Piscina.

Érase una vez la historia de una mañana de domingo y piscina, de una mujer a la que nadar le ayudaba a pensar.

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No había nadie en la piscina, el silencio en la urbanización era casi absoluto, podía oir incluso el trino de los pájaros y pensó que no encontraría mejor momento en el día para zambullirse y nadar durante un rato largo, largo e intenso. Así lo hizo.

Se ajustó los tirantes del bañador y tiró a la piscina. Empezó a nadar rápido para desperezar su cuerpo de la noche y de lo fría que resultó estar el agua, luego aminoró el ritmo para no agotarse antes de tiempo; contó los primeros largos (uno, dos, tres, cuatro…) incluso calculaba los metros que había nadado contando con los 20 metros de largo que tenía la piscina; pero pasado un rato y unos largos su mente comenzó a fluir por otros asuntos que le preocupaban más. Dejó de contar y, sin darse apenas cuenta comenzó a golpear el agua con más fuerza, con más rabia…

No entendía nada, el mundo se había vuelto loco; no es que sucediesen más locuras que en otros tiempos, o quizá sí, pero eso no era lo importante, lo importante, lo que marcaba la diferencia era el modo en que tanta gente se sumaba a justificar lo impensable solo porque eso era lo que defendía su gurú espiritual. Nadó todavía con más rabia.

¡Eureka! se dijo, esa era la clave de todo, el pensamiento libre estaba muriendo asfixiado mientras las masas se organizaban en defensa de las causas más variopintas y tantas veces injustas, y lo hacían sin pensar, sin informarse, sin aplicar la dosis mínima de sentido común a las cosas y sintiendo además su ignorancia como un orgullo, los ‘sabios’, los cultos e incluso lo mínimamente leídos no solo no eran respetados sino vilipendiados. Ahora, como en los tiempos de la hegemonía religiosa lo que decían Cristo y Mahoma, por poner un par de ejemplos, iba a misa o a la mezquita (y en el segundo caso sigue siendo así de manera intensa), lo que dice el gurú elegido por la masa y elevado a los altares por ella y sus medios, va al cielo y al infierno, es la verdad suprema y ¡ay de ti si la discutes!, no importa si el feminista se revela un machista de tomo y lomo, si el demócrata resulta ser un autócrata de mucho cuidado o si el siempre liberador feminismo constriñe la libertad e independencia de las mujeres, no importa porque la la verdad no importa, importa el relato.

El cansancio y el ritmo fuerte al que nadaba ahora le impedía reir ante tal contradicción, amaba los relatos pero nunca había pensado que podrían sustituir a la realidad… ¿queréis relato? pensó ¿queréis relatos y no os basta con Orwell* y Bradbury*? tendréis relato…

Dio una última brazada, giró su cuerpo sobre el agua y se quedó flotando y mirando al cielo, dejando que el aire llenara sus pulmones y  sus músculos se relajaran, ahora sí sonreía.

¡Hoy les has dado eh!– le dijo su vecino, un joven que nadaba la friolera de 60 largos cada mañana después de hacer una ruta en bicicleta, ella sonrió y salió de la piscina para tumbarse unos minutos al sol en la toalla, le había dado sí y el mundo seguía igual de caótico que antes pero su mente estaba más fresca y despejada y su ánimo un poco más recompuesto, además, tenía una idea.

+

*George Orwell, autor de Rebelión en la Granja y 1984.
**Ray Bradbury, autor de Farenheit 451.
(Tres novelas de lectura más que recomendada, absolutamente necesaria, hoy en día).

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