Viento.

Érase una vez la historia de un banco, un viento, una cometa y unas palabras feas.

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Dicen que el tiempo lo cura todo y que las palabras se las lleva el viento… claro que nada de eso es cierto por sí mismo, el tiempo es sólo un ingrediente (cierto que uno esencial) de toda cura y el viento sólo se lleva aquello que soltamos primero, nada que permanezca aferrado a nuestras manos se eleva más allá de lo que lo haría una cometa; pero ni teniendo eso claro en su cabeza conseguía dar los pasos necesarios para que el tiempo y el viento hicieran lo suyo ¿a santo de qué tan absurda cabezonería? no lo sabía, tampoco le importaba, sólo esperaba que pasara como todo pasa y, mientras tanto, como decía el poeta, hacía camino al andar.

Aquella tarde optó por hacer un camino que muchos habían hecho ya antes que ella, uno que subía entre eucaliptos a un magnífico parque con vistas al mar y al cielo; se sentó en un banco muy cercano a la costa y pensó que alguien debería revisar esa lista que circulaba por internet jactándose de contener los bancos con las mejores vistas del mundo, aquel banco en el que ella se sentaba aquella tarde no estaba en la lista y desde él tenía ante sus ojos la entrada a La Coruña y su trasiego de petroleros, embarcaciones de recreo, pesqueros y también cruceros, veía la línea de costa de la ciudad con sus playas y, al fondo, el faro más antiguo del mundo en funcionamiento, la Torre de Hércules. Estaba en el Monte de San Pedro. Y el viento soplaba con fuerza.

Soplaba con tanta fuerza que parecía querer llevarse más que palabras pero todo permanecía en su lugar y el sol brillaba en lo alto del cielo, el día era espléndido y bastaba alejarse un paso de la costa, caminar hacia el estanque y hacia la cúpula, para mandara el sol más de lo que mandaba el viento. Pero aquella tarde ella prefería permanecer en su banco a pesar del viento, disfrutar de la magnífica vista que tenía ante sus ojos y cerrarlos por un instante esperando que el viento se llevara algo… sabía que no se llevaría las palabras feas que había oído aquel verano ni mucho menos sus consecuencias pero ¿y si podía llevarse un poco de la tristeza, el miedo y la preocupación que habían dejado en ella? eso era posible… claro que sólo si ella hacía lo suyo, si abría las manos y soltaba amarras, si decidía no soltar cuerda de su dolor un rato como se suelta una cometa sino del todo, sin quedarse nada. No era fácil. No. Nada que mereciera la pena lo era.

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