Reliquia.

Érase una vez la historia de una mujer tristemente enamorada que esperaba, sin saberlo, su reliquia más querida... y más terrible.

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El día era oscuro y la casa estaba en penumbra, a juego con el ánimo de Mary y es que la señora Shelley ya lo sabía, no era necesario que nadie se lo dijera, su soberbia intuición le anticipaba siempre las malas noticias y tras días esperando que la realidad se tornara monstruosa y confirmara lo que ella ya sabía, lo escuchó: Percy había muerto.

Con él moría una parte de sí misma, su amor primero y su único amor romántico, el del poeta que le robara el corazón junto a la tumba de su madre y al que se entregó en cuerpo y letra aun a pesar de sus desmanes, sus amoríos y sus propuestas poco convencionales. Ya no importaba, Percy había muerto. Pero no iba a perder los nervios ni la compostura, había enterrado a tres de sus cuatro hijos, a su media hermana e incluso había cargado sobre sus hombros la culpa por el suicidio de la mujer de Percy, Harriet, a la que él había abandonado a su suerte para huir con la hija de la Wollstonecraft, ella, Mary, Mary Wollstonecraft Godwin, señora de Percy Shelley, Mary Shelley por decisión y convicción propia (lo fue incluso antes de casarse con el poeta que ahora yacía muerto y enterrado en una playa de Italia).

Las autoridades italianas lo tenían claro, no estaban para más epidemias de nada y los dos náufragos encontrados y enterrados en la playa debía ser inhumados y cremados; Mary lo aceptó sin rechistar e hizo devolver el cajón que había encargado para Percy; una de aquellas terribles epidemias se había llevado a su pequeño William y Percy ya no estaba, tenía una nueva lápida sobre la que llorar y leer como había hecho siempre junto a la de su madre; cabe que fuera entonces cuando pensó en enterrar en el cementerio de Roma las cenizas de Percy con los restos de William. Lo que no sabía entonces es que el cuerpo de William no yacía bajo aquella lápida del cementerio de Roma y nunca llegaría a saber dónde estaba ni qué había ocurrido con él. Pero eso sería tiempo después de aquellos días de duelo.

Trelawny llegó unos días más tarde, Mary se fijó enseguida en sus manos quemadas… y escuchó casi con devoción la historia que le refería: Percy había sido cremado tal y como se le había pedido pero, cuando las llamas menguaron, el corazón permanecía intacto entre los restos de huesos y él, aun a riesgo cierto de quemarse sus manos, lo había recuperado.

A saber a razón de qué, Trelawny entregó el corazón de Percy a Leigh Hunt, un buen amigo del fallecido Shelley ante la atónita mirada de Mary que no tardó más que unos segundos en reaccionar reclamando el corazón de su amado muerto para sí; se armó tal disputa que Leigh y Mary llegaron incluso a las manos pero Byron, el poeta, estaba presente y se sintió conmovido por el amor antes mal correspondido y entonces doliente de Mary y terció para que fuera ella quien conservara el corazón de Percy.

Mary cogió su reliquia, el corazón de Shelley, la envolvió en un poema del propio Percy y lo guardó para siempre, un para siempre que fue más allá de su vida. Fue enterrada con él.

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En tiempos de Mary Shelley era muy común llevar un diario y gracias a los que llevaban gentes como la propia Mary Shelley, Lord Byron o el mentado Trelawny conocemos la historia de la más tétrica reliquia que guardaba Mary Shelley.

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Primera y última estrofa (traducido por Vicente Gago) de ‘Adonais’, poema escrito por Percy Shelley a la muerte de John Keats en el que yace envuelto su corazón por decisión y acción de Mary Shelley:

I
Murió Adonais y por su muerte lloro.
Llorad por Adonais, aunque las lágrimas
no deshagan la escarcha que les cubre.
Y tú, su hora fatal, la que, entre todas,
fuiste elegida para nuestro daño,
despierta a tus oscuras compañeras,
muéstrales tu tristeza y di: conmigo
murió Adonais, y en tanto que el futuro
a olvidar al pasado no se atreva,
perdurarán su fama y su destino
como una luz y un eco eternamente.

LV
El poderoso aliento que he invocdo
en este canto, sobre mí desciende.
La barca de mi espíritu es llevada
a gran distancia de la orilla, lejos
del miedoso tropel cuyos navíos
jamás la vela a la tormenta dieron.
Se resquebajan la maciza tierra
y los redondos cielos. Soy raptado
a una temible lejanía oscura…
Mientras el alma de Adonais, que arde
como un astro, a través del postrer velo
del firmamento, brilla y me ilumina
desde la estancia de los Inmortales.

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