Desierto.

Y son ya las cuarenta noches y sus cuarenta días. Y la tentación.

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A veces uno necesita de un desierto, de la distancia y el vacío, de la ausencia de las cosas, de los bienes, del hábitat conocido, y exiliarse, pasar hambre, frío y alguna que otra miseria voluntaria de escaseces, de vivir con poco o nada, de hacer del tiempo virtud y virtud del tiempo, de ir hallándose en rincones, de la arena, de quermase al sol y helarse en las estrellas sintiendo y sintiéndose en los días desde la boca del estómago a las corvas y aún entre los codos. «Y, habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, al fin tuvo hambre.» Que en el ritmo y las rutinas se deja el margen de visión, perspectiva y panorámica, las horas y lugares, instantes de costumbres, lumbres de leña vieja, y ya ni uno mismo reconoce los rasgos del espejo cuando se encuentra largo rato y encaja con la real las dimensiones de su imagen, pliegues y canas, la que no tiene más que lo que tiene y asi se enseña. Y el vértigo, del tiempo, sí, y de las millones de cosas que nunca se habrán hecho porque no te has parado a un único propósito y te has entregado a un ciento. Bailan, te bailan las ideas, te sacan a bailar y dan las doce.

Brilla el sol. Es Madrid y es invierno. Y es el frío de hoy, y el de ayer, y el de mañana. Y es este Madrid de fríos de invierno. Y son ya las cuarenta noches y sus cuarenta días. Y la tentación. Mis manos se llenan de cañones, canales, suaves surcos. Todos necesitamos un desierto. Al menos uno.

Life looks good.

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