Moderados.

Érase una vez la historia de una cena de debate, una cena pre-electoral de amigos muy moderados todos...

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Tener amigos adictos a los re-encuentros era algo que, si bien en ocasiones resultaba inconveniente e incluso poco apetecible, a la larga se convertía en una ventaja porque reunirse de tarde en tarde, un par de veces al año al menos, daba para algunas risas a costa de la poca cabeza que lucían en su juventud o de las locuras que todavía eran capaces de acometer, pero ni entonces ni ahora solía ella adentrarse por los caminos de las discusiones políticas porque su grupo de viejos amigos era tan diverso y variopinto que resultaba difícil nadar en esas aguas sin salir de ellas con alguna herida de guerra; sabía que aquella noche habría turbulencias porque, con tantas elecciones a la vista el tema no tardaría en saltar sobre la mesa, ella permanecería en segundo plano, escucharía, observaría… tal vez así, estudiando la pequeña muestra demoscópica que representaban sus amigos, llegaría a entender qué carajo estaba pasando en su país (o tal vez no).

Cuando estaban todavía en la barra del restaurante tomando unas cervezas y esperando a que llegaran los más tardones del grupo, las ácidas frases que los encaminaban a una cena estilo debate electoral comenzaron a sonar en el ambiente y ella aportó entonces su única colaboración a la guerra verbal –seamos un poco moderados, por favor-.

¿En qué momento de esta cochina vida has comprado tú, precisamente tú, la absurda idea de la moderación como virtud?– la pregunta sonó alto y claro en su cabeza, por un momento incluso pensó que la había imaginado pero las risas, saludos y abrazos que se sucedieron a continuación le advirtieron que no era así, allí estaba él, el tipo con el que se había entendido y desentendido en varios momentos de su vida, se dignaba a asomar la cabeza en una de sus cenas de amigos; estaba un poco más entrado en carnes que la última vez que lo había visto, todavía guapo, con la piel tostada por el sol y serias arrugas enmarcando sus ojos, la misma expresión irónica de siempre, esa con la que tapaba todo lo que guardaba en su corazón y su cabeza y que hacía que nunca supieras si estaba bromeando o siendo ácidamente crítico; ajustaría cuentas con los organizadores del evento por no haberle advertido que él estaría allí… pero no pudo evitar alegrarse de verlo, con él, una cena de debate como sin duda sería aquella resultaría mucho más intensa e interesante.

Igual virtud es moderarse en el gozo que moderarse en el dolor’– dijo ella al tiempo que le plantaba un par de besos a modo de saludo… a lo que el respondió con su sonrisa a modo de máscara y un –error, querida, error… vivir con moderación es una pérdida de tiempo aunque Séneca no lograra descubrirlo– murmurado en su oído, sólo para ella.

Bien, propongo que asumamos que hoy acabaremos tirándonos los postres a la cabeza, si llegamos a las copas del final será más para tratar de perder la consciencia que por diversión y por eso, espero que con el apoyo de la mesa, sugieron que seas nuestra moderada moderadora, querida– lo dijo mirándola de lejos y a los ojos, se había sentado con toda intención en el extremo de la mesa opuesto a él para dejar para más tarde sus comentarios ácidos pero por lo visto él tenía intención de no esperar a los postres, aceptó el reto y dio un golpe con la cuchara sobre la mesa dando por iniciado el debate… Él sonrió satisfecho al ver que ella aceptaba su complicidad en aquella cena aunque fuese desde el otro extremo de la mesa.

Al principio no tuvo que salpicar más que algún comentario del estilo ‘los del restaurante de al lado no tienen por qué participar de nuestra conversación, no les interesa, de verdad…‘, la conversación era fluída, los comentarios jocosos eran mayoría y se desvelaban y descubrían en ellos demostrando lo mucho que se conocían y respetaban, les encantaba discurtir y discutirse pero sabían que no se convencencerían de nada los unos a los otros ni era ese su propósito.

Alguien se metió entonces con una de las chicas por su constante renuncia a todo lo que llevara alcohol, no había sido abstemia siempre, sólo desde que una resaca la dejara fuera de juego una semana entera, con ella lo de Santo Tomás una vez y no más no era un dicho, era un hecho; por su puesto la abstemia sonrió moderadamente porque esa era además su posición, centro moderado decía y añadió citándo a Aristóteles: –el hombre que se mantiene en el justo medio lleva el nombre de sobrio y moderado… (y la mujer, por si alguien necesita lenguaje inclusivo para entenderse)– hubo un murmullo de aprobación ante lo apropiado de la cita en el hilo argumental de la noche y él no desaprovechó la oportunidad para lanzar un nuevo misil a la línea de flotación de la moderación y aburrido– añadió –sobrio, moderado y mortalmente aburrido.

A partir de aquel momento ella dejó de salpicar con frases de paz y concordia la discusión, se limitó a observar a la mesa, a escuchar y a sorprenderse enormemente por lo que oía, hasta entonces nunca había sido así, sus discusiones políticas solían acabar con los más progresistas y los más conservadores los unos subidos a la chepa de los otros pero aquella noche casi todos se jactaban de ser los moderados; era curioso porque aquella afirmación que cada uno hacía para con sus ideas movía por completo el tablero electoral; Pedro, militante del PSOE desde que tenía uso de razón, fue el primero en llamarse el moderado dejando así un panorama político pequeño a su izquierda y muy grande a su derecha; Inés, la abstemia del grupo, hizo lo propio y equilibró un poco la balanza, dejando a su derecha casi el mismo espacio que a su izquierda; Pablo se subió al carro y además de moderado se llamó el cuerdo, había un mundo a su izquierda y poco espacio, aunque revuelto, a su derecha; quedaba Irene, que tardó diez segundos en atribuírse la moderación como virtud aunque no todos los de su palo estaban deacuerdo con tal atributo, el caso es que así asentó la moderación a la izquierda de todo; las risas eran ya pasto de los postres porque, ante tanta moderación, no cabía más debate… hasta que Santiago dijo que a él no le llamara moderado nadie, que estaba hasta el último pelo de la barba de tanto postureo… Él rió entonces a carcajada limpia –¡hombre!– lo dijo mientras le ofrecía su mano a modo de felicitación –¡alguien que dice lo que piensa en lugar de pensar lo que dice!-. Santiago sonrió sin saber si debía hacerlo, no acababa de entender cuánto había de crítica en aquella frase… Ella sí, y vio su oportunidad ser lanzar un misil al otro extremo de la mesa.

¿Sugieres que Santiago debería también pensar lo que dice además de decir lo que piensa? ¿debería tal vez… moderar su discurso?– La risa fue general pero él salió del paso como lo hacía siempre, con paso firme y relajado… –sólo digo que él es el único que dice lo que piensa en lugar de pensar lo que dice-, la mesa no aceptó una aclaración que no aclaraba nada y alguien preguntó –¿pero eso es bueno o es malo?– se hizo el silencio y todas las miradas fueron a él… –eso es, simplemente es un hecho-.

Bien– preguntó él desde el extremo opuesto de la mesa buscándole las cosquillas –señora moderadora, ¿quién ha ganado el debate? los moderados, los progres, los fachas, izquierdas, derechas, los abstencionistas… siéntase libre de iluminarnos– ella sonrió añadiendo un punto de tensión a una pregunta que esperaba desde hacía rato al probar su gin tonic antes de responder –los moderados, sin duda-; la complicidad entre ambos saltó entonces a la vista, no importaba cuánto se entendieran o desentendieran, conocían hasta el último giro de los pensamientos del otro… Cuando todos los moderados de la mesa se atribuyeron el triunfo en el debate, todos, del primero al último con asiento en aquella mesa, se dieron cuenta del profundo absurdo en el que habían derivado sus posiciones políticas –con tanta falsa moderación– dijo el maitre al tiempo que se acercaba para preguntar qué tal había estado la cena –ya no sabemos ni donde tenemos la mano izquierda ni la derecha… ¡a la próxima ronda de gin tonics invita la casa!-.

No es falsa moderación– le dijo él a ella en privado mientras recogían los abrigos para salir ya a la calle –es la absurda manía de querer hacer de la moderación virtud– ella sonrió y se giró sobre sus talones para decirle de frente y a la cara lo que siempre había querido decirle –no, no es eso…, es la manía de algunos de querer erigirse como centro del mundo colocando a los demás las etiquetas que les conviene para que su mundo tenga sentido– esta vez él acusó el golpe y ella no pudo ni quiso callarse a tiempo… –pero eso a nosotros, los más libertarios, no nos afecta ¿verdad?-.

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