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Rutina.

Érase una vez una historia en la que las rutinas eran las buenas, no menos aburridas de lo que suelen ser, pero mejores de lo que imaginamos.

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Durante las cálidas de intensas tardes de verano las calles permanecían vacías, apenas se veía gente caminando, apenas nadie se atrevía a asomarse más allá de su casa bajo el inclemente sol, sólo alguna lagartija de sangre fría se atrevía a asomarse a la vida y dejar que el sol la tocara; así era la vida en el pueblo, en todos los pueblos. Al caer la tarde, y luego la noche, la vida parecía llegar a las calles antes desiertas, la gente abandonaba sus refugios y salía a respirar, algunos se quedaban a dos pasos de la puerta de su casa, otros salían a caminar, los había que buscaban charla y compañía y algunos más sólo querían aire y respirar pero todos repetían cada día la misma rutina.

Siempre le había parecido que, vistos desde arriba, las personas éramos algo así como pequeñas hormigas que nos movíamos a un ritmo marcado de antemano; esa sensación la había incitado siempre a huir de las masas, las costumbres, las rutinas… a alejarse de los caminos marcados de antemano, de lo políticamente correcto, de la educación vacía y también de la mala educación; no quería ir contracorriente ni tampoco ir a la corriente que le marcaran, sólo quería ser libre.

Claro que aquellos pensamientos eran ya viejos, con el paso del tiempo y los caminos recorridos había aprendido que las mismas rutinas de las que huían eran las que la salvaban; lo había descubierto cuando, al volver de sus viajes y sus escapadas de fin de semana, lo hacía con tantas ganas de retomar sus rutinas como ganas había tenido antes de huir de ellas.

Se calzó sus zapatillas nuevas para hacer algo viejo, para mantener una rutina, salir a correr en una mañana de domingo (temprano, porque era verano y en un par de horas el sol le haría sentir el infierno bajo sus pies); ¿se estaría haciendo vieja? pensó riéndose de sí misma.

Debía habérsele echado el tiempo encima porque no logró regresar a casa antes de que el sol hiciera su carrera insostenible, apuró su botella de agua y se sentó a recuperarse en un banco del parque pensando en regresar a casa más tarde, solo caminando; mientras estaba sentada sintiendo como su corazón dejaba de latir desbocado para hacerlo a un ritmo normal, se fijó en la columna de hormigas que cruzaba el camino bajo el banco en el que estaba sentada. Todas caminaban en orden, todas rápidas, todas y cada una sabiendo lo que debían hacer, todas iguales, inconfundibles las unas con las otras, igualmente válidas las unas que las otras, sustituibles todas ellas por cualquier otra.

Se alejó sin pisar ni una sola hormiga, sin molestarlas siquiera, y caminó a casa soportando la intensa calidez del sol sobre su cabeza, lo hizo sabiendo que no era una hormiga más por más que desde arriba pudiera parecerlo, no lo era, cada persona era única más allá de sus hábitos y costumbres, ninguna era sustituible por otra, no son intercambiables ni son menos importantes, como personas, que lo que quiera que puedan llegar a ser o hacer y aquello no tenía nada que ver con las rutinas, con esos hábitos y costumbres repetidos en los días, las semanas y los años que nos hacían parecer hormigas vistos desde arriba, las rutinas eran las que nos salvaban, las que nos hacía soportar los días con sus trabajos, sus alegrías y sus disgustos y eran tan magníficas que incluso nos dejan romperlas de vez en cuando sabiendo que volveremos a ellas como si no hubiera pasado nada.

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