Obstáculos para aprender.

Cuando era joven, mucho más que ahora, fuí Scout. Y monitor de la YMCA.

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Cuando era joven, mucho más que ahora, fuí Scout y monitor de la YMCA. Las siglas ya no importan, ni recuerdo los nombres de muchos de mis compañeros, ni de los chicos, apenas las caras de algunos levemente. Pero recuerdo las experiencias, lo que llegué a aprender.

El objetivo de aquella tarde era alcanzar una cima tan sólo imponente por la verticalidad de uno de sus lados, el que hacía sombra al campamento. Dividimos a los chicos en varios grupos y me quedé en la retaguardia del mío para hacerme cargo de los más lentos y perezosos, animándolos, escuchándolos, entreteniéndoles y atendiendo a sus cansancios, dolores, desánimos.

En algún momento los monitores del frente cambiaron la ruta de ascensión. Un chico vino corriendo a avisarme y volvió corriendo a la cabecera. Subimos una ladera de rocas sueltas y grava hasta el pie de la pared, la bordeamos cada vez más distanciados hasta que dejé de ver a los de cabecera en un giro y sólo podía observar parte de la hilera. A la vuelta de un recodo los chicos trepaban siguiéndose unos a otros por entre las rocas cada vez más escarpadas. Entre las rocas podía observar cada vez a menos de los chicos y empezaba a preocuparme lo difícil de la ascensión. Hasta que nos bloqueamos. Nadie podía avanzar, nadie delante de mi avanzaba. Ascendí entre un pequeño grupo, casi pasando por encima, acomodándolos contra las rocas hasta que llegué a una empinada plancha en la que otro grupo se había quedado bloqueado. Nadie ya por delante.

La única forma de llegar hasta la siguiente plataforma era ascender por una plancha de roca pulida por la erosión, resbaladiza, asegurándose contra una pared lateral. Volví sobre ellos hasta el último y regresar por donde habíamos ascendido no era opción, por lo complejo, por el atardecer y el tiempo que llevaría la bajada.

Aquellos chicos y chicas, no más de quince no eran los más fuertes, ni los más intrépidos, ni los más valientes, ni los más descerebrados o irresponsables del grupo, todo lo contrario, eran listos, veían el peligro, tenían miedo. Descansamos, hablamos un rato de tonterías, nos reímos de algunos chistes malos y nerviosos, observamos el paisaje, nos maravillamos de la belleza de Picos de Europa desde aquella altura y nos agrupamos al pie de aquel cortado tras el que asomaba el vacío. Les hablé de lo que ya habían hecho, del orgullo de haber llegado hasta allí, de la fuerza que había en cada uno de ellos. De cómo era yo de pequeño, de mis miedos, de que sabía que si los otros habían pasado por allí nada nos impedía a nosotros pasarlo también más que nuestro propio miedo. Creí en ellos. Y probablemente tenía yo mucho más miedo, por la responsabilidad de sacarlos de allí, y de hacerlo antes de que anocheciera. Y de que llegaran sanos y salvos todos.

Subí una primera vez hasta media altura para indicarles camino y modo, volví a bajar y comenzaron a subir en fila, apoyándose unos a otros, cogiéndose, asegurándose, despacio, los dos más mayores se encargaron de ir detrás de dos de los más pequeños, asegurándolos. Subí detrás de todos ellos. A medio camino una chica resbaló y se deslizó plancha abajo hasta donde estaba, me aferré a ella y la acerqué de nuevo a la pared por encima mío. Los que llegaban comenzaron a gritar cosas que no entendíamos por el viento y la distancia. No había pasado ni media hora cuando ya todos habían alcanzado la plataforma, cuando llegamos los dos últimos. Ante nosotros se abría un cómodo camino al borde de un precipicio hasta un valle. Y en el valle todos los grupos descansaban tranquilos. También descansaba allí el resto del grupo.

No avanzamos más, nos sentamos. Me quedé en silencio escuchándoles, observándoles. A aquella altura, después de lo pasado y por eso mismo, entre risas nerviosas y de alivio se había creado algo que yo en aquel instante no supe apreciar. Ni ellos, probablemente. El resto del campamento aquellos chicos demostraron ser fuertes, todos y cada uno, como grupo. Se cuidaban mútuamente, se respetaban, compartían sin dudar la comida, las tareas y desarrollaron sus propios códigos. Aquellos chicos y chicas que no comenzaron siendo ni los más guapos, ni los más divertidos, ni los más fuertes, ni los más valientes ni los más aventureros, se convirtieron en el mejor grupo del campamento, no se resistían a nada, nada se les resistía.

Supe de parte de ellos unos años, algunos me escribieron varios veranos, siempre recordando aquella aventura, siempre contándome que seguían unidos en su colegio. Sabían porque lo habían vivido que eran más fuertes y valientes y divertidos e inteligentes y dispuestos que ningún otro, más cuando estaban juntos, capaces de cualquier cosa, de superar el miedo, de sortear cualquier obstáculo. Han pasado más de veinte años de aquello. Yo no lo he olvidado y sigo admirando a aquellos chicos.

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