El palazzo inacabado: arte, amor y vida en Venecia.

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Era el año 1748. Nicolo Venier y su hermano encargaron a Lorenzo Boschetti el proyecto de un palacio neoclásico de cinco plantas con piso inferior, entreplanta, dos piani nobili y un ático. Cuatro años después se colocaba la primera piedra del que iba a ser el palazzo inacabado. Entre la tala de un bosque colindante y las disputas y envidias entre vecinos —los Corner, desde el otro lado de canal, no veían con buenos ojos la nueva obra que eclipsaría sin remedio la arrogancia de Ca’ Grande, su bellísima residencia—, apareció el Ayuntamiento.

A mediados del siglo XVII, la familia Venier ostentaba en Venecia opulencia y poder. Aunque sus orígenes se remontan a los emperadores Valeriano y Galieno (siglo III) y su nombre ya aparecía en documentos del 1009, fue en 1553 cuando Francesco Vernier, Dux del estado, inauguró una saga de gobernantes, juristas y almirantes que perduró durante el esplendor de la Serenissima República veneciana.

En el Renacimiento, Venecia era una ciudad cosmopolita, bien nutrida de cultura, arte y comercio, además de punto geográfico estratégico. Desde el punto de vista arquitectónico, la urbe experimenta un crecimiento muy significativo y cada clase social encuentra su espacio residencial y productivo. Eran los tiempos de Giovanni Bellini, de Tiziaino, Veronese y Lorenzo Lotto, de las fiestas públicas, los banquetes, los torneos y el auge de los negocio.

Sin embargo, cuando los Venier encargan a Boschetti la construcción del nuevo palazzo, el boato y la grandeza del Venecia se diluían poco a poco entre las turbias aguas de los canales. La decadencia iba abriéndose paso entre la inestabilidad política, las disputas con Lombardía y las guerras tunecinas. Por si fuera insuficiente, ya rondaba los puentes venecianos la oscura sombra de Napoleón. No obstante, la Serenissima aún experimentó un último arrebato artístico protagonizado por Tiépolo, Canaletto, Giovanni Battista Piranesi o el mismo Boschetti.

Ya fuera por la intervención de la autoridad, por dificultades económicas sobrevenidas o porque que las ambiciones dinásticas de la familia Venier cayeran por ausencia de herederos, en 1780 aquella ambiciosa obra se paralizó para siempre. En pie quedaron una planta, dos habitaciones, el sótano y las tres columnas del pórtico de triple arco ante la fachada. Ocho cabezas de león se asoman al Gran Canal frente la orilla del barrio de Dorsodouro. Un par de caballos de roca de Istria custodian la entrada.

Ante ese panorama de tristeza ruina y abandono, la marquesa Luisa Casati no pudo resistir la tentación de reconvertirlo en espacio para sus excentricidades artísticas y sus fiestas de lujo. Una calurosa tarde de septiembre de 1913, el Palazzo Venier dei Leoni recuperó parte de su fasto. “Aquella noche de septiembre los hombres y mujeres que desembarcaban de las góndolas, y a los que la marquesa aguardaba en silencio, adusta, entre los nardos, eran destacadas figuras de la alta sociedad vestidas con pantalones bombachos, pintores de mediana edad tocados con turbantes y barbas postizas —una colorida y afectada mezcolanza de esclavas, bajás y embotinados corsarios—“. Así describe Judith Mackrell la primera puesta en escena de una serie que iba tener lugar durante la primera mitad del siglo XX.

Judith Mackrell —escritora y crítica de danza en The Guardian— narra en El palazzo inacabado (Siruela, traducción de Lorenzo Luengo) la historia de las tres mujeres que rehabilitaron, dieron vida y lograron cada una a su manera la fama del edificio. Luisa Casati, Doris Castlerosse y Peggy Guggenheim habitaron el palazzo en diferentes épocas. Gracias a ellas, sus extravagancias, su pasión por la cultura y el arte u su forma de entender (y vivir) la vida, el Palazzo Venier dei Leoni —hoy, el The Peggy Guggenheim Collection — se convirtió en centro de la sociedad artística y cultural del siglo XX. Por allí desfilaron personalidades ilustres (o no tanto) como Gabriele D’Annunzio, Vaslav Nijinsky, Yoko Ono, Noël Coward, Winston Churchill o Cecil Beaton.

Luisa lo hizo famoso; Doris lo hizo elegante; Peggy, lo transformó en el segundo museo más visitado de Venecia.

Más información Siruela

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