Temor.

Érase una vez la historia de una tarde de Halloween en la que ella confesó su mayor temor...

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Entró en la casa con la pereza propia de un fin de semana de otoño, fingió asustarse ante el pequeño Frankenstein y la todavía más pequeña bruja que habían corrido a abrirle la puerta y no tuvo que fingir horror (sí cierto temor) al ver a su hermana convertida en una vampiresa ¿en qué momento se había convertido Halloween en una fiesta de guardar en casa de su tradicional familia? ¿sabría su madre que se celebraba el día de los muertos vivientes como si fuera una fiesta de golosinas en lugar de un día de peregrinar a los cementerios? El rictus serio que adivinó al verla en el rincón más apartado del salón le hizo pensar que no.

Como hacía siempre que su hermana se empeñaba en organizar una fiesta familiar, ella se apresuró a conjurarse con los niños, se vestiría de lo que hiciera falta y se dejaría hacer todos los trucos y tratos que fuesen necesarios pero no quería la mala uva que anticipaba el rostro de su madre cerca de ella ni tampoco los nervios de su hermana, prefería la imaginación desbocada de la pequeña bruja y el jovencito Frankenstein así que se dejó pintar una tela de araña en la cara, comió gominolas con forma de dientes de vampiro y se dispuso incluso a tratar de vaciar una calabaza para convertirla agujerearle los ojos y la boca y convertirla en una aterradora lámpara; todo ello entre llamadas a la puerta, trucos y tratos, puñados de golosinas, sustos y algún que otro temor inventado.

Llegó entonces el momento de que fueran sus sobrinos los protagonistas de llamadas a puertas ajenas para saludar al vecindario y recolectar tantas golosinas y chocolates como habían repartido ellos atendiendo a quienes timbraran antes a su puerta; fue cuando abrió la puerta su vecino de cuarto B cuando su pequeña bruja gritó y salió corriendo de vuelta a casa; ella se quedó pasmada ante el ataque de miedo de la pequeña a aquellas horas ya de la fiesta de Halloween pero el pequeño Frankenstein, dándoselas de hermano mayor, se lo aclaró: le dan mucho miedo los vampiros, por eso no me dejan ser Drácula todavía, hasta que crezca un poco, claro…

Se despidieron del vampiresco vecino y se marcharon también ellos a casa para encontrarse de nuevo con la pequeña bruja y hacer un recuento de los chocolates y caramelos que habían recolectado.

¿A ti no te da miedo nada, tía?– preguntó la pequeña brujauy sí– respondió ella –muchas cosas– el pequeño Frankenstein la miró tratando de adivinar a qué podía tener miedo y probó suerte –mamá dice que te dan pánico las cucarachas– ella sonrió con pocas ganas ante la indiscreción de su hermana y negó la mayor –¡ná! no me gustan, eso es todo– ya habría tiempo de hablar de fobias en otra ocasión, pensó; el pequeño seguía escrutándola con la mirada tratando de averiguar qué era lo que le daba miedo a su tía y ella se hacía la despistada separando chuches por colores y sabores.

Entonces ¿el miedo no se quita?– preguntó la pequeña bruja, quien por lo visto esperaba que el tiempo hiciera desaparecer su miedo a los vampiros –no– respondió ella de modo tajante –pero cambia– matizó. –A ver– se rindió el pequeño Frankenstein –¿a qué tienes tú miedo?– miró a los niños y descubrió sus miradas atentas clavadas en sus ojos así que decidió responderles con total franqueza –a lo mismo que espero sea lo único que lleguéis a temer vosotros, a perder la libertad– los niños la miraron sin acabar de comprender a que se refería –¿tienes miedo a que te metan en la cárcel?– preguntó la pequeña bruja atónita temiendo que su tía fuese en realidad una delincuente –nooo– dijo su madre desde la puerta –lo que teme es no poder hacer lo que le de la gana, cuando le de la gana y como le de la gana, ¿verdad, hermana?– ella obvió el tono de desprecio y respondió –sí, a eso y más aún que a eso, a despertarme un día y descubrir que todo lo que he pensado y todo lo que he hecho es sólo lo que otros querían que pensara e hiciera– los niños las miraban sin lograr entender de qué hablaban, ellas se desearon feliz Halloween y se despidieron antes de que la noche de los monstruos fuese algo más que un mito y una fiesta como otra cualquiera…

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Equilibrios.+

Equilibrios.

Érase una vez...la vida; qué poco podía hacerlos felices a veces, pensó, y cuánto costaba llegar en ocasiones a aquel poco, la vida era una cuestión de equilibrios, renunciar a los máximos para degustar los medios con placer sin caer en los mínimos pero no era ése un equilibrio fácil de mantener. + ver

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