Equilibrios.

Érase una vez...la vida; qué poco podía hacerlos felices a veces, pensó, y cuánto costaba llegar en ocasiones a aquel poco, la vida era una cuestión de equilibrios, renunciar a los máximos para degustar los medios con placer sin caer en los mínimos pero no era ése un equilibrio fácil de mantener.

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El ascensor lucía un descorazonador cartel que rezaba ‘NO FUNCIONA’ así que respiró hondo, pidió a los niños que caminaran delante de ella, lamentó vivir en un quinto piso y aparcar el en sótano 2, se cruzó el bolso, levantó las bolsas de la compra e inició el ascenso; iban por el primer piso cuando su móvil comenzó a vibrar y cantar dentro del bolso, era temprano todavía así que podía tratarse de una llamada de trabajo, en un par de movimientos soltó una bolsa, localizó el teléfono, lo sujetó entre su cabeza y su hombro, cogió la bolsa y, sin apartar la mirada de los niños que se habían adelantado casi un tramo de escaleras, continuó el ascenso e inició la conversación telefónica.

De esa guisa pasaban por el rellano del tercer piso cuando se abrió una puerta, era ‘la chismes’ (como la llamaban sus hijos), una señora no muy mayor pero sí muy cotilla, no era la señora del visillo porque no se molestaba en ocultarse tras él; ella la miró y sonrió con gesto de lamento y disculpa aunque en aquel instante le pareció magnífico que la hubieran llamado del trabajo un par de pisos antes y siguiera enganchada a la conversación; la chismes levantó la mano y abrió la boca pero la cerró de golpe al adivinar por el gesto de su vecina del quinto que no se pararía ni un segundo a hablar con ella; ella por su parte continuó el ascenso, sabiendo que la chismes estaría jurando en arameo por su falta de atención y relatando ya para sus adentros cómo contaría tamaño desplante al día siguiente en la cola de la panadería. Le importaba un bledo, claro.

Llegaron por fin al descansillo del quinto, se despidió de su jefa, soltó las bolsas, tiró el teléfono dentro del bolso, metió el brazo hasta el codo dentro de él buscando las llaves y, para cuando logró abrir la puerta, vio como los niños se lanzaban a la carrera por el pasillo directos a su habitación –¡vestíos cómodos!– dijo levantando un poco la voz para asegurarse de que todavía la oían mientras cogía las bolsas, cruzaba el umbral de la puerta, la cerraba de una patada y entraba en la cocina –¡laváos las manos para merendar!– continuó hablando a voz en grito –¡y preparad sobre la mesa los deberes que tenéis para mañana!-.

Calzaba todavía sus estupendos tacones mientras colocaba la compra en la cocina pensando en la merienda de los niños, en cambiarse y volver a caminar a ras de suelo y en un par de cosas pendientes del trabajo que tenía que hacer aquella misma tarde cuando llegaron a sus oídos las voces de sus hijos… el uno tenía examen de sociales y el otro de lengua ¡y deberes de matemáticas!. Suerte lo de la reducción de jornada, decían algunos… cogió al vuelo una onza de chocolate negro para endulzarse la boca y la vida sin sumar más calorías de las necesarias y, con un tacón en cada mano, se fue directa al vestidor para plantarse el chandal y las zapatillas antes de servir meriendas y afrontar deberes.

Preparó un sándwich de jamón y queso para su hijo mayor al que le dio además un par de mandarinas, el pequeño estaba en el umbral de la puerta, se encogió de hombros y dijo –estoy un poco alto mamá, 155– ella sonrió quitando importancia al asunto –¿qué prefieres?– le preguntó –¿ponerte insulina para merendar o una merienda con poquitos hidratos?– el pequeño no dudó a la hora de responder –¡sin insulina!– dijo y ella preparó entonces un pequeño cuenco de frutos secos, un par de oncitas de chocolate negro, un trozo de queso fresco y una loncha de jamón. Los pequeños se sentaron a merendar y ella aprovechó los minutos de tregua para encender el ordenador y preparar la documentación que necesitaba revisar antes de terminar el informe que, por obra y gracia de las necesidades de su jefa, había visto adelantada su fecha de entrega en dos días.

La tregua duró poco, enseguida comenzaron las peticiones de ayuda de los niños con sus deberes, su empeño en limitarse a responder dudas y corregir una vez ellos, solos, habían hecho lo suyo que eran sus deberes; en esas estaban cuando llegó el que faltaba para sumarse a la fiesta –¡papá!– gritaron los dos niños al unísono aprovechando su llegada como magnífica excusa para salir de sus habitaciones abandonando sus deberes sobre sus mesas de estudio… Luego vuelta a la tarea y un rato de tiempo libre que ella aprovechó para volver a su informe mientras el papá se metía en la cocina para empezar a preparar la cena.

Cenaron los cuatro juntos, como hacían casi siempre, hablando de cómo les había ido el día y, cuando los niños estaban ya en la cama cada uno con su libro, alargando el día con un agradable ratito de lectura, sus padres pasaron por las habitaciones repartiendo besos; el papá volvió a la cocina terminar de recoger y ella se centró en su informe para intentar terminarlo pronto y poder regalarse un rato sofá y relax antes de que su cuero dijera basta y la mandara directa a la cama.

Recordó entonces que aquella mañana se había terminado el bizcocho de yogur del desayuno y, al pensar en la carilla que se le quedaría a su hijo pequeño cuando se viera frente a un vaso de leche acompañado por gallegas sin azúcar añadido o magdalenas integrales ‘de bote’, como llamaba él a las que no hacía su madre o venían directas del horno de la esquina, se metió en la cocina, encendió el horno y comenzó a batir tres huevos con azúcar de abedul, harina integral, levadura, almendra molida, un yogur de limón, un vasito de aceite de oliva y la rayadura de un limón; media hora de horno y al día siguiente tendrían un rico bizcocho para desayunar.

Eran las 12, la hora bruja y la que ponía fin al día en muchos sentidos; lo último que hacían cada día era revisar la glucemia de su hijo menor, aquel día tocaba recena –¿y eso?– preguntó el papá viendo que el pequeño no aguantaría la noche entera si no lo despertaban para beber un vasito de leche –hoy ha tenido educación física y también baloncesto– el padre hizo un gesto afirmativo y se marchó a la cocina para preparar el vaso de leche del pequeño mientras la madre terminaba ¡por fin! el maldito informe, enviaba el mail y apagaba el ordenador.

Para cuando la madre se asomó a la habitación el pequeño casi había terminado de beber su vaso de leche –has hecho mi bizcocho– dijo sonriéndole a la cara –huele– ella sonrió también y lo arropó para que no se desvelara del todo y enlazara el sueño enseguida pero el pequeño no estaba por la labor, de un bote se sentó de nuevo en la cama y le preguntó –¿terminaste lo del trabajo?– ella respondió que sí tratando de nuevo de arroparlo –ahora te puedes ir a dormir mamá, si me sube el azúcar ya no hay remedio y si baja todos los teléfonos van a cantar...-.

Papá y mamá se dejaron caer diez minutos en el sofá antes de poner rumbo al sueño, –si quieres mañana los recojo yo– dijo papá –vayamos los dos– propuso mamá –y los llevamos por sorpresa al cine, que estrenan Animales Fantásticos…– papá la miró sonriendo –estás en todo… yo me ocupo de las entradas-, ella sonrió también y pensó en qué poco podía hacerlos felices a veces y cuánto costaba llegar en ocasiones a aquel poco, la vida era una cuestión de equilibrios, siempre lo había sabido, renunciar a los máximos para degustar los medios con placer sin caer en los mínimos pero ese equilibrio perfecto a veces hacía que todo se tambaleara, la vida era algo así como la glucemia de su hijo pequeño desde que su sistema autoinmune había decidido que las células beta del páncreas eran el enemigo y había dejado a su organismo sin insulina, todo debía medirse y cuidarse y nada debía salirse de su medida para que el equilibrio fuera cuasiperfecto… cuasi, porque siempre había un imprevisto que echarse al cuerpo, a veces incluso un mal cálculo y entonces debía respirar hondo y recordar que nada era tan importante como la armonía que habita en la esencia de los equilibrios aunque éstos fueran sólo cuasi perfectos: además de padres eran páncreas y el trabajo aliviaba el peso emocional de esa responsabilidad al tiempo que entretenía la cabeza en cuestiones diversas oxigenando así el alma, los niños eran una fuente de sueños, risas y quehaceres, también de miedos, su casa era su refugio y sus escapadas a cines, museos y fiestas varias, sus aventuras; y pasados los años, todavía se sonreían a los ojos cuando sus miradas se cruzaban tratando de mantener su vida en equilibrio, dando a cada cosa la atención debida y sin dejarse arrasar por nada ni por nadie.

Era casi la 1 cuando se metió en la cama, se aseguró de que su móvil tenía batería, de que la aplicación que monitorizaba la glucemia del pequeño de sus hijos estaba en orden y la alarma puesta en hora para madrugar al día siguiente, apagó la luz, se tumbó y preguntó agotada –¿recuerdas cuando nos moríamos por ser mayores y quitarnos de encima a nuestros padres para ser libres?– las carcajadas de papá y mamá inundaron la habitación hasta que escondieron sus cabezas bajo la manta para no despertar a los pequeños…

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