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Trasnos.

Érase una vez la historia de una mujer vieja y despierta que tenía un trasno y no sabía por qué...

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Mientras cepillaba su melena, cada año un poco más gris que el anterior, recordaba el tiempo en el que la lucía más larga, más negra y más brillante… cierto que podía teñírsela pero no le gustaba la idea, de gustaba verse tal cual había llegado a ser en todos los sentidos, cada cana, igual que cada arruga, contaba una historia, la suya, una historia en la que había algo que no había cambiado y no cambiaría jamás, estaba segura, hasta el día en el que cerrara los ojos para siempre, era el brillo intenso de su mirada, un brillo que cuando entró en la cocina minutos más tarde sería iracundo…

Y es que la cocina estaba otra vez manga por hombro, cacharros por todas partes, todos sucios, restos de azúcar y leche, harina espolvorada por todas partes, arándanos salpicados por la encimera y frambuesas aplastadas en el suelo… ¡trasnos del demonio! gritó sintiéndose ella tan malvada como lo eran los propios trasnos.

Trasnos, duendes, trasgus, farfarelos, lutins, brownies,sotrés, vattars, kobolds, duls, nissens… se sabía todos sus nombres y conocía todas sus historias porque desde que, siendo niña, en su casa comenzaban a pasar cosas extrañas de las que siempre resultaba ser la culpable sin saber cómo ni por qué, se había dedicado a investigar y estudiar y había descubierto la existencia, no demostrada (en teoría), de esas traviesas criaturas que en cada país recibían un nombre e incluso se describían con un aspecto diferente. Para ella no había duda alguna, hacía años ¡años! que vivía sola y su cocina seguía amaneciendo el día menos pensado con desórdenes inimaginables… no estaba loca ni era sonámbula y desde luego le parecía mucho más posible que los trasnos existieran en realidad que el hecho de de que alguien pudiera colarse en su casa noches sueltas, montar la fiesta padre en su cocina en absoluto silencio y marcharse antes del amanecer sin tocar siquiera la puerta de la casa.

Recogió su melena recién peinada en una cola alta como hacía siempre que se enfadaba intensamente –¡trasnos del demonio! gritó de nuevo ¡no podía haberle tocado un anano, no, su compañero de casa tenía que ser un trasno… Entró en la cocina farfullando una retaíla apenas comprensible de improperios mientras trataba de poner un poco de orden en aquel desastre. Si fueras un anano, le decía al trasno como si estuviese sentado a su mesa, –tal vez armarías igualmente este alboroto pero al menos harías un pastel pero tú no, tú sólo enredas, ensucias, rompes, estropeas, tiras… tú eres un trasno del demonio y ¿sabes qué? ¡se acabó! me duelen ya los huesos de aguantarte ¡endemoniada criatura!-.

Mientras limpiaba la mesa y se armaba con la escoba para barrer el suelo siguió desahogándose por la boca porque ¿sabes qué? seguía dirigiéndose al trasno que imaginaba responsable de aquel lío en su cocina –ya nadie cree que existan los trasnos, salvo quienes tenemos que aguantar alguno, claro que si existen los trasnos ¿por qué no van a existir las brujas? eh! ¡claro que existirán ¡habelas hailas! y yo voy a buscar una y la voy a traer aquí y te voy a mandar al mundo subterráneo del que nunca debiste salir ¡trasno del demonio!-.

Fue entonces cuando oyó un estruendo a su espalda y, al girarse, vio una de las tazas del juego de café hecha añicos en el suelo, las otras cinco bailaban en el soporte del que colgaban… no estaba segura de lo que había visto, tal vez fuera sólo su imaginación pero un segundo antes de ver el hueco vacío que había dejado la taza, le pareció ver unos ojos húmedos, entrecerrados y asustados, colocados sobre una pequeña naríz y una gran barba.

Se percató enntoces de que tenía la escoba en la mano y estaba hablando de brujas… dio tres golpes con la escoba en el suelo y las tazas de café, que casi habían dejado de temblar, comenzaron a tintinear de nuevo aunque esta vez no vió ojos ni barbas, nada…

Terminó de recoger la cocina y se sentó mirando hacia sus tazas de café, todo resultaba muy extraño, era un trasno, estaba segura, pero un trasno muy raro porque, según cuentan, los trasnos de la casa, aunque la líen parda, dejan todo como estaba antes del amanecer y el suyo acostumbraba a dejarlo todo hecho un desastre, siempre había pensado que se trataba de un trasno despistado al que se le hacía tarde o incluso uno vago que detestaba recoger, además los trasnos sólo salían por la noche pero eran las 11 de la mañana cuando lo había visto sentado en el sitio de su taza de café ¿o tal vez sólo había creído verlo?.

Aquella mañana le picaba intensamente la nariz, tanto que fue al baño a lavarse de nuevo la cara con agua fría, notó entonces un pequeño bulto y se sorpredió ¿a sus años un granito de adolescente? se acercó al espejo y descubrió una todavía pequeña verruga; sus ojos se abrieron entonces enormemente y corrió al salón a rebuscar entre sus apuntes acerca de aquellas endemoniadas criaturas… tardó un rato pero encontró el apunte que buscaba: ‘cuando cae la noche son los dueños de la casa, apenas nadie los ha visto y nadie, nunca jamás, durante el día… salvo alguna que otra bruja, cuentan que la que no tiene un gato, tiene un trasno‘. Se tocó de nuevo la verruga y se preguntó si acaso hacerse mayor tendría algo que ver con volverse bruja deleitándose en la idea… se moría de curiosidad por montar un akelarre y volar en su propia escoba… ¡ya tenía un trasno! (y una verruga).

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