Palabra.

Las palabras se las lleva el viento, le dijeron, y corrió al jardín esperando ver miles de palabras volando alto y lejos llevadas por el viento... pero no vio ninguna.

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Por más que buscaba y buscaba no veía ni una sola palabra en el aire, ni un triste monosílabo, tampoco una conjunción perdida o una preposición despistada, mucho menos un verbo o un sustantivo, ningún adjetivo y tampoco un adverbio de tiempo ni lugar. Nada. Ni una palabra volaba en el viento.

Se tumbó en el césped mirando al cielo y dejando que el sol calentara su rostro aun a riesgo de deslumbrarse, en realidad nunca había visto volar a las palabras, ni él mismo se explicaba por qué había abandonado la cocina a todo correr, dejando a su madre con la palabra en la boca, para buscar palabras volantes… jamás había visto ninguna y tampoco esa tarde, eso a pesar de que las había buscando con todo el empeño del mundo.

Cuando su madre se acercó al jardín, probablemente para asegurarse de que el pequeño trasto que entretenía sus días no estaba haciendo de las suyas, trató indagar un poco más en sus dudas léxicas… –¿lo ves mamá?– dijo señalando al cielo –¡las palabras no vuelan!– su madre sonrió insistiendo en su argumento –¡vaya si vuelan! lo que ocurre es que no las ves… pero cuando vas a buscarlas a su lugar y no están… es porque han volado-; el pequeño se rascó la cabeza tratando de comprender las palabras de su madre pero no sólo no le aclaraban nada sino que parecían complicarlo todo más: –pero ¿qué sitio, mamá? las palabras las usamos en todos los sitios, ¡no tienen sólo uno!– la mujer miró al pequeño y, ante la intensidad de la mirada inquisitiva de aquellos pequeños ojos azules, desvió la suya hacia sus manos para voler a mirar al niño –cariño– dijo –es sólo que las palabras a veces se olvidan y es como si hubieran volado– el pequeño pensó durante unos segundos aquella explicación y pareció, esta vez sí, convencerse de su certeza.

La mujer entró entonces en la casa con la intención de echarse un libro a las manos y acompañar al pequeño en el jardín pero se sentó primero en una silla, en el salón; en realidad el niño tenía razón, pensó, el viento no se llevaba palabra alguna, las palabras dichas, para bien y para mal, permanecían siempre en el recuerdo de alguien, eran como la energía, una vez dichas se convertían en recuerdo o incluso en olvido pero nunca en nada, nunca en grafías en el viento. Y eso era importante.

Las palabras acariciaban y herían, se convertían en un manto de consuelo o en una pesada manta de odio bajo la que resultaba difícil respirar; lo fácil era pensar que las palabras se las llevaba el viento pero no era cierto… y por eso traicionar la palabra dada era sumar deslealtad y traición al mundo, porque el viento no es tal, sino el recuerdo de un compromiso incumplido, de un acto de deslealtad acometido, de una traición silenciosa… y no por ello menos doliente.

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