Raza.

Érase una vez una historia de raza, identidad y otras mentiras.

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Raza. Siempre le había parecido feo hablar de razas, incluso de niña. ¿Qué raza es? le preguntaban a su abuelo cuando venían a casa ver la nueva camada de cachorros ¿y eso qué importa? pensaba ella, eran perritos, eran de la Volga, una perra blanca de manchas negras. No era un dálmata, era un pointer decía su abuelo, un perro de caza. Había un cachorrillo negro que se empeñaba en alejarse de sus hermanos, lo cogió y lo colocó en su regazo ¡a ver lo que dura ahí! decían… se llamó Rock y duró toda su vida porque aquel no se lo llevó nadie. Era negro como el carbón y tiraba al monte como las cabras, tanto que una tarde salió corriendo de la finca al ver el coche en el que solían salir al monte aparcado enfrente. Ni los gritos que lo llamaban pudieron pararlo, pero no llegó al coche que siempre lo llevaba al monte, otro se lo llevó por delante. En realidad no del todo pero le rompió una pata y a saber qué más, Rock volvió quejumbroso sobre sus pasos pero pocos días después se fue para siempre.

Y si la raza de los perros que había conocido le resultaba indiferente (los recordaba por su nombre a pesar de no haber sido ella nunca muy perruna), menos aún le importaba la de las personas; la raza era como la nacionalidad, como el color de los ojos o el largo de las piernas, una casualidad de tantas como confluyen para dar luz a la vida.

Nacías blanco si tus padres eran blancos ¡mira tú que mérito! o negro si eran negros, y si tenías uno de cada igual nacías café con leche… ¿y qué carajo importa eso? pues nada; como tampoco importaba si eras español o congoleño, si nacías en España eras lo uno, si lo hacías en el Congo eras lo otro ¿importancia? la que quisieras darle. Ninguna.

Es más… pensaba en las mujeres que paseaban orondas tripas de embarazada ¿niño o niña? ¡y a quién le importa! ¡qué venga sano! ¡qué venga bien! (y que me de tiempo a criarlo, añadía siempre ella para sí como muestra de un secuela debida a que a su padre no le había dado tiempo a criarla).

Pero resulta que ahora sí importaba si eras blanco o negro, hombre o mujer, español o congoleño, es más, importaba si eras español de Sevilla o español de Tarragona… ¿por qué importaba? no debería importar, pero importaba… ¿por qué importaba? se preguntó mientras se preparaba un gin tonic con el crepitar de fondo de las palomitas en el microondas (así pensaba pasar la velada del sábado, con un gin tonic (o dos), un gran cuenco de palomitas y disfrutando de una imponente sesión de cine en casa, con Lo que Viento se Llevó programada para la hora a la que terminaran de saltar las palomitas en el microondas).

Importaba como solo puede importar si importa más tu identidad que tu persona. Importaba como solo puede importar si importa más tu colectivo que tu persona.

Se acomodó en el sofá y apuntó algo en su libreta antes de dar al play…

Importaba, como solo puede importar, si pretendes viajar del coletivo al infinito y más allá en lugar de hacerlo desde lo individual, desde el individuo, hacia lo colectivo, creando una suerte de sinergia que debería ser lo único que importa y que ahora, casualmente, no importaba.

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