Zen.

Érase una vez la historia del tiempo revuelto que sólo admitía una actitud, la más zen y una tarea, leer.

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Que un día de julio amaneciera relampagueando, tronando y lloviendo no anticipaba nada bueno, era impropio por mucho que eso de las ‘tormentas de verano‘ fuera algo de toda la vida… ¿no eran en agosto? se preguntaba aunque en realidad daba igual, el cielo estaba cayendo sobre la tierra como había hecho la tarde anterior, cuando tuvo que salir de la piscina huyendo de otra tormenta, no fuese a escaparse un rayo y partirla por la mitad. ¿Qué hacer ante tamaño despropósito climático? (tan inconveniente, por otra parte) lo tenía claro, exactamente lo mismo que ante la interminable ristra de despropósitos que había tenido que enfrentar en los últimos meses ponerse en modo zen.

Lo primero que cabía hacer era abrir las ventanas y refrescar la casa echando de ella al calor que el aire acondicionado había combatido a ratos en los últimos días y convirtiendo así, aun sin querer, a la tormenta en aliada casual; cuando sintió el aire fluir entre ventanas opuestas comenzó a relajarse y a mirar a la tormenta de otro modo pensando que tal vez fuera cierto, tal vez incluso las cosas inconvenientes, malas e indeseables tuviesen, si no un rostro amable, sí una utilidad buena si se actuaba con inteligencia.

Y con su cuerpo envuelto en el modo zen de una casa luminosa y ventilada pensó que era el momento de abrir otras ventanas o incluso el de abrir ventanas nuevas (no en los tabiques, claro… sino en la mente); para abrir esas ventanas no había nada como apagar la tele y hasta internet para encender, literalmente, un libro (cosas de las tecnologías modernas y sus ebooks).

Le habían gustado poco los ebooks al principio, en realidad a quien le gusta el olor del papel viejo y su tacto y a quien le emociona perderse por los pasillos de las librerías y bibliotecas entre grandes estanterías de libros nuevos y viejos, el ebook puede llegar a parecerles poco menos que un sacrilegio… hasta que te das cuenta de que en un pequeño gadget que llevas contigo a cualquier parte cabe a una biblioteca entera o una librería, una que además diseñas tú porque tú eliges del primero al último de los volúmenes que entran en ella, es más… ya hoy es posible conocer a una persona por lo que guarda en su ebook.

Paseó los últimos volúmenes que habían entrado en su biblioteca aunque no pudo evitar sentir cierta envidia porque los últimos que habían entrado en la que alimentaba para su hijo lo habían hecho en papel, una isla del tesoro de Stevenson y un Lazarillo de Tormes ambos en magníficas ediciones y adquiridos en una de esas tiendas que son algo así como baúles desastre en las que te venden los libros al peso… da cierta pena verlos tratados como mercancía de tan poco valor pero sabes que los salvas cuando te los llevas a casa y los añades a las lecturas de un niño porque la verdadera muerte de los libros no está en el hecho de que el papel se nos esté quedando obsoleto sino simplemente en que dejen de leerse… mientras se lean no arderán en las ficticias hogueras de los inquisidores de hoy que no se encienden con fuego sino con la cortina tras la que se los esconde de los nuevos lectores (claro que ahí estamos los viejos lectores para sacarlos de la estantería, sacudirles el polvo y hacerlos presentes).

Últimamente le había dado por Orwell porque le recordaba que no había un único modo de ser de izquierdas (aunque sabía que el elegido por Orwell, por ejemplo, era altamente peligroso, de hecho a él, que vino a España a luchar contra el fascismo, casi le cuesta la vida, tuvo que poner pies en polvorosa y huir de los suyos dejando España atrás en plena contienda), También se había deleitado con Thoreau porque, aunque nunca había pensado que la desobediencia civil tuviese cabida en una democracia, comenzaba a replanteárselo, una desobediencia absoluta, al gobierno y a la oposición (¿iba camino de la anarquía?); ante semejante duda lo mejor era cambiar de aires y aprovechar el sol que comenzaba a brilla alejando la tormenta y ponerse en modo zen… Jane Austen era un fijo en la quiniela y más después de lo que había leído el día anterior.

Lo que había leído el día anterior respondía a la maldición del clásico: todo el mundo habla de ellos pero nadie los lee; claro que cuando el clásico en cuestión, como Orgullo y Prejuicio, tiene película, la maldición se vuelve un mal de ojo propio del peor meigallo gallego, se habla de él viendo la película y sin ocultar tal detalle a modo de reconocimiento del despropósito sino alardeando de él. Todo esto eran motivos suficientes para que la tormenta anidara en su cabeza… pero había decidido ponerse en modo zen.

Y así, en modo Zen, decidió rendir un sentido homejane a Jane Austen haciendo por ella, y por sí misma, lo mejor que se podía hacer: leerla de nuevo, por enénsima vez (con seis novelas mal contadas y, de entre todas ellas, dos que sobresalen en calidad y estilo sobre las demás –Orgullo y Prejuicio y también Sentido y Sensibilidad-, no era tarea compleja); le encantaban los personajes de Austen, los ‘malos’ eran realmente odiosos y los buenos terriblemente humanos, confusos a veces y siempre guerreros porque los héroes y heroínas de Austen eran personajes con carácter y pensamiento propios que no se rendían más que a su santa voluntad. (Digan lo que digan por ahí…).

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