Libros.

Érase una vez una historia de libros y de un cambio de proveedor de ADSL, de gente sorprendente y de sorpresas inesperadas.

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Envió su columna al periódico antes de lo habitual porque ese día haría el cambio de proveedor de ADSL y se temía lo peor… había explicado la importancia de no quedarse ni un solo día sin conexión tanto al dependiente de la tienda donde había contratado el nuevo servicio como a dos operadores del centro de atención al cliente que habían contactado con ella para fijar la cita y también al técnico que iba a ocuparse de la instalación del nuevo router pero, si de algo no le cabía duda, era de que vivía en un país en el que lo de trabajar desde casa no se consideraba trabajar, por lo que no esperaba que la urgencia de una caída de línea en su lugar de trabajo, su casa, fuera considerada como tal; de ahí que intentara asegurarse tanto como era posible de que el cambio de proveedor era indoloro. Le habían jurado que así sería.

El técnico había dicho que llegaría a las 9 y llegó a las 9, primera sorpresa agradable del día; revisó la instalación, bajó, subió, tiró cable, enchufó el router… y preguntó afirmando –le gustan mucho los libros ¿verdad?-. El router estaba ya instalado en el mueble del salón, que era una librería llena de libros apilados de modo aparantemente desordenado, como sólo se apilan los libros que se leen. Ella sonrió sin muchas ganas pero el técnico siguió hablando; al ver que ella apenas sacaba la cabeza de detrás de la pantalla de su ordenador le preguntó si trabajaba desde casa y la mera pregunta hizo que el bueno del técnico comenzara a despertar cierta curiosidad en ella.

No era muy alto aunque sí delgado y atlético, pelo corto, barba de cuatro o cinco días y muy pulcro trabajando, se preocupaba de todo lo que había en la zona en la que tenía que hacer la instalación y recogía los restos de cable y plástico que producía; era un tipo amable que trabajaba de forma rápida y metódica, daba la sensación de ser capaz de hacer la instalación con los ojos cerrados, como si hubiera hecho ya miles. Tal vez fuera así. Y le gustaban los libros.

Me gustan las casas en las que hay libros…– continuó el hombre y añadió –yo acabo de publicar mi primera novela-. Fue entonces cuando ella se rindió a aquel tipo curioso que cada vez tenía menos pinta de técnico de una operadora de teléfono.

Me quedé en paro y no conseguía encontrar trabajo, estaba angustiado ya y venía la televisión, las cosas que salían, y me desesperaba más y me preguntaba cómo era posible que permitiéramos que ocurriera aquello… se me ocurrió una historia y, aunque siempre suspendía lenguaje en el colegio, me puse a escribirla-.

Ella lo escuchaba el relato del técnico con atención, él seguía hablando sin dejar por ello de continuar con su trabajo, conectó el ordenador portátil que había traído al router recién instalado y, mientras hacía las comprobaciones necesarias, seguía contándole su historia.

Luego llevé el manuscrito a una librería y se lo di también a un par de profesores, les pedí que lo leyeran y me dieran su opinión; ahora tengo trabajo y me va bien pero me dicen que sigua escribiendo y… igual lo hago, publiqué mi libro en Amazon y va bien así que igual lo hago-.

10 minutos fue el tiempo que estuvo sin conexión a internet, ni uno más. Fue entonces cuando ella le preguntó el título de su libro y él respondió orgulloso –‘En días grises’; trata de las cosas normales que pasan con la crisis… pero vistas desde los ojos de Natalia, una niña de 10 años-.

El técnico se despidió amablemente de ella recordándole que el móvil desde el que había llamado aquella mañana para confirmar que estaban esperándolo era el suyo y que si tenía el más mínimo problema con la instación en los días siguientes podía llamarlo y él mismo vendría a revisarlo.

Cuando ya se había quedado sola revisó todas las conexiones comprobando que todo iba rodado mientras seguían pensando en lo curiosa que había resultado aquella instalación…

Y pensaba también cuánto le gustaba la gente que no sólo sueña sino que trata de cumplir sus sueños, la que es capaz de mantener los pies en el suelo y sacar su vida adelante sin dejar de soñar ni de perseguir sus sueños, la que no culpa a los demás de sus problemas ni espera que nadie venga a ponerles solución, la que asume su cuota de responsabilidad de lo que ocurre en la sociedad en la que viven y que sabe que la solución empieza siempre por uno mismo, la que no exige nada a los demás sino que toma las riendas de su vida y de sus sueños y pone rumbo a un futuro que merecen, sin duda, que sea magnífico. Es la gente de la que nadie se acuerda cuando les va mal y la gente que ‘tiene suerte’ cuando les va bien… Es, por ejemplo, un técnico de una operadora de teléfono que, cuando deja el maletín y los cables, se convierte en un escritor o en un escultor de magníficas figuras de arena en la playa.

Recordó algo que en realidad ya sabía pero que con el trajín de los días y las preocupaciones sobrevenidas había olvidado… La vida no es lo que te sucede, es lo que tú haces con lo que te sucede, es lo que tú haces que te suceda.

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