Anna.

Más allá de la postura estética, uno no puede pretender vivir fuera y seguir dentro.

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Pues a mi me ha gustado, y mucho, la adaptación de Joe Wright de la obra de Tolstoy, en ese teatro convertible en el que ocurre todo y en el que todo ocurre. Y hasta me creo a la Knightley, esta vez sí, casi tanto como a la Garbo en la Karénina de 1935 o a Vivian Leigh en 1948, aunque de elegir, debilidad personal, me quedo aún con la Anna – Sophie Marceu de 1997. Claro que Frederich March, y perdonadme el gusto, me da más el papel de Vronsky que éste Aaron Taylor-Johnson decolorado y de aún púber. Más incluso que el mismísimo Sean Connnery (sí, también él) en 1961.

Y si Dostoyevski concedió a Anna Karénina el grado de «obra de arte» me dirás que no menos obra de arte es la fotografía y cinematografía en esta adaptación, del veterano Seamus McGarvey (El beso de la mariposa, Las Horas…) que tras toda una carrera cinematográfica, o por ella, va y se luce con este deleite estético que embelesa y maravilla en cada uno de sus 7.800 segundos, en la escenografía, en el juego de iluminaciones, en el vestuario de Jaquelin Durran (que ya trabajara con McGarvey en El Solista), en la impecable coreografía y en la complejidad de un continuo en que la escena es y deja de ser, dentro y fuera, aquí y allí en un prodigio de tiempos y espacios sin fin, tan solo pautados por los necesarios exteriores de frío y distancias, de campos y palacios, en el que la tramoya es hogar y calle. Y el tren en que Tolstoy parece vertebrar la obra, magistralmente integrado.

Pero no es sólo el placer estético el que me conmueve de esta Anna Karenina, es la adaptación perfecta a las emociones de una novela a la pantalla con el virtuosismo de suplantar el placer de la lectura. Si en Match Point acabé casi odiando a mi admirado Woody Allen por la profunda y creciente desazón que me produjo el amoral enredo de Chris Wilton (Jonathan Rhys Meyers), Wright consigue que me reconcilie con la obra de Tolstoy que guardaba junto a otras cosas que nunca me han interesado, por ñoñas, junto a Candy Candy y las Barbies, hasta el punto de admiración hacia ese carácter en los rasgos de Jude Law.

Porque la Karenina es un despropósito. Ella. Si es comprensible e incluso justificable, frente a la tónica átona vital de un tan impecable e irreprochable Alekséi Aleksándrovich Karenin que de perfecto resultaría de mortal aburrimiento, de la pasión (Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona) que despierta la persistencia de un joven Vronsky, deslumbrado cabe entender que no sólo por su belleza y elegancia sino por la resistencia, no se podría más que esperar el desapego y cansancio una vez que toda resistencia se hunde en una maraña de dejadez, descuido y entrega desmedida y hasta asfixiante. Y aunque incontrolable sea la pasión (perturbación o afecto desordenado del ánimo), ese juego de pares, entregas, vida, no es comprensible, ni justificable, el dolor, el irresponsable daño, irracional y desmedido al otro, a los otros, a los terceros. Porque irracional desmedido despropósito es el calvario por el que ha de pasar Alekséi Aleksándrovich, e injustificable es el abandono de un hijo. Y es en la figura de éste, de Alekséi, en el que uno revisa sus emociones de principio a fin de la empatía en el dolor hasta la admiración final.

Aunque nada de esto sería más que una sencilla adaptación sin el teatro, sin ese alegórico espacio en el que juegan papel personajes paralelos, como la elegante madre de Vronsky al límite de la moral y las normas, la odiosa y reprochable puritana Lidia Ivánovna o las historias paralelas como el hoy incomprensible matrimonio de Stiva y Dolly, y sin el reconciliador equilibrio la de Lyovin y Kitty en la que descansan las lecturas finales. Ese escenario en el que Anna es juzgada con el mismo peso de la hipocresía de la moral que ella ha ejercido sobre su cuñada, en ese mismo teatro en el que olvida que vivir fuera es dejar de vivir dentro, que para ser independiente no se puede ser dependiente. Y que toda sociedad es hipócrita donde juzga lo público que se vive en privado.

Si hubiera sido Almodóvar, hubiera rematado esta adaptación con La Lupe «yo confiaba ciegamente / en la fiebre de tus besos / mentiste serenamente / y el telón cayo por eso…». No, no es una indicación, no espero que Almodóvar haga su propia adaptación a esa visión tan suya de esta España. Es más, espero que no. Aunque no sería descabellada, ni resultaría extraña.

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