Intuición.

Érase una vez una historia de causas y consecuencias tan previsible que casi estaba ya escrita pero sólo algunos querían leerla.

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No creía en la intución, tampoco en la capacidad de nadie para adivinar el futuro, ni tan siquiera para preverlo; en lo que sí creía era en los diferentes modos de mirar, o no mirar, a la realidad y en la capacidad de deducir, tras esa mirada, lo que vendría después. Pero ¿y si se miraba al mundo con ojos ciegos o desde perspectivas únicas y por tanto incompletas? ¿y si antes de mirar se negaba uno la realidad misma colocándose las gafas de mirar al mundo tamizado por el color que el mirón deseara? cualquier deducción, intuición o previsión alcanzada a partir de una mirada tan defectuosa y deshonesta sería, sin duda, falsa. Y lo sabía. Y lo sabían los que se colocaban las gafas de mirar al mundo tamizado en rojo, en morado, en verde o en azul. Lo sabían todos. Lo sabían, incluso, quienes se dejaban engañar por los magníficos cuadros de colores que podían crearse a partir de miradas tan… creativas. Solo quienes no querían saberlo lo ignoraban, solo los que no querían ver ni mirar, no veían ni miraban, solo los que tenían integrado en su razón y en su cornea un filtro para ver el mundo del color que deseaban lo veían así con nítida y errada claridad.

No tenía bola de cristal tampoco alma de bruja ni meiga pero su razón estaba limpia de prejuicios y las gafas que usaba eran de cristales nítidos y transparentes, solo servían para recuperar la vista agudeza visual perdida con los años, no para pintar el mundo del color azul turquesa que tanto le gustaba.

Cerró la ventana porque, a pesar de estar en pleno mes de junio, se colaba un frío húmedo a través de ella que solo resultaba agradable durante 5 minutos y se preguntó, en un acto de profunda melancólía, que movía a las personas a actuar en contra de su propio interés ¿en qué momento convencer a nadie de la pequeñez de su ser se había convertido en algo posible? no sabía cuándo ni cómo pero sabía que estaba sucediendo, sucedía cada vez que en lugar de congratularse por haber nacido en un país próspero y tratar de sumar prosperidad ya no a ese país sino al mundo entero, la gente se volvía huraña, negaba la bondad de su propia prosperidad y subía a los altares a quienes hacen de dinamitarla su modo de vida.

Había dejado de llover, se calzó sus zapatillas nuevas y se dispuso a salir a estrenarlas pero antes abrió su libreta, no quería aquel pensamiento que rondaba por su cabeza se lo llevara el viento fresco de la mañana: el mundo no es el paraíso del Edén (de allí no  echaron…), tampoco hay nación, sociedad ni ONG que pueda convertir el mundo en el Edén; el mundo es un lugar a veces tórrido, a veces frío al que llegamos solos y del que nos vamos solos y en el que estamos obligados, por la propia naturaleza razonable del ser humano, a hacer con lo que nos ha tocado lo mejor que podamos, a ser la mejor versión posible de nosotros mismos dejando a nuestro paso un mundo más próspero del que encontramos.

Y todo empieza por respetar la libertad del otro al tiempo y a la vez  que protegemos la nuestra, todo empieza por no pensar que el otro es ultra, extremo, radical ni cosa semejante solo porque tiene ideas diferentes y todo empieza por entender que el derecho a someter al otro, no importa si es por la fuerza física o la de la palabra, no existe. Y por eso, porque no existe el derecho a imponer las ideas propias por el mero hecho de ser propias ni mucho menos el derecho a someter a nuestros pensamientos y dictados a los demás, el perdón y el indulto de tales pecados sociales solo tiene sentido si estos forman parte del pasado, si no se volverán a cometer, si lo que mueve al hombre es tanto el respeto a sus ideas como a las de los demás.

Todo lo demás son equilibros rotos y fuegos de artificio, palabras malversadas o a lo sumo melancólicas.

¿Frío en junio? frío en junio, pensó al poner los pies en la calle, un frío que no hacía presagiar nada nuevo y no porque tuviese una intuición sino porque bastaba con mirar la realidad desde diferentes perspectivas y sin tamices de colores para prever las consecuencias que depararían mañana las acciones de hoy. Serían feas. Y serían responsabilidad de quien acometía las acciones hoy, no de quien se encontrara con sus consecuencias mañana.

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