Azúcar.

Érase una vez la historia de una gran nube de algodón de azúcar que enterró su falsa dulzura en el fondo de una papelera.

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Estaba sentada en el parque, arrimada a buen árbol y dejándose cobijar por su buena sombra, cuando una niña que no levantaba más que unos cuantos palmos del suelo atrajo su atención; la pequeña caminaba con pasos titubeantes porque no veía más que lo que tenía delante de sus narices: un inmenso algodón de azúcar de color rosa; lo sujetaba con las dos manos, como si fuese más importante aquel palo envuelto en azúcar rosa que ver dónde ponía los pies para caminar sin perder el equilibrio; tal vez aquel fuera el truco, pensó, quizá el modo de vivir (de sobrevivirse al menos) era plantarse frente a los ojos un gran algodón de azúcar rosa y así ver el mundo de ese color por más que las tormentas, los huracanes y las noticas difíciles de tragar rondasen por el mundo haciéndolo cada día un poco más suyo, un poco menos de los buenos.

Era absurdo, lo sabía, tan absurdo como utilizar gafas con cristales de colores para pintar el mundo a su gusto, una tontería como cualquier otra pero también un modo de tamizar la realidad para ir deglutiéndola poco a poco, suavemente, sin que la llenara de más miedos de los que podía gestionar por día.

La pequeña llegó al banco en el que la esperaba su abuela riendo al ver como la niña trataba de dar un bocado a un algodón de azúcar más grande que ella misma, tomó un trozo entre los dedos y lo colocó en la mano de la pequeña que no tardó más que unos segundos en comérselo y así, poco a poco, la niña, con la ayuda de su abuela, fue haciendo menguar su gran nube de azúcar rosa; ¿cuántos hidratos habría engullido? no quería saberlo; cuando la abuela emprendió el camino de vuelta a casa (suponía), con la niña de su mano, se preguntó si la pequeña seguiría viendo el mundo color de rosa ahora que no tenía una gran nube de ese color frente a sus ojos, el eco de su risa le sirvió como respuesta. Sí.

Emprendió también ella su camino de vuelta a casa, no sin antes acercarse al puesto en el que vendían helados, granizados, almendras garrapiñadas, chuches, palomitas y algodón de azúcar; pidió una gran nube de algodón rosa y, sin probar ni tan siquiera un bocado, caminó hacia su casa; la gente la miraba, imagió que debía resultar extraño ver a una mujer más allá de los 40 sonreír como una niña con un simple algodón de azúcar, no le importaba; lo que nadie sabía era que no iba a comérselo, no porque no pudiera hacerlo, simplemente porque no quería, porque no necesitaba azúcar para hacer la vida más bella ni más dulce, lo que necesitaba era sonreír y hacer exactamente lo mismo que había hecho durante toda su vida: cambiar aquello que podía cambiar cuando los vientos eran propicios y adaptarse a vivir con aquello que la vida convertía en obsequios de esos que llegan sin ticket regalo. Y lo haría, aunque esta vez le llevaría un poco más de tiempo.

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