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Respeto.

Érase una vez la historia de un verbo digno de conjugar al que Aretha Franklin puso buen ritmo, respetar. Yo respeto, tu respetas, él/ella respeta...

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Llegó al colegio electoral con más sueño que vergüenza y esperando que el titular de la mesa estuviera allí dispuesto a cumplir con su democrática obligación que no era otra que presidir una mesa electoral porque, de no ser así, sería ella como suplente quien tendría que asumir tamaña tarea y pasarse el domingo viendo votar y contando votos, algo que, como demócrata que era, asumiría con dignidad pero, no nos engañemos, con las ganas justas de pasarse un domingo de primavera y sol entre urnas, votos y apoderados varios; claro que esas eran las reglas de la democracia y les rendiría el debido respeto.

-¡Premio!- pensó cuando el presidente de la mesa a la que ella había sido convocada como suplente hizo acto de presencia y se dio a conocer y el premio lo tenía decidido desde el mismo día en el que recibió la carta que la citaba aquel domingo a aquella hora y en aquel colegio electoral, el suyo: un desayuno de terraza y periódico en papel con su café doble y un croissant francés, que no estaba el día para más churros.

Pensó que había tenido suerte aunque se revolvió también ante aquel modo de ver la cuestión ¿suerte? ¿la suerte de madrugar en domingo? todo en la vida dependía del cristal con el que se mirara; allí estaba, en la terraza del bar (una terraza que tenía entera para ella sola, algo que no era extraño por bonito que hubiera amanecido el día, era temprano y era domingo, lo raro era que estuviera abierta… aunque el camarero, con la sonrisa puesta como corresponde a alguien que quiere que sus clientes vuelvan, le aclaró enseguida, un domingo de elecciones era un buen día de desayunos y aperitivos y allí estaban ellos para vivirlo).

No tardó en darse cuenta de que la terraza en la que se había acomodado era lugar de paso para quienes votaban en su colegio electoral y, a modo de juego y entre editorial y editorial de periódico, veía pasar a la gente, en algunos casos veía también a quien iban a votar y le llegaban incluso algunos comentarios sueltos, sonrió al pensar que podría hacer todo un estudio demoscópico fijándose en el trajín de aquella calle, lo que no tenía claro era si sería extrapolable a nivel nacional aunque no le extrañaría nada, ni un poco.

Y es que lo único que llegaba a sus oídos eran comentarios de voto en contra, de votar para que no salga el otro y eso, constructivo, constructivo, no le parecía; también le llegaban comentarios que negaban los derechos de unos sobre los de los otros y no pudo evitar pensar que así era como empezaban las guerras civiles, por la no aceptación de la opinión del otro que acababa por convertirse en la no aceptación del resultado electoral.

De lo que no oyó ni media palabra, tal vez porque estaba en Madrid, fue acerca del papel de los nacionalistas y se sintió, una vez más, como un perro verde aunque no le gustaba el brócoli y por más que su endocrino le hablara de sus bonanzas para su salud no encontraba nunca un lugar en su dieta; la comida azul no era tampoco una opción, demasiado artificial siempre para su gusto, las naranjas, como las fresas, sólo le gustaban en temporada y con las berenjenas le ocurría lo mismo que con el brócoli, un sabor el suyo del todo poco apetecible; luego estaban los limones, digeribles (ricos incluso) con agua fresca, limón y azúcar, poniendo un toque frutal al pescado al horno o rayados en la masa del bizcocho, dicho de otro modo, al natural amargos a más no poder.

¡Vota! decían todos y a ella de lo que le entraban ganas era de votar, sí, pero con b. ¡¿Dónde estaba las proteínas eh?! un solomillo de buey, un rodaballo al horno, unas cigalas a la plancha… ¿y un vino para regar el menú? si es que nunca había sido ella muy de smoothies y con aquellos ingredientes parecía que eso era lo único que podría hacer… ¡qué incompleta se le antojaba la carta electoral!.

Y entonces se dio cuenta de que no importaba a quien votara, ni tan siquiera importaba si votaba o se abstenía como en tantas otras ocasiones porque, tal y como veía de caldeado el ambiente, lo cierto era que no importaba tanto el resultado electoral como lo que pasara después de él y eso, que sucedía en realidad en todas las elecciones, se le antojaba más importante que nunca porque había gentes a izquierdas y derechas que no había hecho más que alentar el miedo al otro en lugar del respeto a las ideas contrarias aun en la defensa de las propias, porque había (y eso era algo que, como la alegría, iba por barrios o , por ser más exactos, por regiones) quienes se habían inventado una opresión superada décadas atrás.

¿El resultado? el electoral le preocupaba cada vez menos, el que quería ver era el social ¡anda que no sería bonito que imperara el respeto y los votantes demostraran más responsabilidad y sentido común que los votados!.

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