Dario Fo, el último juglar del siglo XXI.

Como si lo hubiera intuido, Dario Fo se fue con el repiqueteo de un Nobel tan controvertido como el suyo.

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El pasado 24 marzo cumplía los noventa. Unos pocos meses más de vida le hubieran permitido celebrar el vigésimo aniversario de su propio premio Nobel. Pero Dario Fo moría justo el día en que la Academia sueca anunciaba a Bob Dylan como ganador del Nobel de Literatura 2016. No sé si ha sido la causa el incendio provocado por la concesión del premio a un músico, la sorpresa general o el desconocimiento de una obra que no pisó los escenarios españoles hasta bien entrados los 80. El caso es pocos homenajes se han rendido en nuestro país a uno de los dramaturgos más preclaros del último siglo.

Como si lo hubiera intuido (o planeado; quién sabe, con esa capacidad tan extraordinaria que tenía para reírse del mundo), Dario Fo se fue con el repiqueteo de un Nobel tan controvertido como el suyo. Y como el último juglar del siglo XX lo recibió por emular a los bufones de la Edad Media con sus ataques a la autoridad y mantener la dignidad de los oprimidos. Porque a eso dedicó toda su obra. Y su vida. A denunciar lo que consideraba injusto. A provocar al poder —al poder que siempre quiere más poder—mediante la sátira y el humor. Porque no entendía la literatura (ni el arte) sin compromiso ni conciencia. Sin embargo huyó del melodrama porque tenía un don excepcional: el de transformar la indignación en comedia.

La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, porque la risa libera al hombre de sus miedos.

Por su lírica corrosiva pasaron instituciones, políticos, dirigentes, discursos hipócritas… Tampoco la Iglesia se libró de su sarcasmo. Buen ejemplo de ello es su célebre Mistero Buffo, con tintes juglarescos. La juglaría que tanto le fascinaba le sirvió en esta obra para poner patas arriba al Vaticano, a las instituciones eclesiásticas “aristocráticas” que se comen con su poder a la iglesia popular. Pero no sólo bebió Fo de la tradición juglar. Su teatro recuperó a los clásicos griegos y romanos, la comedia francesa y, por supuesto, a Shakespeare. Su gran referente.

Muerte accidental de un anarquista, es otro de los grandes homenajes de Dario Fo a la rebelión y la ironía lingüística. Tal vez la más conocida de sus obras, fue escrita en 1970, al comienzo de una de las décadas más convulsas de la historia política italiana. Claro que tanta subversión le trajo muchos problemas: censura, agresiones, incluso la cárcel. Nadie consiguió doblegar su espíritu combativo ni arrebatarle el ilustre título de la voz crítica de la Italia de la segunda mitad del siglo XX.

Dos novelas, Lucrecia Borgia, la hija del Papa y Hay un rey loco en Dinamarca, culminan la etapa final de su trayectoria. Un periodo literario peculiar en el que escarbó entre las simas del feminismo con Franca Rame —su compañera, su maestra, su cómplice— mostrándole el camino. Siempre juntos. En las letras, el teatro, la vida. Pareja abierta, una sátira sobre la doble moral, el sexo y el matrimonio, la escribieron a medias. Como muchas otras obras (Aquí no paga nadie, La mujer sola) que han girado por los escenarios de todo el mundo. Y lo seguirán haciendo. Porque el irreverente bufón italiano, el último juglar del siglo XXI que transgredió todo lo que se le puso al alcance, nos deja su carisma en forma de literatura. Y la risa.

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