Persistir.

Érase una vez un verano de sol y de lluvia, de calor y de frío, de viento y de calma que enseñaba a las gentes como persistir en su buena vida a pesar de sus cambiantes designios.

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Adoraba el mar. Desde siempre. Ahora más, si cabe. Y es que la sensación de tener que echarse una chaqueta al cuerpo después de un día luminoso y cálido se le antojaba uno de esos lujos de la vida que valen mucho más de lo que cuestan y era algo que sólo sucedía en los veranos junto al mar (tal vez no junto a todos los mares, pero sí junto al suyo).

Sonreía al ver caminar a los niños por el paseo marítimo al caer la tarde (la noche, incluso), lo hacían con sus pantalones cortos o sus faldas de tul, sus sandalias y sus chaquetas, una combinación que en otros lugares se veía extraña pero que junto a su mar era de lo más habitual, la brisa del mar enfriaba lo suficiente el ambiente para necesitar echarse una chaqueta al cuerpo pero no tanto como para taparse de la cabeza a los pies. El calor allí no era una constante, la persistencia era cosa más de las nubes que del sol, más del viento que de la calma, más de la lluvia que del calor. Pero aquel tiempo cambiante, un poco loco incluso, tanto como para que una tarde se desploramara el cielo sobre el suelo y a la mañana siguiente luciera un sol magnífico de esos que hacen que no perdones un día de playa, era lo que necesitaba en aquellas vacaciones.

Persistir: (1) mantenerse firme o constante en algo.

Necesitaba sentir que nada era perenne y que, a pesar de ello, no ocurría nada, que se podía adaptar la vida cada hora al viento del norte o del sur, al sol implacable o a la tan poco deseada lluvia de agosto; necesitaba sentir que era posible vivir, y vivir bien, en todas las circunstancias y necesitaba, sobre todo, ponerse a prueba, comprobar que era capaz de adaptar sus obligadas rutinas a una vida diversa, variable y divertida; en realidad, pensó, lo que necesitaba era encontrar ese sutil equilibrio en el que el cuerpo se siente como si el orden y concierto que exigía su bienestar fuese respetado por completo aunque no fuera así. Y era posible. No fácil. Pero sí posible y ella, en el cambiante tiempo del norte, estaba descubriendo como conseguirlo.

En el fondo era sencillo, el cuerpo del pequeño no necesitaba una ecuación constante de insulina, hidratos y ejercicio físico, sólo necesitaba que la suma de todo ello fuese siempre un equilibrio saludable, no importaba (no importaba tanto, al menos) cuánto hubiese de cada cosa; ese era el modo de seguir viviendo activos y felices, de seguir creciendo entre risas y soñando con ser diseñador de coches; igual que frente al tiempo cambiante jugamos con la chaqueta, las sandalias y el paraguas, frente a un páncreas en abierta rebeldía no ajustamos nuestros días a sus malditos designios sino las tres variables mágicas -insulina, hidratos y ejercicio físico- a los nuestros. Y así el cuerpo se siente en rutina y nosotros nos sentimos libres y felices…

Persistir: (2) Durar por largo tiempo.

¿Fácil? no lo es, es sobre todo cuestión de persistir, de perseverar en la búsqueda de un equilibrio saludable tanto como perseverará el páncreas en su rebeldía; además, alguien dijo una vez que nada que sea fácil merece la pena y nosotros, firmemente, así lo creemos por eso hacemos del noble acto de persistir nuestra constante.

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No corta el mar sino vuela

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