Estrella.

Érase una vez la historia de un año sin estrella.

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Era una noche inusualmente clara para ser de invierno y desde su terraza, a pesar de las luces de la ciudad, podía ver un mundo de estrellas sobre su cabeza, había tantas como en la tierra pero las que brillaban en el suelo en lugar de hacerlo en el cielo no le gustaban tanto… o sí, aunque sólo algunas. Pensó en la buena estrella y en el mal hábito de estrellarse, en estrellas cuya luz natural se apagaba ante el rostro más feo del mundo y en otras que brillaban con falsa luz artificial, pensó en quienes tenían la suerte de nacer con estrella y también en quienes se estrellaban en el mismo momento en el que emitían su primer llanto. Sabía que el mundo no siempre era justo, de hecho casi nunca lo era, claro que la queja tampoco era una opción, si algo no gusta se cambia, no se llora ¿y si no podía cambiarse? se encomendaba uno a una estrella… Entonces una estrella fugaz cruzó el cierro y ella cerró los ojos y pidió un deseo.

Lo cierto es que más que un deseo era una plegaria y casi un sueño, sólo quería que el 2018 se fuera llevando consigo tanta paz como descanso dejaba en la tierra (aunque la paz que se llevara o no ese año de infausto recuerdo le importaba más bien poco), lo que ansiaba era el descanso, un descanso que sólo llegaría tras el fin del miedo y de la ira, de la rabia que arrancan siempre las malas noticias y del sabor amargo que deja lo injusto por siempre jamás.

No lloraba, ya no, tampoco se lamentaba, sabía que no merecía la pena ni servía de nada, sabía que había logrado completar la travesía, que había cruzado a nado un estrello infestado de peligros y había llegado a la playa agotada, doliente por dentro y exhausta por fuera pero entera, de una pieza, una pieza que no era la misma que un año antes porque igual que la fuerza del viento, el frío, la nieve y la lluvia modelaban las montañas, la vida hacía lo propio con las personas y 2018 había sido un año con mucha vida, por momentos más vida de la que pensó que podría soportar, pero allí estaba, en su playa, con una botella de champán en la nevera y dispuesta a concederle al nuevo año el beneficio de la duda ¿sería mejor que el 2018 al que sólo le quedaban los 15 días del descuento? lo cierto es que no era pedir mucho, bastaba con que no encerrara en sus meses malas noticias de esas que llegan para quedarse y un poco de esa paz que acompaña siempre a lo anodino… sí, quería un año aburrido porque en los años intensos sólo podía mantenerse a flote y acumular sueños mientras que los años aburridos le regalaban tiempo para cumplir al menos alguno de tantos sueños pendientes.

Claro que a saber las sorpresas que traería el nuevo año, no quería pensar en ello, tal vez su estrella cambiara o tal vez no, de lo que no tenía duda alguna es de que, al menos en sus últimos días, le arrancaría al año en curso alguna de las sonrisas que le había robado, compraría gorros de Navidad, serpentinas y silbatos, brindaría con champán, recibiría a Papá Noel e iría ver a los Reyes Magos porque 2018 sólo sería un año de ilusiones perdidas si se dejaba llevar por  las falsas estrellas en lugar de mirar hacia la buena, la que brillaba en lo alto del cielo mostrándole el camino a casa.

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