estaban automatizadas casi del todo, lo único necesario era un gran espíritu comunista y saber tirarse en paracaídas. Así que tras dos años y gracias a su fantástica forma física, su dominio del paracaidismo y su inquebrantable fe soviética, Valentina quedó entre las tres finalistas. La seleccionaron a ella por no tener formación intelectual. La otra candidata, Ponomaryova, fue reservada para un vuelo mucho más sofisticado que las autoridades soviéticas tenían la intención de poner en marcha en cuanto el Vostok-6 de Tereshkova se lanzara. El mismísimo Khruschchev realizó la selección final. Valentina tenía todas las características de la Nueva Mujer Soviética: una comunista de plena confianza, trabajadora en una fábrica textil, hija de un combatiente y de origen humilde. Y una “buena chica”.

Al regresar, cuando le preguntaron qué quería como premio por su hazaña solamente pidió que se localizara dónde había muerto su padre y que se pusiera una placa en su honor. Ese detalle explica en gran parte la obsesión con la causa soviética que, desde siempre, tuvo en mente Valentina. Así se hizo. Se le cubrió de honores. Se casó en 1963 con el cosmonauta Andrian Nikolayev con quien tuvo una hija. Se le facilitó el acceso a la Academia Militar del Aire de Zhukovskiy donde se graduó en 1969. Se convirtió en una heroína.

Sin embargo, las cosas no eran como parecían. En realidad, hubo problemas durante el vuelo. La versión de los científicos en tierra acusaba de inestabilidad emocional e incapacidad para hacerse cargo de la situación a Tereshkova. La versión de ella es que, además de sentir náuseas en el espacio, que le impidieron realizar todas las tareas que le habían encargado, la posición de la nave al alcanzar la órbita estaba desviada en 90º, de manera que si se ponían en marcha los cohetes de emergencia por cualquier causa la lanzarían a una muerte segura en el espacio exterior. Tal debió ser su enfado y la escena que montó que consiguió que corrigieran desde la Tierra la desviación. Pero no pudo evitar que la difamaran afirmando que era una borracha y que su obligación era haber aceptado la muerte por el bien de la Unión Soviética en lugar de hacer peligrar la misión con su actitud. El máximo responsable de la misión espacial apoyó a Valentina y expulsó a los difamadores.

Su matrimonio tampoco era tan idílico como hicieron creer los medios soviéticos. En realidad, no se querían. Él era de origen turco, rudo y demasiado tradicional. Se iba con sus amigos y la dejaba sola. Las autoridades les convencieron de que eran una familia modélica, referente de muchas familias soviéticas y que tenían que aguantar. Se separaron en 1979 cuando ella se enamoró de un científico con quien fue muy feliz hasta que enviudó en 1999. Pero no obtuvieron el permiso especial para divorciarse que era concedido por el Primer Minsitro del Soviet hasta que Brezhnev tuvo a bien hacerlo en 1982. Ella se quejaba de que la carga política era muy alta y solamente le pagaban el sueldo básico del centro cosmonáutico. Pero nunca abandonó su puesto.

Valentina Tereshkova nunca volvió a volar al espacio como era su intención. Permaneció trabajando para el Partido Comunista hasta los años 80 y llegó a ser vicepresidenta de la Federación Internacional de Mujeres, además de muchos otros cargos, honores y medallas, el título de Héroe de la Unión Soviética y dos medallas de la Orden de Lenin, y también reconocimientos internacionales  como la Medalla de Oro de la Paz de las Naciones Unidas. Creo que ninguno de ellos compensó la infelicidad y el abuso de poder que vivió.

Solamente tras la caída de la Unión Soviética las mujeres rusas han podido volar a la estación MIR y a la estación ISS como miembros regulares de la tripulación, no como objetos de propaganda. Es el problema de poner la causa por delante de la persona.

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Ciencia Humana

Detrás de cada avance científico hay una mirada, un olor, una historia. Hay alguien que se miraba al espejo, que se equivocaba, que se obsesionaba… alguien humano. Conocer el aspecto humano de la ciencia es el objetivo, si además se abre una sonrisa o se provoca una reflexión, mucho mejor. De la mano de María Blanco.

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