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Cómo aprendí a leer.

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Hasta que Àgnes Desarthe se enamoró de la palabra escrita tuvieron que pasar unos cuantos años. No es que no amase los libros, simplemente lo desconocía. Durante un largo periodo de su vida su obsesión por escribirlos le anuló la necesidad de acariciarlos. Ella misma lo cuenta en una preciosa obrita, Cómo aprendí a leer, que repasa el periplo literario de la autora. Literario, sí. Porque ese recorrido caótico por las letras no comienza cuando aprendió a descifrar grafismos para convertirlos en sonidos. Para ella eso fue pan comido. Un gesto mecánico, casi involuntario, que apenas le costó unas semanas.

“Aprender a leer fue, para mí, una de las cosas más fáciles y más difíciles. Sucedió muy rápido, en unas pocas semanas; pero también muy lentamente, durante varias décadas. Descifrar una serie de letras, traducirlas en sonidos era un juego, entender para qué era a menudo un viaje duro y, hasta la redacción de este libro, profundamente enigmático.”

¿Cómo se aprende a leer? La pregunta puede parecer anecdótica, absurda incluso. La respuesta es casi existencial si tenemos en cuenta que durante dos décadas Desarthe —hoy intoxicada hasta la médula por el vicio de la lectura— consideró los libros como su peor enemigo. Ni sus padres ni su hermano, ni maestros ni educadores. Nadie lograba sacar a Àgnes de su negativa a comerse el texto impreso. Cada palabra que le hacían engullir, la escupía como un resorte. Leer, ¿para qué? Tras semejante rechazo se esconde un secreto infantil del que ni siquiera la autora era consciente.

La escritura de esta deliciosa crónica personal fue para ella una catarsis, una especie de liberación y un descubrimiento íntimo cuya clave se encuentra en dos palabras: “lengua” y “francesa”. Para descifrar el enigma es necesario remontarse a los orígenes familiares de la autora, a la raíces inmigrantes de sus progenitores, al impacto sufrido durante el proceso de asunción de esas circunstancias.

Àgnes Desarthe es una escritora sofisticada, culta e inteligente. Nacida en París en mayo de 1966, recibió una educación exquisita en absoluto empañada por el exilo de sus padres: él, médico de origen libanés; ella, una rusa judía huida del nazismo y las salvajadas de la II Guerra Mundial. Comenzó a escribir libros para niños y adolescentes en 1992, mientras ejercía como traductora de autores como Virginia Wolf, Cynthia Ozick, Jay Mc Inerney. Cuatro años después ganó el Premio Inter Book por Un secreto sin importancia y el Renaudot 2010 por Dans la nuit bruneCómo aprendí a leer está repleto de referencias literarias. Autores como Marguerite Duras, George Sand, Camus, J. D. Salinger, Virginia Woolf o William Faulkner no sólo pasean por sus páginas, se erigen como auténticos vencedores frente a la resistencia de la autora a tragar palabras escritas por otros.

Ha sido un placer leer esta mini autobiografía. A parte de la prosa, la fluidez temporal, la estructura minimalista y las grandes dosis de humor que salpican el texto de principio a fin, hay pasajes de rebeldía infantil que me han llevado a identificarme con la niña que rellenaba círculos con lapiceros rojos transgrediendo todas las indicaciones de la profesora; con la pequeña dispersa que durante un tiempo vivió para dibujar faldas; con la adolescente que renegó de Madame Bobary y se enganchó a la novela negra; con la adulta que al fin comprendió que los libros son el mayor tesoro, el mejor regalo; que la fuerza de la literatura nos libra del dogmatismo y el pensamiento plano. Un arma de doble filo, ya se sabe. Una extravagancia que obliga a reflexionar y a pensar por uno mismo.

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Cómo aprendí a leer. Agnès Desarthe. Periférica. Traducción de Laura Salas Rodríguez. ISBN 978-84-92865-66-6

Más información Periférica

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